• Regístrate
Estás leyendo: El acabose
Comparte esta noticia

Prácticas Indecibles

El acabose

Rafael Pérez Gay

Publicidad
Publicidad

La modelo brasileña Sabrina Jules St. Pierre demandó al hotel Embassy Suites de la cadena Hilton en Palm Desert, California. Después de una noche tormentosa, Sabrina sufrió innumerables picaduras de chinches que le dejaron marcas en la piel.

Sé de chinches. Uno de los episodios negros de la familia nos acercó al abismo vergonzoso de la chinche. El verano había caído sobre la ciudad como hierro candente, dormíamos con las ventanas abiertas y sábanas delgadas. Una noche de calores infames, un grito me regresó a la vigilia. Mi padre dio la voz de alarma:

—¡El acabose! —prendió las luces y caminó desesperado por el pasillo jalándose los pelos: —Lo que nos faltaba: chinches. ¡La hecatombe!

Había en la voz de mi padre genuina congoja. Cuando entré al cuarto vi a mi madre con lentes para combatir la presbicia en concentración científica. Con mirada experta revisaba los pliegues de un colchón levantado en vilo. Después de algunos minutos dio su veredicto:

—Sí, chinches —estaba demacrada y miraba algo pequeñísimo que había puesto en una palangana con agua—. Quizá nunca los volví a ver tan desconcertados. Así conocí a las chinches, bichos del desaseo y la pobreza que buscan la oscuridad y los lugares secos.

—El acabose —repitió papá sin énfasis, perdido en su tragedia—. Animales de la mugre, de la gente sucia, medallas de la pobreza.

Durmieron en la sala con la luz prendida y el alma partida en dos. Cuando el sol de aquel verano de calores insalubres entró por la ventana, papá había empezado la faena. Dejé la cama y de camino a la cocina vi a un hombre con un pañuelo de cuatrero puesto en la nariz y la boca, iba armado con una bomba de flit, así se llamaba el precursor del aerosol, un fuelle de metal y un depósito de DDT del cual salía el líquido insuflado por el aire. Un arma vieja que acaba incluso con los seres humanos.

Mi madre acusó a mi padre de ser el culpable de la invasión.

—Tus compras baratas —le dijo con odio.

Se refería a la pasión de mi padre: la segunda mano, los objetos viejos comprados en cuartos oscuros de la Lagunilla y Tepito. Como otras veces, mamá tuvo razón, la primera chinche vino de una de esas gangas que papá celebraba como un anticuario:

—Costó baratísimo, un regalo, una antigüedad artnovó —así le decía mi padre al Art Nouveau.

El departamento se convirtió en una cámara de gases. La ley de la guerra contra las chinches dictaba cerrar a piedra y lodo y abandonar el campo de batalla.

No recuerdo donde pasamos la primera noche después de la zacapela. El olor a DDT duró semanas en casa. Cuando leí la noticia de la pobre Sabrina comida por los insectos, pensé: sé de chinches.

rafael.perezgay@milenio.com
Twitter: @RPerezGay

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.