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Sábado , 23.06.2018 / 18:09 Hoy

Carta de Esmógico City

La noche en que el coche pisó la Alameda

José de la Colina

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En la lluviosa noche de hace más menos más o menos una semana, pero muy presente lo tiene el cronista, un automóvil, acaso conducido por alguien tal vez ebrio (“hasta las manitas y los zapatitos”) de tanta cultura absorbida en las marmóreas salas del Palacio de Bellas Artes (pues esas salas albergan arquitectura, escultura, pintura, música y hasta literatura), emergió triunfal en sus cuatro llantas, cuando salía del estacionamiento subterráneo del dicho monumento en activo de la variada producción artística nacional y extranjera, y… ronroneando con todo el alegre motor el coche se metió a la acera de la Alameda Central paralela a la Avenida Juárez, causando el pánico de los tan asustadizos paseantes. Y por ese espacio puramente peatonal, y por tanto paseable a pie enjuto o mojado, el tal coche transitó varios metros antes de chocar contra un árbol que, muy en su derecho vegetalicio, allí estaba sin buscarle bronca a nadie, es verdad, pero... sin intentar quitarse.

Suceso ya pasado, como ya inicialmente se dijo, pero lo actual sería, al menos para este tecleador, que todavía no haya logrado él saber si la multa (que un puntual agente de tránsito debería haber puesto) fue infligida al automovilista… o al inmóvil árbol. Pues, según algunos esmogicanos partidarios fervientes y fehacientes de los vehículos automotores (ya que de cualquier asunto brota ahora un partido), los árboles son seres de carácter muy egoísta y abusivo que se dedican a estorbar (“obstaculizar” dicen los reporteros verbalmente elegantes) a los máximos representantes del rodante progreso del país, adivine usted cuáles.

De tal modo, se diría, que para no poco ciudadanaje los seres vegetales no comibles o bebibles, o siquiera masticables o ingurgitables (según acostumbran consumirlos las clases bajas tan carentes del buen gusto, pobrecitas) no deberían existir y en cambio ¡vivan los automóviles, que tan gozablemente humeantes y halagadoramente sonantes son los benditos, y que pisoteen de una vez y millones de veces todas las alamedas, y las arboledas y los jardines!

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