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Domingo , 21.04.2019 / 11:05 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Asombrosos poderes de observación

Jordi Soler

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Algunos son conscientes sólo a medias de lo que ocurre a su alrededor”, escribe John Burroughs en uno de sus ensayos. La advertencia de este naturalista, pensador e incansable caminante del siglo XIX, me recordó un verso de la canción “Nobody Home”, de Pink Floyd: I’ve got amazing powers of observation (tengo asombrosos poderes de observación).

Quien tiene esos asombrosos poderes es absolutamente consciente de lo que ocurre a su alrededor, escapa del grupo de esos “algunos” que señala Burroughs y está preparado para el descubrimiento y el asombro.

Podría pensarse que en la segunda mitad del siglo XIX la gente tenía menos distracciones que nosotros, los habitantes de las ciudades del siglo XXI, y que entonces era menos complicado ser plenamente consciente de lo que sucedía a nuestro alrededor; pero sucede que el nivel de atención que practicaba Burroughs podía aplicarse igual en medio del bosque que en una concurrida avenida de Manhattan, porque él se concentraba en lo esencial, en el palpitar de la vida. En una corriente de aire, por ejemplo, era capaz de distinguir, aunque quizá deberíamos decir de deshilvanar, diversos olores; en el campo o en la ciudad le interesaba si las plantas trepadoras, como las enredaderas, subían por el tronco, por el palo o por el poste, de derecha a izquierda o al contrario, y observaba su alrededor con tanta concentración que acabó descubriendo que, en la mayoría de los casos, las enredaderas, los remolinos y los torbellinos, se mueven en la dirección contraria de las manecillas del reloj. Las enredaderas lo hacen mucho más lentamente que los torbellinos, pero más rápido que el tronco de los árboles que también se va moviendo, o más bien retorciendo sobre sí mismo, como un lentísimo remolino, hacia un lado si es de madera blanda y hacía el otro si es de madera dura. El panorama que, a partir de sus observaciones, presenta Burroughs, nos pone ante una flora que está permanentemente moviéndose en círculos, como lo hace nuestro planeta y el sistema, y sus réplicas infinitas, que lo contiene.

John Burroughs (1837-1921) fue uno de los grandes escritores naturalistas de su época; después de trabajar en el Departamento del Tesoro de Estados Unidos se refugió en una cabaña en las montañas de Catskill al noreste del país, y ahí, igual que lo hizo en Walden su contemporáneo Henry David Thoreau, expandió sus asombrosos poderes de observación y escribió un montón de libros que en su época fueron muy famosos. Su cabaña estaba en esa zona irradiada por Nueva York y Boston en la que, durante el siglo XIX, la inteligencia estadunidense perfiló la filosofía —¿la mitología?— que sirvió de motor y de combustible emocional para el espectacular crecimiento y desarrollo de aquel país.

John Burroughs era amigo íntimo del poeta Walt Whitman, y frecuentaba a Emerson, a Henry Ford, a Thomas Carlyle, al presidente Roosevelt y además protagonizó unas famosas juergas con Oscar Wilde. Este escritor, que caminaba y observaba con verdadera tenacidad, participó activamente en esa época en la que el mundo occidental empezaba a definir sus parámetros, sus límites y sus prioridades; vivió en ese tiempo en el que nuestra civilización podía haber tomado otro rumbo más armónico con la naturaleza y sus criaturas, y menos concentrado en el progreso y sus réditos que todo lo depredan.

“Si estás ocupado con tus propios pensamientos, puedes cruzar un gabinete de curiosidades sin ver nada”; escribió Burroughs en otro de sus ensayos, en la misma línea que esa legión de sabios, mayoritariamente orientales, que recomiendan entrar en la naturaleza con los sentidos abiertos y la cabeza vacía, sin ideas preconcebidas que enturbien la experiencia. También opinaba que “la percepción de los escolares debería entrenarse tanto como sus capacidades de reflexión y memoria”, y proponía el entrenamiento que, en esa época, recibían los detectives: un superior los enviaba a caminar por la ciudad, siguiendo una ruta específica y luego les preguntaba por detalles que había en los aparadores, o por las características de un edificio, de un puente, de un buzón. Sobre este entrenamiento para fortalecer la capacidad de observación, Burroughs daba esta idea: “un muchacho que construye un barco obtiene algo que ni todos los libros del mundo pueden darle. Lo concreto, lo evidente, la disciplina de lo verdadero”.

Quien entrena su poder de observación contemplando, por ejemplo, la dirección en la que se enredan los tallos de la glicinia en el tronco de un árbol, se enfrenta precisamente con eso, con lo concreto, con lo evidente, con la disciplina de lo verdadero porque, pensándolo bien, no hay verdad más sólida que la de esos círculos que permanentemente ejecuta la flora y el sistema que la contiene.

Las cuatro materias del Quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música) con el que se instruía a los jóvenes que estudiaban en la Edad Media, estaban basadas, como casi todo en nuestra vida, en la observación profunda y en la aplicación sistemática de esa observación.

Hay que salir a observarlo todo, no una cosa específica, porque si no al buscar eso se pierde uno de lo otro; el gran observador, el que posee asombrosos poderes de observación, es el que encuentra lo que no estaba buscando.

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