¿Tenemos abandonado al Ejército?

Cuando empezó la llamada “guerra contra el narcotráfico”, hace 10 años, se repitió que la participación de las fuerzas armadas en ese terreno sería temporal; que era imposible confiar en las policías, y que la intervención del Ejército era inevitable. Hoy, sobre todo luego de la emboscada ocurrida recientemente en Culiacán, hay dos expresiones que se repiten constantemente cuando se habla del Ejército: desgaste y sensación de abandono, aunque no menos adecuado es el término que usa Héctor Aguilar Camín: “hartazgo”. En efecto, las duras palabras del general Cienfuegos después de ese crimen atroz sugieren que a las fuerzas armadas se les acaba la paciencia con lo que les exigen sociedad, medios y Gobierno. ¿Tenemos abandonado al Ejército? ¿La exigencia que pesa sobre sus hombros es excesiva? De ser así, ¿qué herramientas en necesario otorgarle?

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Historia de una relación complicada

Esteban Illades

Editor de Nexos. Autor de la columna "Contexto" en Milenio.

Hace casi dos semanas un convoy militar fue emboscado por un comando armado a las afueras Culiacán, Sinaloa. El convoy transportaba a un herido que supuestamente era miembro del crimen organizado. Durante la emboscada, cinco militares murieron y 10 resultaron heridos. Aunque los reportes iniciales señalaban que los responsables del ataque eran los hijos de Joaquín “El Chapo” Guzmán, al día de hoy se desconoce quiénes fueron los autores.

Es la segunda ocasión en menos de dos años en que el Ejército tiene bajas significativas a causa de un ataque del crimen organizado. La primera ocurrió en mayo de 2015, cuando el Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG) derribó un helicóptero y mató a seis miembros del Ejército.

La noticia del ataque al helicóptero tuvo amplia resonancia en su momento, no por la muerte de los militares, sino por el hecho de que el CJNG, hasta entonces relativamente desconocido, contara con armamento suficientemente poderoso como para derribar una aeronave. La noticia de la emboscada al convoy, en cambio, a pesar de ser mencionada en los medios de comunicación, no parece haber resonado de igual manera. En las secciones de opinión y análisis de los medios el tema ha sido secundario, y las muestras de solidaridad con las Fuerzas Armadas, al menos desde la sociedad civil, han sido escasas.

Esto ha generado enojo dentro del propio Ejército. En el homenaje a los cinco militares caídos, el actual secretario de Defensa, el general Salvador Cienfuegos, mucho más franco que sus antecesores, calificó a los responsables de la emboscada como “enfermos” y “bestias”, entre otras cosas. El discurso, de los más fuertes que ha hecho un secretario de Defensa en tiempos recientes, también recibió cobertura secundaria en medios y también parece haber tenido poca resonancia dentro de la población. Esto llevó a que los espacios de trascendidos de diversos periódicos, donde el gobierno tiende a filtrar su postura, mencionaran que el Ejército se siente abandonado por la población.

A pesar de que en las encuestas sobre instituciones que realiza cada año Grupo Mitofsky –la más reciente está disponible aquí: http://bit.ly/1Io3xk1– el Ejército, junto con la Iglesia y las universidades, es de las instituciones con mayor confianza en México, la relación de los mexicanos con las Fuerzas Armadas es sumamente compleja.

Para muchos habitantes de Guerrero, por ejemplo, el Ejército es sinónimo de terror. Durante la Guerra Sucia de los 60 y 70, el Ejército se caracterizó por su innovación en tortura. Es en Guerrero, según cuenta Laura Castellanos en el indispensable “México Armado” (Era, 2007), donde dieron inicio los infames vuelos de la muerte, en los que militares arrojaban a detenidos, vivos, desde aviones. También es ahí donde se da el primer caso de desaparición forzada por el que el Estado mexicano fue condenado a nivel internacional, el de Rosendo Radilla, y es en Guerrero donde se habla de colusión entre Fuerzas Armadas y cárteles en el lucrativo negocio del trasiego de droga.

Para aquellos que vivimos en la Ciudad de México, el Ejército es algo lejano. Son quienes marchan cada 16 de septiembre y 20 de noviembre, algunos camuflados, otros con uniformes de gala, por la explanada del Zócalo frente al balcón presidencial. También son aquellos que vemos desplegados cada desastre natural, ayudando a evacuar personas y poniendo costales como barreras frente a los huracanes. Nuestro contacto con ellos es mínimo.

Y para el resto del país, desde que fue desplegado por Felipe Calderón hace ya 10 años, el Ejército es algo todavía más difícil de digerir. Al hablar con periodistas de la República, por ejemplo, algunos nos han reprochado a los de la capital que pidamos que el Ejército regrese a sus cuarteles y nos han acusado –con razón– de opinar sobre lo que sucede sin haber vivido la guerra en carne propia. Pero también están aquellos que –con la misma razón– hablan de las atrocidades que han cometido miembros de las Fuerzas Armadas. No hay que ir más lejos que Tlatlaya, en el Estado de México, donde en 2014 murieron 22 personas. Al menos 12 de ellas ejecutadas extrajudicialmente, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

A esto hay que sumarle algo que menciona Héctor Aguilar Camín en su columna del martes: la falta de marco institucional claro para la actuación interna del Ejército, a pesar de que ya lleva una década actuando como un híbrido de Policía y Fuerza Armada. Dijo el general Cienfuegos en una larga entrevista el año pasado: "Ninguno de nosotros vino a las Fuerzas Armadas para hacer esto. Pero de no hacerlo las Fuerzas Armadas no hay quien lo haga. No estamos cómodos, no lo pedimos, no estudiamos para esto pero, además de cumplir la orden del Presidente, es la sociedad quien lo está pidiendo”. (La entrevista completa puede verse aquí: https://youtu.be/E_LrccS50lQ.)

Si la fallida guerra contra el narcotráfico sigue siendo algo cotidiano y cada vez se normaliza más; si el Ejército sigue siendo la primera línea en esa lucha, y si sigue anclado a la tortura como método natural de operación, será imposible contar con el apoyo total de la población. Y mientras ese apoyo no se tenga, la muerte de nuestros soldados –lamentable por donde se vea– seguirá siendo noticia de segundo plano.