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Jueves , 18.04.2019 / 11:22 Hoy

Melancolía de la Resistencia

De la oscuridad a la negrura

Jordi Soler

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Ese lugar desde donde los gobernantes operan sin la fiscalización de nadie, la zona oscura, ha ido cambiando de naturaleza a lo largo de la historia. El gobernante del siglo XXI tiene una exposición poliédrica, la inmediatez con que informan hoy los medios de comunicación, más el permanente marcaje personal que les impone Twitter, y otras redes sociales, ha transformado no solo la manera de gobernar, también la forma de ocultarse.

Pensemos en el gobernante de una comunidad en la baja Edad Media, en un rey, por ejemplo, que gestionaba sus asuntos verdaderamente desde la oscuridad; el pueblo lo veía muy poco, no salía a caminar por la calle, no daba discursos públicos ni su imagen era difundida por ningún medio, con lo cual puede pensarse que había gente que ni siquiera sabía cómo era físicamente el rey que los gobernaba y al que le pagaban los impuestos que recababa alguno de sus ministros. Quizá algunos ciudadanos sí que habrían visto las características físicas del rostro del rey en algún retrato al óleo, en algún dibujo satírico en la taberna o el burdel, con todas las imprecisiones que suponen estos retratos, ¿el rey era alto o bajo?, ¿seguía conservando su aspecto juvenil?, ¿de qué forma se relacionaba con la reina, con el príncipe, con los miembros de su gobierno?

El rey se movía en la oscuridad, incluso frente a sus ministros; cuentan que Felipe IV, El Hermoso, rey de Francia de la dinastía de los Capeto, recibía a los funcionarios de su gobierno en el baño, desnudo, despojado de esa vestimenta que ponía de relieve su importancia; y lo hacía para allanar las diferencias entre él y sus subordinados, que también iban sin ropa, con la idea de hablar francamente, literalmente a calzón quitado, sin esa oscuridad que lo convertía en un ser opaco. No estoy seguro de que un rey deje de serlo por estar desnudo, en todo caso le basta vestirse para recuperar su estatus.

Es probable que el único acto público del rey que podía atestiguar un ciudadano de entonces era verlo salir de su palacio montando a caballo y contemplar cómo se iba alejando, rodeado por su guardia personal, rumbo a nadie sabía dónde. Digamos que ese era el único momento en el que el pueblo veía a su rey, en el que el ciudadano comprobaba que, efectivamente, había alguien al mando y, el rey, que no daba discursos ni salía a andar por la calle, era un gobernante que tenía una sola obligación pública: montar de manera majestuosa su caballo. El rey era eso, un jinete magnífico, el más elegante de todos, que cruzaba de vez en cuando los portones del palacio. De ese hombre a caballo nadie sabía si era medianamente inteligente, ni si era capaz de articular un discurso, o si era buena persona o un imbécil, o un desalmado, nadie sabía nada y el rey gobernaba, si es que no lo hacían su mujer o su cuñado, desde la más completa oscuridad. Esa oscuridad era su poder.

Cuando aquel gobernante moría, nunca se sabía bien de qué, era remplazado por el que viniera detrás en la línea de sucesión, otro rey oscuro al que su pueblo vería, de vez en cuando, montando a caballo.

Al gobernante del siglo XXI montar bien a caballo le sirve de poco, vive permanentemente observado por el pueblo, la ciudadanía lo ve todo el tiempo desde diversos ángulos, lo oye declarar, sobre temas diversos, varias veces al día, en distintas plataformas y es testigo del trote que para ejercitarse hace el gobernante cada mañana, y de la forma en que agarra el bolígrafo cuando firma un documento y del ángulo en el que inclina la cabeza cuando le da la mordida a un taco que le ofrecen en la feria alimentaria de cierta región del país. Este gobernante, a diferencia del rey medieval, vive expuesto, la ciudadanía lo conoce de los pies a la cabeza, sabe qué zapatos usa y si se peina con gomina, y cada día de su mandato tiene que hacer un montón de actos, de gestos, de cara a su pueblo.

Se habla mucho de la era de la transparencia, de la manera en que las nuevas tecnologías sirven para vigilar los movimientos del gobernante que supuestamente tiene, comparado con el del rey medieval, mucho menos margen para actuar a la sombra, en secreto, de espaldas al pueblo y, sin embargo, continuamente vemos en casi cualquier democracia de Occidente, que esa transparencia no evita, como nos demuestran todos los días los periódicos, las maniobras que los gobernantes siguen haciendo en la oscuridad.

Nadie veía lo que hacía aquel rey medieval, aprovechaba la oscuridad para hacer cosas que su pueblo, de haberlo sabido, se las habría reprochado. En el siglo XXI la oscuridad no se debe a la evanescencia del gobernante, no tiene que ver con la falta de luz sino con la negrura que genera el exceso de información, el ruido mediático, la tormenta de tuits, ese escándalo que funciona como el elemento de distracción de la magia, que permite que el mago nos despiste con un movimiento de la mano mientras con la otra nos saca una moneda de la oreja.

¿Vivimos en la era de la transparencia? A veces parece que la transparencia es una de las formas de la oscuridad, los gobernantes han perdido aquella zona oscura pero han ganado otra que, bien gestionada, provee una confortable negrura, como aquella desde la que gobernaba nuestro rey medieval. Esa oscuridad sigue siendo su poder. Esa negrura.

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