• Regístrate
Estás leyendo: De película
Comparte esta noticia
Sábado , 23.03.2019 / 05:05 Hoy

Fajadores y estilistas

De película

Martín Eduardo Martínez

Publicidad
Publicidad

Me quedé sin internet en casa y sin mucho más dinero que el suficiente para ir por algo de comida y pagar un par de horas en un cyber sin café —y me siento algo así como en el año 2000 mientras escribo esto, no lo puedo negar—. Pero no todo está tan mal y mucho menos está perdido, solo un poco de la información que guardaba en mi computadora, que se encuentra en huelga aparente desde hace un par de semanas y funciona cuando los astros de la web se alinean o cuando simplemente le da la gana encender. No todo está perdido, decía, porque mientras el contador automático de mi máquina en el cyber seguía su empresa, me topé en internet con un boxeador recién descubierto por mí, que resultó tener una vida digna de película y que, por otra parte, en 2010 el director Uwe Boll estrenó en cines.

Estoy hablando del alemán Max Schmeling, nacido en 1905 y fallecido a principios de este siglo a los 99 años, quien gozó tanto de aplausos como reprobación en vida gracias a su dura pegada de fajador y su estilo de gran táctica al boxear, en el primer caso, y a su clara derrota ante el judío estadounidense Max Baer en 1933, en el segundo, lo que le costó la mala fama y el descontento de la Alemania nazi después de haber sido uno de los rostros oficiales del partido (sin él estar afiliado) y uno de los deportistas predilectos de Adolf Hitler; una historia, si se piensa, antigua por igual y repetida hasta nuestros días, en la que deportistas de todo el mundo se ven envueltos con su ánimo o contra su voluntad en la política, de la que salen, sólo en ocasiones, victoriosos y con el puño en alto. Multicampeón en varias divisiones desde 1926 hasta 1943, Schmeling tuvo en su carrera profesional en Estados Unidos como mánager a Joe Jacobs, un judío por quien sus compatriotas no hacían más que menospreciarlo.

Circulan por internet aún algunas de sus peleas más emblemáticas, como la mencionada en contra de Max Baer o aquellas que librara frente a frente con Joe Louis —triunfador en el primer encuentro y enviado a la lona en el segundo—, su enemigo acérrimo por el cual, casi al final de la vida de éste, Schmeling ofrendara su amistad y su dinero al ver la condición deplorable y enferma en la que se encontraba el estadounidense.

Entre muchas otras cosas, la vida de Max Schmeling caminó sobre cuerdas flojas debido a la Segunda Guerra Mundial, en la que sirvió a su país sin dejar de lado su calidad humana. Boxeadores únicos se suceden en el laberinto del reconocimiento y de una vida digna y llena de tranquilidad después de su retiro, y la grandeza de ellos es medible dentro y fuera del ring, pero hemos de aceptar que hacerlos reencarnar desde el oficio del espectador es una tarea francamente difícil e inestable, sobre todo si tenemos en cuenta un panorama como el actual, en el que la fugacidad y los encuentros igualmente efímeros no permiten, en ocasiones, el seguimiento genuino de una figura, y los peleadores, a su vez, olvidan que se deben a su cuerpo, a su sacrificio y a su público, y no logran mantenerse en la escena coleccionando victorias durante 20 años como Schmeling y una importante nómina lo ha hecho.

Queda ahora recordar y rescatar a estos gladiadores de la vida real y ponerlos en el lugar que les corresponde, sin el afán de idealizarlos ni de vivir en una época distinta a la nuestra, sino para reconocer el trabajo de aquellos que tomaron por bandera un par de guantes y salieron a partir en dos el cuadrilátero y a sus contrincantes. Queda ahora esperar la línea en casa y el cierre de año pugilista, queda ahora seguir escribiendo.

mar_mtz89@hotmail.com





Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.