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Domingo , 21.04.2019 / 19:18 Hoy

Política Irremediable

¿Esto está pasando en 2019?

Román Revueltas Retes

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El incendio de la catedral de Notre-Dame pareciera anunciar el advenimiento de tiempos aciagos justamente cuando a los humanos nos invade el sentimiento de que el mundo está dejando de ser lo que era. Será reconstruida la iglesia, desde luego, pero el impacto simbólico del fuego que todo lo devora es estremecedor y la dimensión misma de la destrucción llena de pesar nuestros corazones.

Pero, ¿no fue bombardeada ya Colonia, en la Segunda Guerra Mundial, y no estuvo el Kölner Dom, su gran templo gótico —erigido a partir del s. XIII, terminado 632 años después, en 1880, y convertido en el edificio más alto del mundo en su momento— a punto de ser destruido por las bombas lanzadas por los Aliados? ¿Y no se incendiaron también las catedrales de Chartres, en 1194, la de Amiens, en 1107 —y, de nuevo, en 1218— y la de Nuestra Señora de Estrasburgo, en 1176?

La historia es, antes que nada, un recuento de catástrofes, guerras sangrientas, saqueos, demoliciones y ciudades sitiadas. La imponente catedral de la urbe más importante de Renania del Norte-Westfalia fue, justamente, de las poquísimas edificaciones que quedaron en pie luego de las mentadas incursiones aéreas en la pavorosa contienda del siglo XX: se debió esto a que los pilotos de la Royal Air Force y de los demás escuadrones la tomaron como punto de referencia visual para arrasar con el resto de la ciudad. Pero en las invasiones y las conquistas los ejércitos se han dedicado, desde inmemoriales tiempos, a destruir, a destruir y a destruir. Territorios enteros han sido arrasados y los monumentos de incontables naciones han desaparecido para siempre, perdidos en la memoria y disueltos en el imparable transcurrir de los días.

Hablar de esto, del oscuro impulso destructivo de los hombres, es importante precisamente en los momentos en que, abatidos, contemplamos el incendio de Notre-Dame de Paris. Porque esta calamidad, hay que decirlo, no resulta ya de la crueldad y de la barbarie de nuestros semejantes sino de los insondables designios del azar. Y así, aunque testigos consternados e inconsolables de una hermosa catedral consumida por las llamas, podemos todavía, creo yo, reivindicar las bondades de estos tiempos en vez de abandonarnos al deletéreo pesimismo de todos los días.

revueltas@mac.com

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