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Jueves , 25.04.2019 / 09:45 Hoy

Doble fondo

La porra fifí y el barra brava

Juan Pablo Becerra-Acosta

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La rechifla más sonora que he escuchado contra un político ocurrió hace casi 33 años, el 31 de mayo de 1986, en el Azteca, durante la inauguración del Mundial de futbol: se la llevó el entonces presidente de la República, el priista Miguel de la Madrid, previo al partido entre Bulgaria e Italia, que terminó con un feo empate 1-1.

Cuando De la Madrid era presentado, la silbatina fue subiendo de intensidad. Se volvió ensordecedora. Él aguantó estoico: quijadas trabadas, mirada seca, rostro de tótem. Procedió a la declaratoria inaugural. Habló escasos 43 segundos. Probablemente esa sobriedad evitó que lo volvieran a repudiar en la final del Mundial, el 29 de junio, cuando entregó la copa a la Argentina de Maradona, que venció 3-2 a Alemania.

A mí me tocó hacer la crónica de color de la final, para el unomásuno. Recuerdo que algunos funcionarios priistas seguían en negación: repudiaban a quienes le habían dedicado a De la Madrid un poderoso concierto de silbidos, vociferaciones y mentadas. Desde aquel entonces los priistas no entendían… que no entendían. La soberbia del poder los obnubilaba. No hacían el menor esfuerzo de empatía. Las críticas y protestas eran una conjura de agitadores o subversivos.

Ciegos. Ocho meses antes habían ocurrido los destructivos sismos del 19 y 20 de septiembre de 1985 que provocaron tantos muertos. Mientras el Presidente inauguraba el Mundial, cientos y cientos de personas todavía vivían en campamentos de damnificados. Ningún chilango había olvidado el vacío de poder que hubo durante los largos días posteriores al terremoto. El gobierno se pasmó. Solo el Ejército apareció días más tarde. Fue la gente, volcada a las calles, la que organizó los rescates durante las primeras jornadas. La catarsis del Azteca era de esperarse. Los reporteros apostábamos por la intensidad y duración que tendría. Solo los soberbios fueron sorprendidos.

Cualquier político que tiene la osadía de presentarse en un estadio está expuesto al rigor del público. No tiene que haber hecho algo mal, basta que esté ahí. Así son algunos espectadores, así son algunos porristas: zarandean a los personajes temerarios que se atreven a mezclar la política con los deportes.

Los estadios son santuarios donde la gente va a divertirse, pero también a desahogarse y distraerse de sus problemas. A veces se refugia ahí para olvidar dolores y frustraciones. Algunos fanáticos también van a insultar al árbitro y a provocar y burlarse del rival. Si un gobernante llega a contaminar ese espacio es vilipendiado, como si fuera parte del equipo contrario más odiado, y si tiene méritos, le va como le fue a de De la Madrid.

No sé qué pensó Andrés Manuel López Obrador el sábado pasado, cuando fue a inaugurar el nuevo estadio de los Diablos Rojos. ¿En serio creyó que ahí todos serían sus exégetas y que lo aclamarían? Nunca vio venir el abucheo. El pensamiento absolutista de aquel viejo priismo reaccionario e intolerante reapareció cuando arremetió contra “la porra del equipo fifí”, a la que —dijo— seguirá lanzando grandes picheos para “derrotar a la mafia del poder”.

Tal vez el Presidente no se merecía la silbatina antes de que abriera la boca. Tal vez, a pesar de su terquedad para irrumpir en el estadio, pero sí que se la ganó con su discursito de barra brava, de ultra radical. Cayó redondito en la provocación de la tribuna. Le falta mucho barrio, le falta mucho estadio, le falta mucha pelota a ese pitcher novato…

jpbecerra.acosta@milenio.com
@jpbecerraacosta

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