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Sábado , 20.04.2019 / 11:18 Hoy

Vida y Milagros

En el cuarto de costura

Verónica Mastretta

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La casa en la que crecí con mis hermanos estaba en el llamado barrio de Santiago, uno de los barrios más viejos de Puebla, aunque nunca alcanzó la categoría de colonia. Era una casa que alquilaban mis papás a una señora llamada Doña Elvira, quien al morir la heredó a su hija, amiga de mi mamá y que puntualmente pasaba a recoger su renta el día primero de cada mes. Mi mamá tenía listo el sobre desde la víspera porque era una mujer amante del orden, cualidad que no heredé. La casa tenía en la entrada una escalerita y un árbol de colorín que la hacían particularmente graciosa; era de dos pisos y con un jardín en la parte de atrás que se veía desde la ventana del comedor. En la parte de arriba estaban los cuartos en donde dormíamos y en medio de ellos, un espacio distribuidor al que daban todas las puertas, formando una armoniosa unidad.

Había además un cuarto adicional que tenía varias funciones; en él había dos armarios. A ese hueco con un poco de más de dos metros de hondo le llamábamos “ el hoyo”, y se subía usando los entre paños como escalones. Entrar era fácil, salir no lo era tanto y se requería agilidad de chango para esconderse ahí de manera rápida. Carlos mi hermano y yo teníamos la habilidad para trepar a la velocidad de la luz cuando había emergencias, por ejemplo, cuando llegaba el doctor que traía la vacuna de la polio. Ese cuarto hacía también las veces de costurero, pues ahí estaba la máquina de coser que usaban mi mamá o doña Irene, una costurera de edad difícil de definir para un niño y que iba a la casa dos veces por semana. Doña Irene tenía un cuerpo sin cintura y yo la consideraba para entonces una mujer viejita. Se peinaba de chongo y su suéter siempre estaba lleno de alfileres a un lado de su pecho. Tenía un olor que recuerdo con una precisión asombrosa. Dicen que los olores están ligados de manera corta y directa a la zona del cerebro que guarda las memorias, y quizás por eso nos conectan de manera profunda y sin atajos a situaciones y recuerdos de una manera especialmente vívida. Doña Irene olía a talco, madera y a todos los olores de un almacén de telas. Se sentaba ante la máquina de coser y desde ahí gobernaba ese pequeño cuarto sin hacer mayor ruido, aunque se reía de una manera muy chistosa, como entre dientes, y le encantaba molestarnos con cuentos de miedo o nos entretenía con chismes de su vecindad. Dentro del armario de usos múltiples también había una casita de muñecas, así que nuestras visitas al cuarto de la costura eran frecuentes.

Recuerdo a Irene dándome retacitos de las telas sobrantes que se guardaban en un canasto; con ellos me enseñaba a hacerles faldas, vestidos o gorritos a mis muñecas o a mi gata Casiopea. Irene me daba conversación e información cuando yo estaba escondida en el hoyo y no había más adultos alrededor. Por esas épocas falté al colegio varios meses porque tuve fiebre reumática y cada dos semanas llegaba el químico Vergara a sacarme sangre para ver si iba yo mejorando. El químico tenía paciencia de santo, porque hacerme salir del hoyo requería de una cantidad enorme de chantajes. Olía al químico tres cuadras antes de que su cochecito se parara en la puerta de mi casa. Irene era una buena cómplice. No delataba nuestra presencia en el divertido escondite.

Una máquina enhebrada es una máquina a la que los hilos se le hicieron bolas en el interior de sus misteriosas entrañas metálicas. Doña Irene sabía desenhebrar la máquina con paciencia admirable. A mí me daba por lidiar con Edna sin supervisión, así que solía hacer la maldad de enhebrarla de tal manera que los hilos enredados en su interior se volvían una maraña solo destructible a base de tiempo, tijeras, punzones y muchísimo desperdicio de hilos ahorcados. Doña Irene siempre dejaba su máquina limpia antes de irse, aceitada, sin hilos enredados, con su aguja ensartada con un hilo blanco montado en un carrete plateado, todo listo para una emergencia. De las manos de mi mamá y de Doña Irene salieron fundas e individuales, nuestros uniformes del colegio, los vestidos de nuestra primera comunión, entre otras cosas. Marcaba la prenda que tenías puesta con una barra de tiza blanca y luego iba llenando la prenda de alfileres. Sentir sus manos temblorosas trajinando sobre el cuerpo, ya sea marcando la tela con la tiza o tomándote las medidas era un placer sutil que pocos comprenderán. Era un cosquilleo suave, casi una caricia imperceptible e involuntaria que te hacían cerrar los ojos de gusto. El chiste era permanecer quieta -”Irene, tómame medidas”- le decía yo cuando quería atención. Irene fue la que se ofreció un día a enchinarme las pestañas porque las tenía yo muy largas pero poco rizadas. Descubrí con ella que lo aparentemente feo podía ser mejorado. Con un alfiler de seguridad me las enchinó y desde entonces, la perseguía por las tardes en el costurero para salir de ahí con unas pestañas demasiado rizadas. De vez en cuando las anginas recurrentes me daban unas calenturas espantosas; Doña Irene me dijo que tenía yo “escalofríos”. Pensé que era el nombre de una peligrosa e innombrable enfermedad.- “¿Cómo es eso de los escalofríos, Irene?”- “son esos temblores que te dan, por eso te suenan los dientes”- Me daba un vaso de agua de limón acompañado con una pastillita rosa que ahora sé que era un mejorar infantil, y al rato ya andaba yo libre de la maligna enfermedad.

A los niños de la casa nos mantuvieron en una burbuja en la que la muerte no tenía cabida. Cuando los padres de mi papá se murieron, simplemente nos dijeron que ese día no iríamos al colegio porque los abuelos se habían ido al cielo. No sé si a Doña Irene también se la llevaron para allá, porque un día supe que estaba enferma y luego nunca se le volvió a mencionar. El único muerto con el que tuvimos contacto antes de los diez años fue con un pavo que les regaló a mis papás poco antes de una navidad un amigo al que llamaban el Charro Ausencio. Sus bigotes, su atuendo y su cuerpo eran idénticos a los de un panzón de corpus. Todos tuvimos que ver con el guajolote porque nos correteaba en el jardín y nos picaba las agujetas. Cuando lo vimos colgado de la escalera de caracol que subía a la azotea con el pescuezo estirado, hubo muchas lágrimas derramadas. Todo esto lo digo para explicar por qué no supimos que fue de Doña Irene hasta mucho tiempo después. Desapareció de nuestras vidas con una suavidad que solo pudo ser producto de la negación de que la muerte existía en nuestras vidas. La vida siguió en el cuarto de costura, luego tuvo otros usos, pero nunca regreso a él la paz, la boruca, la complicidad y el ambiente especial del costurero cuando en él vivió y trabajo Doña Irene.

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