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Viernes , 26.04.2019 / 03:32 Hoy

Melancolía de la Resistencia

‘Inferno’

Jordi Soler

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Es verdad que una ciudad vibra siempre, mas para notarlo es preciso tener los nervios de punta”. Esta línea que escribió August Strindberg no es ni un gracejo ni una metáfora, es el producto de la híper percepción que tenía de la realidad.

Strindberg fue un famoso escritor sueco que, a finales del siglo XIX, triunfó en París con dos obras de teatro: El padre (1887) y La señorita Julia (1888). Su percepción exacerbada de la realidad lo llevaba a sostener diálogos como este, que registra él mismo en Inferno, su estremecedora autobiografía: “¿Por qué las flores, que tan bonitas son, no cantan como los pájaros?” Le preguntó un niño, y él respondió: “Cantan, claro que cantan, pero nosotros no somos capaces de oírlas”.

Strindberg tuvo mucho éxito y, sin embargo, registra por escrito este saldo amargo: “¡Veinticuatro obras teatrales guardadas en mis cajones y ni una sola es representada! ¡Otras tantas novelas y narraciones, y ninguna reedición!”. Ante este panorama, que tenía mucho de exageración, pero un efecto real en su ánimo, su mujer lo abandona y se lleva a Suecia a la hija que tenían en común, mientras Strindberg deja el teatro y las novelas para convertirse en alquimista: “Quiero fabricar oro, por la vía seca y mediante el fuego. Consigo el dinero, los hornillos de atanor, los crisoles, el fuelle, las pinzas”. En el cuartucho en el que vivía se pone a experimentar con todo tipo de sustancias, distribuye matraces y peroles entre la lumbre de los hornillos y las llamas de la chimenea; las reacciones de su alquimia doméstica lo intoxican, le dejan en las manos unas heridas abiertas que, al infectarse, le envenenan la sangre y se convierte en una especie de vampiro que va dando tumbos por las calles del barrio, hasta que una paisana suya lo reconoce y lo lleva al hospital. Strindberg veía, en los desastrosos resultados de su alquimia, la mano del maligno: “He comprado un rosario. ¿Por qué? Es bonito y el maligno teme a la cruz”, escribe en las páginas de Inferno.

Strindberg leía la realidad de una manera particular, veía señales, signos que le salían al encuentro y él los interpretaba, y después actuaba a partir de esa interpretación; el rumbo de su vida estaba marcado por esos signos que solo él veía en diversos objetos que siempre le decían algo, casi siempre malo e invariablemente de mucha trascendencia.

Un día, caminando por París, ve en una pared, pintadas con gis, las letras F y S que son, se da cuenta asombrado, las iniciales de su mujer, e inmediatamente concluye: “Aún me ama”.

Sus sesiones alquímicas, más la escritura a la que pronto regresó, le dejaban poco tiempo para la vida social, pero asistía cada tarde al bar de La closerie des lilas, a sentarse a la misma mesa, en la misma silla, con el mismo árbol a la espalda, a beberse una copa, o varias, de ajenjo; cuando su lugar estaba ocupado por otra persona consideraba aquello como la obra del maligno y regresaba, desasosegado, a su cuartucho.

Uno de sus amigos era el pintor Edvard Munch, compartía con él la aversión hacia un señor ruso, un tal Popoffsky que, según Strindberg, los odiaba a los dos por haber sido, en otro tiempo, amantes de su amante. Un día Strindberg va a casa de Munch a hablar de Popoffsky, su bestia negra: “Encontré la puerta abierta, y en el umbral un niño sentado, con un naipe en la mano. Supersticioso pero lúcido, eché una mirada a la carta. ¡Era el diez de picas! ¡En esta casa se juega sucio!”.

Unos días más tarde va caminando por la calle: “Me encuentro en el suelo dos ramitas secas, rotas por el viento. Representaban dos letras griegas, la “p” y la “y”; de ese hallazgo, aparentemente inocuo, Strindberg interpreta que se trata de la primera y la última letra de ¡Popoffsky!

Otro día la lluvia cae sobre uno de sus manuscritos, el agua emborrona las letras y deja un manchón en el que Strindberg lee la palabra “Alp”, que en alemán quiere decir “pesadilla”. Más tarde se encuentra en la calle un pedazo de papel con la palabra “garduña”, y después otro con la palabra “buitre” y ahí mismo, aterrorizado, recuerda que Popoffsky parece una garduña (un depredador semejante a la marta) y su mujer, un buitre.

Una noche Munch entra en su habitación “como un loco, temblando de pies a cabeza”, para decirle que Popoffsky ha matado a su amante y a sus dos hijos en Berlín, lo cual le daba algún sentido a esa serie de mensajes que Strindberg llevaba días interpretando.

La interpretación de la realidad que hacía Strindberg, una sobre interpretación que lo situaba cerca de la locura, nos invita a pensar en la forma en que interpretamos nosotros la realidad, siempre de acuerdo al canon común establecido, en el que dos ramitas secas son dos ramitas y no pueden ser dos letras griegas, y donde un niño con un naipe no puede simbolizar nada que nos haga huir. La realidad que percibimos está homogeneizada, vemos lo que ven todos porque, de lo contrario, corremos el riesgo de terminar en el manicomio.

Sus biógrafos presentan a Strindberg como un esquizofrénico y eso confina su creatividad interpretativa en el rincón de la enfermedad mental; aunque, en realidad, el escritor no hacía más que conducirse como nuestros ancestros, que veían a Dios en el sol, al maligno en el relámpago y su vida completa en el dibujo que formaban las tripas de un pájaro.

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