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Miércoles , 20.06.2018 / 08:20 Hoy

En busca del ronquido

Nadie en estas tierras ha visto tan claro ese abismo de expresiones como Julio Torri quien dedicó precisamente un ensayito a comparar al artista con el orador. 

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Jesús Silva-Herzog Márquez

Los oradores eran personajes poseídos por una vanidad sumisa. Vanidad que, en el fondo, era dependiente de una aprobación instantánea. Cuánta inseguridad revela su pedantería. Ningún arte puede haber en su oficio. Si acaso, una técnica eficaz pero indigna para provocar la risa, para pescar el aplauso, para suscitar indignación. El orador se entregaba a la búsqueda del más miserable de los éxitos: el aplauso inmediato. El orador de Torri era por ello incapaz de reconocer y engendrar arte. Puede decirse que es igualmente incapaz de pensamiento porque discurre en frases, nunca en ideas.

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