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Jueves , 25.04.2019 / 06:48 Hoy

Melancolía de la Resistencia

El año de Blade Runner

Jordi Soler

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Ya estamos en el año de Blade Runner y ni las ciudades, ni la sociedad occidental, se parecen a lo que nos contaba Ridley Scott en su película, en 1982, que estaba basada en una historia que Philip K. Dick escribió en 1968.

Blade Runner nos presenta la ciudad de Los Ángeles, en el año 2019, cruzada de lado a lado por automóviles voladores y con una población de androides que conviven e interaccionan con los humanos. Antes, en 1968, Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick habían calculado, en 2001: A Space Odyssey, que al principio de este siglo los viajes por el espacio serían una cosa habitual.

Pero lo cierto es que lejos de haber vuelos interplanetarios lo que tenemos en el siglo XXI es el mismo cansino avión del siglo XX, casi el mismo aparato que se usaba en 1968, y en lugar de los automóviles voladores de Blade Runner, seguimos atados a la tierra con nuestros coches tóxicos.

Sobre el transporte del futuro George Langelaan propuso, en 1957, que nuestro cuerpo podría ser teletransportado, podría encerrarse en una cabina en Berlín y aterrizar, diez segundos más tarde, en una cabina en Nueva York; esta teoría fue el eje argumental de su famoso cuento La mosca, que Kurt Neumann (1958) y David Cronenberg (1986) llevaron al cine.

También la serie de televisión El túnel del tiempo (1966-67) proponía una máquina teletransportadora, más sofisticada que la de Langelaan, que era capaz de llevar a dos viajeros, con camisas ajustadas y pantalones de Terlenka, pruebas rigurosas de su época, al tiempo de los romanos o de los mamuts, por el sencillo procedimiento de caminar dentro de un túnel de diseño psicodélico.

Pensando en todos estos pronósticos fallidos regresé a un ensayo que escribió Jacques Attali en 1990 (Lignes d’horizon, que en español se tradujo como Milenio), con su propio pronóstico del futuro. El siglo XXI, nos dice ahí, será el de los objetos nómadas, “ligeros, sin lazos, llevados por cada individuo”, muy distintos a los grandes objetos, estáticos y enchufados a la pared, que poblaban el siglo XX y que Attali veía ya en declive porque pensaba que esos objetos nómadas iban a convertirnos en una sociedad en constante movimiento, sin ataduras, sin pesadas posesiones materiales. Los objetos nómadas, escribió Attali, transformarán “el modo de vida del siglo XXI más radicalmente aún que el automóvil y la televisión han trastornado el de nuestro siglo”.

La transformación es incuestionable, pero también lo es la permanencia de nuestras pesadas posesiones materiales; el automóvil y la televisión, lejos de estar en proceso de extinción, siguen siendo parte fundamental de nuestra vida, la televisión no ha parado de crecer, de ganar espacio en la casa, igual que los refrigeradores, que han ganado corpulencia y las lavadoras, que ya llevan encima una secadora.

Dentro de los objetos nómadas Attali veía la expansión de los microprocesadores: “Cada uno de nosotros llevara en la muñeca un aparato que registrará permanentemente el estado de su corazón, su tensión arterial, su nivel de colesterol, etcétera”. También calculaba que, igual que en el siglo XX había dientes, válvulas y caderas artificiales, en el XXI tendríamos órganos artificiales, estómagos, pulmones, riñones, corazones, listos para sustituir un órgano original averiado.

“Las diferencias entre la educación y el juego se difuminarán”, escribió Attali en su ensayo, y vislumbró que gracias a unas pequeñas pantallas estaríamos informados, cada minuto, del acontecer mundial, y además imaginó un aparato de nombre “walkman-video”, que al principio pertenecería a la esfera del ocio pero muy pronto se convertiría “en un instrumento de autoformación”, que sería parte indisociable de nuestra cotidianidad; este instrumento, escribió Attali, “pronto se fusionará con el ordenador personal, y se insertará en él indistintamente película o disquete para informarse o aprender. Se conservarán bibliotecas enteras en video-ordenadores portátiles que se podrán consultar sobre la marcha”.

Este aparato que imaginaba el escritor hace casi 30 años podría ser un teléfono móvil, que contiene “bibliotecas enteras”, “películas” y fuentes inagotables de información que, por cierto, nadie tiene que insertar, la información es hoy intangible y cae directamente a la pantalla sin la intermediación de un disquete. La imaginación de Attali, que en aquellos años parecía desbordada, ha sido ampliamente superada por la realidad.

Curiosamente Attali no veía este aparato maravilloso, lleno de información y diversión, como un teléfono, sino como un reloj-brazalete en el que podía, eso sí, insertarse una tarjeta telefónica para hacer llamadas. También imaginó una suerte de WhatsApp: “el telefax pronto se reducirá a una tarjeta de memoria personal insertable en todo aparato de ocasión para recibir correo a su nombre, sin comunicar la dirección, donde quiera que esté”. Esta tarjeta de memoria, calculaba Attali, sería nuestra prótesis principal, “una especie de órgano artificial, a la vez carnet de identidad, talonario de cheques, teléfono, telefax, pasaporte”, que es aproximadamente lo que llevamos hoy, no en el reloj-brazalete que él proponía, sino en el teléfono.

El futuro, ya se sabe, es impredecible, lo más que podemos hacer es intuirlo, en una novela, en una película o en una bola de cristal.

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