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Jueves , 25.04.2019 / 07:08 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Lectura ambrosiana

Jordi Soler

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El escritor francés Pascal Quignard nos hace ver la operación prodigiosa que ejecutamos cuando leemos en voz alta, a partir de una observación que hizo, y quedó escrita en la segunda mitad del siglo I, Marcus Fabius Quintilianus. Marcus asistía asombrado a esa “procesión de las palabras que se leen cuando los labios y la garganta están pronunciando todavía las anteriores”.

La lectura en voz alta, nos dice Quignard, “consiste en el dominio de este misterioso desacuerdo entre lo que se pronuncia y lo que se percibe”. El lector, cuando lee en voz alta, está diciendo una cosa cuando ya está leyendo la siguiente, su vista va siempre por delante de su voz, y lo prodigioso de este acto es el dominio natural que tenemos de ese misterioso desacuerdo.

Leer en voz alta es un prodigio pero, en la antigüedad, los que de verdad impresionaban eran los que leían en silencio, que eran solo unos cuantos aventajados. El silencio, el no enterarse de lo que el lector leía, pero sí verlo abstraído frente a la página, era el verdadero prodigio.

Los antiguos “tenían grandes pulmones y leían tronando de un modo extraordinario”, nos cuenta Quignard en uno de sus Petits traités, para decirnos después que, a causa de que la lectura en silencio terminó imponiéndose a la lectura en voz alta, “el pecho moderno se ha vuelto estrecho”.

A finales del siglo IV Aurelius Agustinus, un joven africano de Numidia, llegó a Milán para ocupar un puesto en la cátedra de retórica y resarcir, o cuando menos esa ilusión llevaba, su carrera desastrosa que ya contaba con dos sonados fracasos, uno en Cartago y otro en Roma, para disgusto de su madre, Mónica, que se encomendaba todo el tiempo a Dios para que su hijo encontrara el camino, digámoslo así.

Milán era muy atractiva para Aurelius Agustinus, no solo porque era una ciudad importante, sino más bien por la admiración que sentía por Ambrosius, el obispo.

En el primer encuentro que tuvieron el obispo y el catedrático cada uno se hizo una idea del otro, Aurelius Agustinus salió fascinado por la inteligencia y el encanto del anfitrión, en cambio el obispo consideró que Agustinus era un muchacho rústico al que auguró, sin decírselo, otro sonoro fracaso.

La fascinación de Agustinus fue tal que mandó llevar a Milán a su hijo, a sus hermanos y a Mónica, su madre, para que fueran testigos de los encantos del obispo que ya les había contado en una carta. ¿Qué tenía el obispo Ambrosius, además de su inmenso poder, que causaba tanta admiración, no solo en Agustinus sino en todo su reino? Tenía un talento que en esa época era deslumbrante: leía en silencio.

Pascal Quignard nos ofrece, en su traité, una cita de Agustinus o Agustín el númida, que ilustra el deslumbramiento colectivo que provocaba Ambrosius, o Ambrosio, el obispo de Milán: “Mientras leía sus ojos recorrían las páginas. Solo su espíritu percibía el sentido. Su voz y su lengua reposaban. A menudo, cuando yo estaba allí —pues su puerta no estaba nunca vedada, se entraba sin ser anunciado— lo veía leer mudamente y nunca de otro modo”.

A esta lectura muda que practicaba el obispo se le llamó entonces, en su honor, lectura ambrosiana. Es curioso que esta forma de leer tuviera en esa época más prestigio que la lectura en voz alta que, como decíamos al principio, requiere del prodigio de dominar el misterioso desacuerdo entre lo que se dice y lo que se está leyendo, un desacuerdo que no existe en la lectura en silencio. Y es una curiosidad todavía mayor el interés que despertaba ese acto silencioso, íntimo, del obispo, en los habitantes de Milán que, como hacía Agustín, se acercaban a contemplarlo: “Toda la parroquia acude en masa a ver al hombre-que-lee-sin-mover-los-labios”, nos dice Quignard.

El mismo Agustín, en Las confesiones, ofrece una clave, dice que el obispo “se secuestraba” frente al libro, es decir, sufría, a los ojos de sus admiradores, un rapto extático y esto ya lo situaba en el territorio de la santidad. Quizá su talento para leer en silencio era menos importante para la gente, que contemplarlo en esa suerte de éxtasis frente al libro, ¿qué importaba que fuera frente a una hoja escrita y no frente a Dios? No importaba nada porque la gente no veía tanto el libro como al hombre que, a través del éxtasis, entraba en contacto con la divinidad, lo cual es un prestigio olvidado que tendríamos que añadir hoy a los libros.

El nombre del obispo no solo sirvió para etiquetar la lectura en silencio, también fue utilizado para clasificar el estilo de canto coral, que más tarde sería absorbido por el Gregoriano: el canto Ambrosiano. De manera que Ambrosio cubrió, con su nombre, el espectro que va de la música al silencio.

Mónica, la madre de Agustín, cayó rendida ante el éxtasis público del obispo, cada día contemplaba su sesión de lectura muda y al final le regalaba un cuenco de fruta.

Con el tiempo Agustín aprendió a leer en silencio y consiguió no solo enderezar su desastrosa carrera, también encontró ese camino por el que su madre se encomendaba todo el tiempo a Dios: Aurelius Agustinus Hipponensis pasaría a la historia como san Agustín de Hipona; su madre como santa Mónica y Ambrosius como San Ambrosio.

Los que contemplaban entonces al obispo que leía en silencio no podían imaginar que ahí mismo, junto a ellos, había tres santos.

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