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Viernes , 26.04.2019 / 03:28 Hoy

Perdón, pero...

Sociología del abucheo

Roberto Blancarte

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El abucheo es un fenómeno social. Se trata de una expresión colectiva, organizada o espontánea, que tiene por fin demostrar la inconformidad con algo o con alguien. Uno puede partir de la idea de que las masas son fácilmente manipuladas y que cualquiera puede comenzar un abucheo, contagiando al resto de los asistentes de un espectáculo o de algún tipo de acto multitudinario, en el rechazo manifestado. Pero la realidad es más compleja. No siempre hay las condiciones para hacerlo y en no pocas ocasiones el incitador no es seguido y simplemente queda solo gritando. Para que la gente lo siga, tiene que haber algún tipo de convencimiento de que algo está mal y se tiene que sentir la necesidad de expresarlo. Allí es cuando se dan las condiciones para que, si alguien lo inicia, los demás, o buena parte de los demás, lo sigan.

Lo que sucedió en el estadio de los Diablos Rojos del México la semana pasada fue sorpresivo para muchos. En primer lugar porque el público asistente no podía ser contabilizado como antipejista o antimorenista de entrada. Más bien, por la afinidad en la simpatía por el beisbol, nos hubiéramos podido imaginar que ese público le era afín al Presidente, quien ha manifestado su afición en repetidas ocasiones. Tanto, que de manera autocrática ha decidido que porque a él le gusta ese deporte, se destinarán recursos públicos para promoverlo. Lo cual ha pasado desapercibido, pero es altamente irregular porque los apoyos a los deportes no deberían ser decididos en función de las aficiones particulares de los presidentes de la República. Con esa lógica, si al próximo Presidente le gustara el hockey sobre hielo, empezaríamos a construir pistas de hielo en todo el país. Y lo digo viniendo de una familia beisbolera y con una afición personal que me ha llevado a muchos estadios en Norteamérica y el Caribe, es decir la mayor zona de influencia del imperialismo yanqui. Por suerte para los cubanos, el beisbol también le gustaba mucho al comandante Fidel Castro.

Lo cierto es que el abucheo existió y a todas luces fue espontáneo y seguido por una buen parte de la afición, inmediatamente declarada como fifí por el aludido. El bateador no pudo adivinar esa serpentina. Tenía todo preparado para lucirse y volarse la barda, pero lo poncharon. Lo cual me lleva a la reflexión sobre el hartazgo popular (porque no cabe duda que los asistentes entraban en esa categoría) y el famoso tigre o el petate del muerto. La luna de miel entre esa mayoría insatisfecha y el Presidente podría acabar más pronto de lo esperado. Quizás es temprano para decirlo, pero el signo está allí. Es una llamada de atención sobre los límites del presidencialismo autoritario: se puede disfrazar la realidad y confundir decretos con realidades por un tiempo, pero ante un público harto y ansioso, los resultados serán lo único que cuente. A menos que nos empiecen a querer llenar la cabeza con propaganda populista acerca de los logros del régimen y de su gran líder. Mientras tanto, lo que se alcanza a observar es un público impaciente y con ganas de empezar a tirar cojines al diamante. La afición sigue molesta. ¡Cuidado!

roberto.blancarte@milenio.com

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