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Sábado , 23.06.2018 / 18:22 Hoy

La caza del adjetivo

El silencio es oleoso, el trueno sordo, el ruido ondulado y las gotas gruesas. Cada sujeto tiene su brillo propio, único. Tal vez su brillo sea, en realidad, un velo opaco, un barniz tacaño.

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Jesús Silva-Herzog Márquez

Estos papeles me sirven para aprender a escribir, decía Josep Pla de su Cuaderno gris. “No para aprender a escribir bien, sino simplemente para aprender a escribir”. El dietario era el verdadero maestro del escritor catalán porque, antes que cualquier otra cosa, lo ejercitaba en el arte del adjetivo. La gimnasia de su diario lo obligaba a calibrar cotidianamente la textura de una voz, los gestos de la mano, las arrugas en la camisa. Darle la bienvenida a un fenómeno en la página es atreverse a calificarlo. Pla salía a la calle con esa tarea en mente: apreciar el arco de sus colores, la promiscuidad de sus aromas, el flujo de los paseantes. Encontrar el matiz que reconoce la singularidad de cada ola en el mar.

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