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Martes , 17.07.2018 / 11:56 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Agorafobia

Jordi Soler

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Dentro de ese curioso interrogatorio al que fue sometido Mark Zuckerberg, en el Congreso de Estados Unidos, un senador le preguntó: “¿Se sentiría cómodo compartiendo con nosotros el hotel en el que se hospedó anoche?” Después de un largo silencio, que rellenó con un vistoso juego de carantoñas, Zuckerberg respondió que no.

Lo que el senador buscaba era precisamente eso, que el dueño de Facebook se negara a revelar su información personal, cuando su compañía revela alegremente, y sin autorización, la información de su clientela. Zuckerberg no quiso revelar el hotel donde se había hospedado, pero la mayoría de los usuarios de Facebook, en esa misma situación, lo hubieran revelado antes de que se los preguntara el senador; hubieran colgado en su cuenta la foto del hotel, los botellines bebidos del minibar y hasta un sentido selfie en la ventana con Washington D.C. de fondo. Porque Facebook es precisamente para eso, para compartir el hotel en el que nos hospedamos anoche.

¿Por qué Zuckerberg no publica en su cuenta de Facebook el hotel donde se hospeda?, sus razones tendrá, pero el caso recuerda al del dueño de un viñedo en California, que en su casa bebe solo vino francés.

Facebook, o Twitter, o la mensajería de Whatsapp son la arena virtual que empieza a sustituir a la plaza pública, al espacio físico en el que, en el lejano siglo XX, se ponían de acuerdo las personas, conversaban, conspiraban y se manoseaban de cuerpo presente. Nadie llega con su cuerpo a la nueva plaza pública, los cuerpos y su contexto material están excluidos de estas arenas virtuales.

La dimensión física de la comunicación que planteaba Aristóteles resulta hoy inverosímil; decía el filósofo que para que un mensaje no se trastocara al difundirse, la escala ideal era un hombre, subido en una tarima, lanzando su mensaje en medio de una plaza pública ocupada por los habitantes de esa comunidad. La idea era que el mensaje llegara hasta el último rincón de la plaza, porque más allá, donde la voz no se escuchaba claramente, ya no llegaba el mensaje sino su interpretación. Para entender de primera mano lo que decía el hombre de la tarima había que estar cerca de él. Hoy quién lanza un mensaje en la plaza pública se expone a la irrelevancia, a menos que retransmita su filípica en una arena virtual.

Un vecino de la colonia Roma está más cerca del australiano con el que juega a distancia un partido en la PlayStation, o de su primo que está en Berlín y le habla por Skype, que de su propio vecino; y además le queda más a mano la última hora en Nueva York o en Bombay, a la que accede sin levantarse de su silla, que la cocina o el baño de su propia casa. Para este vecino de la Roma, que se parece a cualquiera de nosotros, se han subvertido las distancias, le queda cerca lo que está lejos y su vecino, y no digamos ya la plaza pública, están a una distancia sideral.

El ciudadano se repliega en su habitación, frente a la pantalla y ahí publica sus ideas, debate, hace amigos y los pierde, liga y quizá hasta se hace de una novia y, mientras se desplaza por esa arena virtual que tiene el tamaño de un planeta, ordena sushi o una pizza y, mientras tanto, en la plaza pública no conviven más que los viejos que se quedaron desenchufados en el mundo físico. Los replegados viven en una suerte de agorafobia porque saben que todo lo que les interesa sucede en una pantalla, viven atrapados en el FOMO, ese palabro que se usa en el mundo en inglés y que es el acrónimo de la sentencia Fear Of Missing Out, miedo a perderse de algo que esté sucediendo en esa lejanía que nos queda cada vez más cerca.

En el siglo XXI lo real reside en la pantalla, y esa realidad la percibimos con los ojos y con los oídos, con los sentidos que no permiten demasiada cercanía, quedan fuera el tacto, el gusto y el olfato, que son los sentidos que se comprometen con la materia, con los que tocamos, probamos y olemos en la plaza pública, pero no en la arena virtual que está reservada para los sentidos que no se comprometen con la materia, que no se ensucian con los detritus de las cosas vivas.

¿Y cuál es el problema de vivir replegados en la arena virtual, en la agorafobia o en el FOMO? Ninguno, así es como se vive en el siglo XXI y la arena virtual promete expandirse todavía más en el futuro cercano, cuando en la plaza pública ya no queden ni siquiera los viejos desenchufados.

Quizá, pensando en el caso de Facebook con el que empezaron estas líneas, sí que hay un problema en la arena virtual: a la plaza pública todos vamos con el cuerpo y así resulta más fácil identificar al enemigo.

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