• Regístrate
Estás leyendo: Los antropófagos
Comparte esta noticia
Jueves , 25.04.2019 / 06:59 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Los antropófagos

Jordi Soler

Publicidad
Publicidad

El filósofo Samuel Ramos publicó, en 1934, un controvertido ensayo, muy leído y con muchas reediciones, de título El perfil del hombre y la cultura en México. Fue publicado en ese periodo, con la Revolución todavía muy presente, en el que la intelectualidad y el mundo artístico trataban de definir “el alma mexicana”. El libro de Ramos fue muy criticado en su tiempo por sus colegas pero también por sus lectores, pues tiene generalizaciones insostenibles y algunas ideas ríspidas, cuando no hirientes, como la del “egipticismo indígena” y, sobre todo, la del sentimiento de inferioridad del mexicano.

Después de la publicación de este libro vinieron otros, que hurgaban también en el “alma mexicana”, y que fueron enmendándole la plana como, por ejemplo, El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, o, más recientemente, La jaula de la melancolía, de Roger Bartra, por poner dos ejemplos prominentes.

A pesar de que le han enmendado la plana, el libro de Samuel Ramos sigue aquí, a los 85 años de su publicación, y su relectura, a pesar de sus ideas ríspidas que también siguen ahí, arroja cierta luz sobre el México, y el mexicano, del siglo XXI, para quien se anime a leerlo con un espíritu constructivo.

Ramos sitúa el origen de la célebre improductividad mexicana en la época de la Conquista: “Los conquistadores eran soldados, no hombres de trabajo, que tuvieron que explotar sus nuevas posesiones por medio de la raza vencida. Por eso el trabajo en América no tuvo el significado de un bien para librarse de la necesidad, sino de un oprobio que se sufre en beneficio de los amos”; y más adelante escribe: “La riqueza no se obtenía mediante el trabajo, sino merced a un privilegio injusto para explotar a las clases de abajo”.

Un privilegio que es el origen de la corrupción porque, desde aquella perspectiva, trabajar carecía de sentido y quien quería progresar tenía que buscarse el privilegio, que no le correspondía, por la única vía posible: la de la chapuza.

Luego Ramos, a partir de ese sentimiento de inferioridad que nos achaca, pasa revista a la incapacidad del mexicano para mirar a largo plazo, para proyectar cosas que requieren tiempo para hacerse bien: “Y como el espíritu del mexicano está alterado por el sentimiento de inferioridad, y además su vida externa, en el siglo XIX, está a merced de la anarquía y la guerra civil, no es posible ni el sosiego ni la continuidad en el esfuerzo. Lo que hay que hacer, hay que hacerlo pronto, antes de que un nuevo desorden venga a interrumpir la labor”.

Esta vida a salto de mata llena de dejadez, de proyectos al aventón, que irremediablemente produce cosas mal hechas, se complica con otro elemento del alma nacional que es “la nota del carácter mexicano que más resalta a primera vista”, nos advierte el filósofo antes de apuntar: “No hay nada en el universo que el mexicano no vea y juzgue a través de su desconfianza. Es como una forma a priori de su sensibilidad”.

El mexicano, según Ramos, desconfía de todo y de todos, y esta desconfianza termina apuntalando la dejadez y el hacer las cosas mal: “Si es comerciante, no cree en los negocios; si es profesional, no cree en su profesión; si es político no cree en la política”. ¿Cómo se puede hacer bien una cosa en la que no se cree? Pero Ramos va todavía más allá: “El mexicano considera que las ideas no tienen sentido y las llama despectivamente teorías”.

En este mundo sin ideas que nos presenta el filósofo, “la vida mexicana da la impresión, en conjunto, de una actividad irreflexiva, sin plan alguno”.

La suma de los elementos del alma mexicana que va destripando Ramos a lo largo de su ensayo nos confirman la imposibilidad de trazar un plan en este territorio movedizo, donde el trabajo no vale nada, nadie confía en nadie y el único que progresa es el que consigue un privilegio.

“Nadie es capaz de aventurarse en empresas que solo ofrecen resultados lejanos”, nos dice el filósofo, “por lo tanto, ha suprimido de la vida una de sus dimensiones más importantes: el futuro”.

Porque quien desconfía de todos y de todo, no puede confiar en el futuro, solo en el aquí y el ahora, y Ramos añade: “Es evidente que una vida sin futuro no puede tener norma. Así, la vida mexicana está a merced de los vientos que soplan, caminando a la deriva. Los hombres viven a la buena de Dios. Es natural que, sin disciplina ni organización, la sociedad mexicana sea un caos en el que los individuos gravitan al azar como átomos dispersos”.

De la desconfianza se deriva la susceptibilidad, el desconfiado está permanentemente a la defensiva, “ya no espera que lo ataquen sino que él se adelanta a ofender” y, por lo mismo, es incapaz de ejercer la autocrítica, lo que necesita es “convencerse de que los otros son inferiores a él”, nos dice el filósofo, antes de ponerse épico y lanzarnos toda su caballería: el mexicano “no admite, por lo tanto, superioridad ninguna y no conoce la veneración, el respeto y la disciplina. Es ingenioso para desvalorar al prójimo hasta el aniquilamiento. Practica la maledicencia con una crueldad de antropófago. El culto de ego es tan sanguinario como el de los antiguos aztecas; se alimenta de víctimas humanas”.

Difícil suscribir todo lo que dice el filósofo, como tampoco se puede, simplemente, descartar; del incendio que Ramos nos pinta quedan todavía algunos rescoldos.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.