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Domingo , 21.04.2019 / 11:30 Hoy

Crónicas urbanas

La banda de la Tabacalera

Humberto Ríos Navarrete

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El runrún empezó a chicotear por calles de la colonia Tabacalera y llegó a oídos de mujeres transgénero, entre ellas Rarotonga, de anatomía similar al personaje de una popular historieta, cuya breve cintura la hacía más espectacular sobre sus zapatos de plataforma, pues realzaban sus caderas, y aún así, con esa anatomía, sintió miedo esa madrugada, cuando supo que sus compañeras de oficio habían sido atracadas por una banda de ocho, armados de cuchillos y pistolas. No era la primera vez.

Por enésima ocasión sucedía un asalto colectivo contra mujeres trans, quienes ofrecen sus servicios en la zona, así como a prostitutas que trabajan de madrugada. El área es aledaña al Parque Tabacalera, cerca del hotel Oxford, y forma una manzana que abarca parte del eje vial Guerrero, el Museo Nacional de San Carlos y el Monumento de la Revolución, un espacio iluminado desde que fue reabierto el Frontón de Jaialai.

La franja es enmarcada por un circuito de hoteles, cuyo interior no solo sirve para encuentros sexuales, si no que han asesinado prostitutas. Son crímenes sin resolver. Uno de los símbolos macabros es el de una mujer transgénero, Paola, ocurrido la madrugada del 30 de septiembre de 2016 sobre la avenida Puente de Alvarado, colonia Buenavista, no muy lejos de la sede de la alcaldía de Cuauhtémoc. Paola fue asesinada en un auto.

Segundos después, compañeras suyas corrieron hacia el lugar de donde procedían los gritos, pero ya era tarde para brindarle ayuda, pues segundos antes también escucharon disparos; al lado de la víctima, tras el volante, estaba el presunto autor, pistola en mano, pero negaba haber cometido el asesinato. Al día siguiente hubo una protesta con el cuerpo de la difunta en un féretro abierto mientras pedían justicia. El presunto quedó libre.

Del otro lado de la avenida, los atracadores salen de una vecindad para cometer asaltos, agredirlas y humillarlas. Lo aseguran algunas de las víctimas, quienes salpican su indignación con buen humor, aunque puede ser por efecto del nerviosismo, como sucedió la medianoche de un jueves, después de que fueron cercadas por ocho individuos, la mayoría armados de cuchillos; solo uno de ellos traía arma de fuego. Las desplumaron.



***

Es una especie de triángulo formado por Avenida de los Insurgentes, Paseo de la Reforma y Puente de Alvarado. En una de sus calles fueron filmadas escenas de la película Roma, ahora en boga. Pero ni así la Tabacalera ha dejado de ser insegura, ni porque nuevos faroles iluminan sus principales calles, donde tienen su guarida los que atemorizan a mujeres trans y prostitutas, algunas de origen centroamericano.

Hace una semana sintieron una vez más el manoseo, el despojo y la humillación. “Nos roban dinero, celulares, o sea, nos despelucan”, comenta una trans, cuyas plataformas parecen hacerla competir con los postes. “Traen navajas, picos y pistolas”, asegura una de voz con acento costeño. “Dicen que a una chica de allá arriba le dieron un balazo en el pie”.

—¿Y qué más les hacen?

— A las que traen pelucas pues las despelucan. Hasta las plataformas nos quitan. De hecho acaban de asaltar a las chicas de allá abajo —dice Rarotonga, amulatada y cintura de avispa, que parece agigantarse con sus plataformas que rebasan su 1.75 de estatura.

—¿Y tú cuánto mides?

—Yo, 1.51; soy niña —dice y sonríe la de piel blanca, ceñido el pantalón de mezclilla, pelo negro alaciado, labios carmesí, mientras las demás se carcajean—. No, yo mido 1.70.

La de mayor edad, delgada, busca la sombra del árbol y dibuja una sonrisa tímida que agrieta sus comisuras por el excesivo maquillaje.

—Allá, en la otra esquina, también se paran chicas de Honduras y Guatemala —revela Rarotonga.



***

—¿Y a qué horas fue?

—Hace 40 minutos —dice La Acapulqueña.

—Yo estaba aquí, pero me moví —responde una trans muy alta y voz de barítono—, pero aparecieron de este lado.

—A mi hermana la jalonearon y le pegaron —agrega La Acapulqueña, una de las dos trabajadoras sexuales de piel canela, baja estatura, pelo rizado, mezclilla entallada.

Todas hablan al mismo tiempo y produce boruca, hasta que se impone una trans, de alta figura y anatomía torneada, cuyas plataformas la hacen elevarse casi dos metros:

—No es como que vengan y le digan a uno: “Dame todo lo que trabajaste”; pero nomás ponen un pico, arrancan el bolso y le revisan todo; y si uno no les quiere dar, pues le pegan.

—Las manosean.

—¡Nos meten las manos! —gritan.

Se impone la voz de La Acapulqueña.

—¡A mí me metió la mano por acá, casi me desnuda el tipo!

—Y qué es lo que dicen los patrulleros.

—Ay, nada, no dicen nada. Se suben para arriba y usshh.

—¿Ya denunciaron?

—Creo que eso nunca procede —supone La Acapulqueña.

—Pero se encuentra aquí cerca la alcaldia.

—Sí, pero se lleva tiempo y no hacen nada; por más que uno denuncie no hacen nada.

—Yo salí corriendo para ashiá. Ay, también te hubiera tocado. La otra vez uno casi me arranca el hombro; ay, no.

Todas quieren hablar al mismo tiempo y coinciden en que en esa esquina de Ignacio Mariscal hay una cámara de video, por si la autoridad tiene interés de seguir la pista.

—¿Y cuánto les robaron?

—Mil y mi celular.

—A mí, mil 500 y todas mis cosas carísimas de París —dice La Acapulqueña mientras sonríe

—Tu bolsa, tu bolsa...

—Sí, y mil 500 y me jalaron de los cabellos.

—Yo fumaba un cigarrillo y lo aventé en la jardinera, alcé las manos y le dije a uno: “No traigo nada, no traigo nada”, y él me dijo: “Sí traes, sí traes más”. Y yo le dije: “Si ya me quitaste el bolso”. Y a mi hermana le quitaron la chamarra, imagínate, ahorita con este frío —dice La Acapulqueña, pero su hermana, muy parecida a ella, guarda mutismo.

Son las primeras horas de la madrugada. Algunas patrullas rondan en forma continua; por momentos encienden las sirenas o hacen girar las luces; en especial sobre Puente de Alvarado, donde a veces se estacionan.

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