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Viernes , 22.06.2018 / 23:08 Hoy

Dioses indivisos

Cada quien su temblor y su historia. Cada uno su diluvio y su fe. Cada quien su esperanza y sus miedos. Su reticencia y su tormenta. Su ambición de entender, su desconfianza.


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Ángeles Mastretta

Los helechos no mueven ni una hoja, los árboles tampoco, las escaleras no bailan, las paredes no suenan. Aquí la única que tiembla, me digo, soy yo. Pero de frío. Así que entro al comedor. Y ahí sí, la lámpara del centro da vueltas como el péndulo de un reloj inmenso. Sí está temblando. Pero en esta casa, construida a campo abierto, en Tacubaya, el año de 1912, no se siente un temblor. Será que no es gran cosa, pienso cuando suena mi celular y brota la cineasta que no encuentra el pico de su estrella. Está en un camellón de la Condesa, ha debido bajar siete pisos a oscuras, tropezándose, descalza, entre el ruido de los muros y el suelo. “Ahora sí sentí feo”, dice.

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