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Sábado , 20.04.2019 / 11:23 Hoy

Melancolía de la Resistencia

El gran tú

Jordi Soler

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En 1924 Hannah Arendt dejó Berlín para estudiar en la Universidad de Marburgo, quería asistir a las clases de Martin Heidegger, que era entonces la estrella de la filosofía alemana. Arendt tenía 18 años y estudiaba teología evangélica, filosofía y filología griega.

Wolfram Eilenberger nos cuenta en su libro Tiempo de magos (Taurus, 2019): “Se creaba un revuelo cuando (Heidegger) entraba en el aula con su peculiar combinación de pantalones estrechos y abrigo tan característica (medio atuendo regional, medio traje) y empezaba a hablar en voz baja, casi susurrando y con la mirada puesta en la ventana, sin papeles ni preparación apreciable, siempre penetrante y denso en su filosofar. Ese hombre era el acontecimiento que quería ser”.

Heidegger veía en la angustia, en el desasosiego que se experimenta cuando se entiende plenamente que la vida se acaba, una vía de conocimiento; la liberación, para el filósofo, era un hombre frente al abismo de su angustia, y desaconsejaba las distracciones que atenuaban la contemplación de ese abismo.

Este era el rumbo de las clases de Heidegger en Marburgo y, mientras explicaba a sus alumnos el abismo, era víctima de una distracción mayor, pues una lección tras otra iba enamorándose, ahí mismo en el salón de clase, de Hannah Arendt, la más brillante de sus alumnas.

No hay mayor distracción que el enamoramiento, se trata de un fenómeno, ¿de una dolencia?, que todo lo invade, lo cual, en el filósofo de la angustia, de la reflexión solitaria frente al abismo, era una paradoja, porque Heidegger había preservado su, digamos, soledad sin distracciones, a pesar de que estaba casado, hacía años, con otra mujer, con la que tenía dos hijos.

Hannah Arendt llegó a Marburgo a poner de cabeza la vida del filósofo alemán que, a su vez, ponía de cabeza al mundo de la filosofía.

Antes de pasar a la apasionante relación amorosa que inevitablemente tuvieron el maestro y su alumna, me gustaría señalar el lugar en el que el filósofo situaba las distracciones, no solo la del enamoramiento, que ya empezaba a carcomerlo, sino cualquier otro elemento de la esfera cultural que le impidiera la reflexión profunda. Europa vivía una oscura posguerra y había la sensación general de que todo podía acabarse en cualquier momento, por eso los que estaban enfrascados en un proyecto de largo alcance, como era el caso del filósofo, se imponían trabajar sin distracciones.

Ludwig Wittgenstein, contemporáneo de Heiddeger, escribió en una carta, en esa misma época: “En Viena puedo poner un poco en orden mis pensamientos, y aunque no merezca la pena ordenarlos, son mejores que la mera distracción”.

Anoto esto porque me parece interesante pensar en el lugar que ocupan las distracciones en el siglo XXI, basta una ojeada para concluir que lo ocupan todo; el ciudadano occidental de hoy vive absorbido por las distracciones, por el mercado del ocio cuyos productos se multiplican todos los días; somos ya una comunidad de distraídos y sería saludable preguntarnos, de vez en cuando, ¿quién nos quiere distraer?; nos quieren distraer ¿de qué? La distracción, de entrada, oculta el abismo que proponía Heidegger como vía de conocimiento.

Pero volvamos al enamoramiento del filósofo. En una de las cartas que le escribió a Arendt, confiesa: “Nunca me ha ocurrido algo así”; “lo demoníaco me ha atrapado”. Y en otra le decía: “El hecho de que la presencia del otro irrumpa una vez en nuestra vida es aquello que ningún ánimo supera”. Es curioso, y sintomático, como al filósofo, profundamente enamorado de su alumna, lo que le preocupaba era no poder superar aquello, cuando lo que quiere normalmente cualquier enamorado estándar es, lejos de superarlo, hundirse completamente en el enamoramiento. En otra carta Heidegger identifica, de manera muy gráfica, lo que le está pasando: “Me ha sucedido algo nuevo, un gran tú dentro de mí, en mi propio ser”. Ese gran tú era una verdadera catástrofe para el filósofo que reflexionaba, en absoluta soledad, frente al abismo de su angustia.

Hannah Arendt también se enamoró de Heidegger y, a pesar de los tecnicismos que su amante le comunicaba permanentemente por escrito, sostuvieron una tórrida relación clandestina, se veían en posadas y hoteluchos fuera de la ciudad y para ponerse de acuerdo se hacían señales con un espejo por la ventana, y anotaban con gis, en una banca específica del campus, los datos de la próxima cita. El enamoramiento mutuo les llegó la primera vez que hablaron, en una sesión de asesoría, en el otoño de 1924 y, a partir de entonces sostuvieron esa relación que duró hasta el verano de 1926, cuando Arendt dejó Marburgo para ir a hacer su tesis doctoral a Heidelberg con Karl Jaspers, otra estrella de la filosofía.

Entre los tecnicismos que exponía Heidegger estaba el de que nunca se poseerían el uno al otro, de la forma en que lo haría un matrimonio burgués y Arendt, antes de marcharse, le agradeció, también por escrito, ese amor que la hacía sentir que “había salido por fin como de una cueva a la luz del día”, pero dudaba de que con ese enamoramiento pudiera encontrarse a sí misma, un reparo que se parecía al de Heidegger; a los dos, en el fondo, les molestaba ese gran tú que se les había metido dentro y que es precisamente la esencia, y el encanto, del amor.

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