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Paisajes de la memoria

Una novela mal notariada

Juan Gerardo Sampedro

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Sólo hay que dejar que el tiempo actúe. Ya pronto, lo pienso al concluir la lectura de una novela maravillosa escrita y editada en 1995. Han pasado los años y en el desenlace nunca se supo porque su autor (un hombre que jamás volvió a escribir una línea) de apellido Dromersam, dejó el final abierto, difuso. Había prometido escribir una segunda parte. Ahora, en las redes sociales, lo he contactado para animarlo a que siga y cierre el argumento.

El personaje central se llama Marlo Basurto, quien llega a vivir a una pequeña localidad del norte de México con el propósito de retirarse a meditar Zen y olvidarse de la vida soez. Busca en los avisos clasificados un lugar para alojarse y se da cuenta que hay un pequeño departamento en venta, céntrico. Lleva casi todos sus ahorros. No es rico, no es pobre: tiene para vivir.

Se contacta con el vendedor. Luego sabrá que es una verdadera rata de cañería.

Sí, algo debe de tener la historia para sostenerse: Basurto cae en el garlito de ir al notario que éste le sugiere para cerrar el trato.

Marlo Basurto lejos está de saber que ese notario no tiene ni la mínima idea de lo que son los valores morales, ni conoce la culpa o el arrepentimiento y le muestra así documentos apócrifos.

¿Recuerdan que a Katy Jurado la despojan de todo su dinero en “Barrio de campeones” al hacer tratos con una compañía inmobiliaria completamente falsa? Así le ocurre a Marlo Basurto. Cierra el trato, le dan el acta de compra venta, piensa que no hay problema porque él cree que está frente al escritorio de alguien que, aparte de todo, es un servidor público.

El personaje Marlo Basurto queda conforme cuando le dicen que en tres meses estarán las escrituras a su nombre.

Me doy cuenta que narro aquí una historia bastante cruel, pero no. Debe haber casos más terribles.

Marlo Basurto deja pasar el tiempo debido a que está meditando bajo las reglas del Zen. Basurto no ha sido político ni empresario: es un hombre que entra a la madurez y también decide vender no su Ferrari que nunca tuvo, pero si su modesto Chevy rojo por el que le dieron unos cuantos dólares que terminaron en polvo.

Cuando considera que ha llegado el tiempo va al despacho donde hizo la transacción. El licenciado lo hace pasar al privado y le dice que el departamento tiene un embargo y que se debe presentar a un juzgado civil y solicitar que se cancele. ¿Cómo? ¿Con qué representatividad? Tarde se da cuenta de la burla. Aquí, en esta novela, quien vende (en contubernio malvado el piso) se desparece.

Es entonces que el propio licenciado se hace la víctima y le dice “nos engañaron”. “¿Cómo?”, pregunta el personaje Basurto. ¿Un notario no debe ver todo esto antes de cerrar una transacción?

Pues hágale como quiera, le dice a Basurto.

Él investiga y sabe que el licenciado (su oficina estaba cerca de un añejo puente de concreto) es parte de una casta que se siente intocable.

La novela termina cuando Marlo Basurto está prepara su defensa, pues ha sido amenazado. “Esto debe llegar a los medios nacionales”, y el autor cierra el capítulo.

Buscaré a Dromersam, esto debe retomarse.

jgsampe@me.com

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