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Jueves , 21.06.2018 / 01:22 Hoy

Pero ¿quién hará los trabajos de mierda?

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Pues sí, a Donald Trump le gustaría más que fueran los noruegos quienes se apilaran en las fronteras de los Estados Unidos en vez de todos los indeseables que emigran de países de mierda. Ocurre, sin embargo, que a los súbditos de Su Majestad Harald V no les interesa demasiado afincarse en un país donde carecerían de seguridad social universal, educación gratuita y permisos laborales de maternidad —entre otras de las prestaciones que ofrece ese Estado social tan denostado, precisamente, por los seguidores del actual inquilino de la Casa Blanca—, por no hablar de otras realidades, escalofriantes en verdad, como la brutalidad policiaca y la inhumana dureza de un aparato judicial que mantiene en prisión a más de dos millones de ciudadanos, la población carcelaria más grande de todo el mundo.

Pero, además, ¿qué trabajos y faenas desempeñarían los noruegos para ayudar a la economía estadunidense? ¿Limpiarían letrinas en los hospitales, lavarían platos en los restaurantes, recolectarían la cosecha en los campos de California, serían trabajadores domésticos en los apartamentos de Manhattan o recogerían la basura de las calles? No, señoras y señores, esos oficios ya los desempeñan quienes dejaron El Salvador, Haití, Kenia y, pues sí, México (aunque la categorización de país de mierda no nos haya tocado directamente sino apenas de refilón por la consanguineidad con nuestros hermanos salvadoreños).

En cuanto a los informáticos que laboran en Silicon Valley y los matemáticos de la NASA, vienen de la India, la nación de todo el orbe donde viven más pobres, con altísimos índices de analfabetismo pero, paralelamente, con un sistema de educación superior que produce ingenieros de primerísimo nivel. Algún noruego habrá por ahí, desde luego, trabajando bajo las órdenes de Satya Nadella, el mismísimo mandamás de Microsoft, de Shantanu Narayen, presidente de Adobe, o de Padmasree Warrior, la directora de tecnología de Cisco Systems. Justamente, la sospecha de que un escandinavo —o, digamos, un inglés o un australiano— le pueda parecer más deseable como vecino a The Donald que los oriundos de los países de mierda, es lo que le ha hecho ganarse la acusación de ser un racista.

Los incondicionales simpatizantes del zafio personaje —entre ellos, buena parte de los congresistas del Partido Republicano— intentan justificar sus gazapos: ahora han dicho que no les consta, para empezar, que Trump haya soltado lo de shithole countries pero que, en caso de que sí lo hubiere dicho, entonces el hombre se estaría refiriendo a un tema “económico”, o sea, puntualizando meramente las ventajas de que un inmigrante tenga, por ejemplo, una formación universitaria o distinguidas cualificaciones profesionales. Es más, ya lo había avisado, a propósito de nosotros, los mexicanos, en uno de sus mítines al arrancar su campaña electoral: “Cuando México nos manda a su gente, no nos envía a los mejores. No son personas como ustedes, sino individuos muy problemáticos que, además, traen sus problemas aquí: traen drogas; traen criminalidad. Son violadores. Algunos, supongo, son buena gente”.

Es decir que, de preferencia, tu perfil de aspirante a vivir el “sueño americano” no sea el de un sujeto pobre y necesitado, totalmente dispuesto a desempeñar los “trabajos que ni los negros quieren hacer” —como sentenció en su momento uno de nuestros clásicos— sino el de un emprendedor exitoso, un profesionista acomodado o un científico de primer nivel. Y sí, en efecto, muchos individuos triunfantes se afincan en los Estados Unidos pero, entonces ¿hay que desconocer, de pronto, el decisivo impacto económico de los millones de inmigrantes —legales o irregulares— que ejecutan allá las labores más ingratas, de los que barren las aceras, empacan carnes, recogen la fruta en las plantaciones, planchan la ropa en las tintorerías o ponen ladrillos en un edificio? La reconstrucción de Nueva Orleáns, luego del desastre de Katrina ¿no se llevó a cabo gracias a la mano de obra de los trabajadores extranjeros? Y, en lo que toca a la posible restauración de la “grandeza de América”, ¿no resulta descomunalmente paradójico que sean los salvadoreños, los africanos o los haitianos —justamente, los venidos de los países de mierda— quienes realicen ahora las tareas que una sociedad demasiado embotada por la complacencia y la comodidad no quiere ya acometer?

Trump no sólo ofendió a esos nuevos apestados: muchos de los estadounidenses de segunda o tercera generación no olvidan los tiempos en que sus antepasados —irlandeses católicos, italianos, polacos o japoneses, entre otros— eran despreciados y denigrados por una población tan abiertamente racista como lo sigue siendo su actual presidente. Un hombre, hay que decirlo también, por el que votaron millones de sus conciudadanos: muy seguramente, todos esos que siguen sin querer ensuciarse las manos con los trabajos de mierda que sí desempeñan los recién llegados.

revueltas@mac.com

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