Marichuy Patricio, la vocera del mundo indio

María de Jesús Patricio, quien acaba de cumplir 54 años y ejerce la medicina tradicional, encarna ese mundo antiguo, nació tuxpeña y es nahua.
María de Jesús Patricio
María de Jesús Patricio (Fernando Carranza)

Guadalajara

Tuxpan es reconocido, entre los poblados del sur de Jalisco, como "el lugar de la fiesta eterna". Al pie de la mayor montaña occidental, el Nevado de Colima, y con el trasfondo de las fumarolas, el vómito ígneo y los estremecimientos del volcán de Fuego. Pero incluso desde esa popular adscripción nace el primer equívoco en la relación de esta comunidad indígena nahua, superviviente al abrumador predominio de la civilización mestiza que le rodea: qué es fiesta desde la visión profana dominante, en que la naturaleza y lo sagrado retrocedieron, aceleradamente en el último siglo, a las sacristías, o se fugaron a las "religiones alternativas", bajas en calorías y al gusto del cliente; y qué puede ser para la cosmovisión indígena, fuertemente católica, pero de raíces premodernas.

María de Jesús Patricio, quien acaba de cumplir 54 años y ejerce la medicina tradicional, encarna ese mundo antiguo, nació tuxpeña y es nahua. Y hoy es nada menos que la precandidata presidencial del movimiento de resistencia aborigen más representativo del país: el que integran el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y el Concejo Nacional Indígena (CNI); 840 delegados de los pueblos, en su plenaria de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, en mayo pasado, la eligieron no con la idea de que ocupe la silla que alguna ocasión estuvo en manos de un indio zapoteca, Benito Juárez García, sino de adquirir notoriedad, relieve, y que se hagan cambios profundos para que el país sea "multicultural" no sólo de palabra y constitución, sino en los hechos.

"Ya es tiempo de que los pueblos hablen y se manifiesten. Es importante participar y que no va a ser con miras a llegar arriba y estar allá, en el poder, sino desde abajo", repite en todas las entrevistas, pues ha debido navegar entre una amplia incomprensión de la izquierda partidista (el movimiento de Andrés Manuel López Obrador la observa con desconfianza, pero habría que apuntar que es mutua, y persistente desde la primera candidatura del tabasqueño, en 2006).

"Nuestra idea es echarles a perder la fiesta", alude a la clase política tradicional, en la que ven como un representante más a López Obrador, sin olvidar al PRI, al panismo declinante, al perredismo agonizante. El capitalismo es un cáncer, y está condenando a muchos "pueblos originarios" porque el neoextractivismo da valor a tierras mineras, al agua y a los paisajes con potencial turístico, sin olvidar la inapreciable biodiversidad. Y resulta que 80 por ciento de la superficie más remota y bióticamente más rica del país es de indígenas y campesinos.

"Estamos cansados de que el sistema nos siga destruyendo [...] no vamos a ir directamente a pedir que voten, más bien es pedir que se organicen desde donde estén. Vamos más allá de las elecciones. Pretendemos arrebatarles el destino que nos han quitado y desgraciado, pretendemos desmontar ese poder podrido que está matando a nuestros pueblos".

La descripción no es sorprendente: el país de las mineras, del narcotráfico, de los gobiernos corruptos, de la contaminación industrial, que condiciona la existencia de las comunidades de la fiesta y el colorido para el consumo del turismo multiculturalista. En todos los sitios, las preocupaciones son por el abandono, la precariedad de servicios básicos, las violaciones a la legalidad, la violencia, los despojos y los asesinatos de buena parte del México indio.

Es aún temprano para saber si la aspirante logrará reunir el requisito constitucional para estar en las boletas. Los promotores señalan que su disidencia moral en un espacio dominado por la "política corrupta" ya es un referente visible para todos los electores.

SRN