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Martes , 19.02.2019 / 12:42 Hoy

Crónicas urbanas

Emergencia en el vagón M2025

Humberto Ríos Navarrete

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La crisis en el abasto de gasolina también tuvo secuelas en el Metro, sobre todo en las líneas 1, 3, 7, 9 y B, donde hubo un inusitado aforo de usuarios, según reporte del Sistema de Transporte Colectivo, y fue horas después, entre apreturas, desesperación y gritos cuando rateros aprovecharon la situación para dejar sin teléfono a un joven de nacionalidad argentina en la estación Insurgentes, donde suplicaba la devolución.

Tarde del miércoles.

El tren dejó de avanzar.

Y el hombre se angustiaba.

Poco antes...

Los andenes estaban atiborrados y los trenes llegaban repletos. Escasos pasajeros bajaban, y lo hacían entre empujones, similar a los que entraban. Algo semejante sucedía en otras estaciones y líneas.

En una de esas, un joven, con mochila a la espalda, se abrió paso, acompañado de una muchacha, sin haber esperado su turno, y comenzó a mirar hacia los lados.

—Me robaron mi móvil. No diré nada si me lo entregan. Por favor —repetía, mientras alguien bajaba la palanca de emergencia.

—Por favor, entreguen el teléfono de mi amigo —pidió, desesperada, su acompañante
mexicana.

Los que estaban cerca se miraban entre sí y otros entornaban los ojos o paraban la oreja; algunos sesgaban el rostro y pocos mostraban enfado. De pronto, la pausa fue sustituida por un murmullo.

Luego, la víctima aseguró que entre la masa compacta estaba el ladrón y prometió no denunciarlo. Está comprobado, sin embargo, que muchos delincuentes tiene cómplices y, veloces, cambian lo robado a otras manos.

Entonces un pasajero le pidió su número telefónico para marcarle, pero nada. Entró un policía e hizo lo mismo. Tampoco.

El argentino juraría más tarde que ahí estaba quien le había quitado su teléfono. Incluso mencionaría el color de la chamarra

del sospechoso:

—Traía una campera verde.

Pero ya era tarde.

—¿Y si no era él?

—...

Sucedió en el vagón M2025.



***

Murmullos y voces.

—Fue un muchacho de atrás.

—Que registren a todos.

—Que alguien llame.

—No quiero que se culpe a nadie.

—Márcale...

Para entonces ya había un policía en la puerta del atiborrado vagón. El de uniforme intentaba averiguar, pero era imposible; además, por más que estirara el cuello, su baja estatura se lo impedía.

—Caballeros, por favor, hay que regresarlo para que avance el Metro —pidió.

—Yo viajo esta noche y ya tengo todo, solo que me falta mi teléfono —secundó el turista.

—Por favor, no sean mala onda, tírenlo en el suelo —pidió su amiga que movía la cabeza en busca de una señal.

—Tírenlo al piso, aunque sea —remachó el joven—. No quiero culpar a nadie, pero eran las personas que estaban atrás mío.

El policía giró a su izquierda e increpó al primero que vio, también de baja estatura:

—Usted, dónde subió.

—En Observatorio.

—Vente para acá —lo conminó y le hizo señas, pero el aludido se aferró a su espacio, arrinconado por la masa, y frunció el ceño.

El guardia desistió. Quizá buscaba un chivo expiatorio para poner punto final a la emergencia. En la otra vía, mientras tanto, descendían y subían pasajeros. El murmullo fue roto por una súplica más de la acompañante.

Parecía musitar solo para ella:

—Por favor, el teléfono está roto.

El bisbiseo se prolongó.

—Ya vámonos —susurró una pasajera.

—Mire oficial que lo necesito, hoy voy a viajar.

—A ver chécale —apuró el poli—, porque no puede estar así el Metro.

—¿Está sonando? —preguntó la amiga.

—No, porque está en silencio —insistió su amigo y agregó—, pero la verdad no quiero culpar a nadie.

Se cerraron las puertas y el tren aceleró. Solo hubo murmullos entre las estaciones Insurgentes y Cuauhtémoc. Al llegar a esta a última el policía le pidió el número telefónico. El joven, mochila a la espalda.

—No entra —dijo el poli—, pero no puedo bajar a todos los pasajeros, ni revisarlos. Si estaba atrás tuyo, entonces se quedó
en Insurgentes.

—Si llego a Argentina, cómo me voy a comunicar con mis familiares. Era la persona que estaba atrás mío, y nadie que iba atrás mío se bajó.

—Me voy a bajar; nada más tengo que hacer el reporte… —comentó el policía en la estación Balderas.

En Salto del Agua descendió la pareja; a él ya no se le notaba el mismo rictus de congoja, más bien se le dibujaba una sonrisa nerviosa.



***

En el andén de Salto del Agua el reportero se presentó como tal y le preguntó por su nombre. “Gabriel, Gabriel Cruz”, respondió.

Eran aproximadamente las 18:30. Dijo que estuvo 20 días en México y que esa medianoche, miércoles 9, viajaría a la capital de su país, de donde partiría a Entre Río, su ciudad natal.

—¿Qué tanto de valor traías en el teléfono?

—La foto de mi novia y los recuerdos de viaje, porque es la primera vez que vengo a México. No me queda ni un recuerdo.

—¿En Argentina hay este tipo de problemas?

—También; no en la zona donde vivo, pero en la capital sí hay muchos robos. Los lugares que visité en México me parecieron tranquilos... Yo siempre estoy atento a esas cosas —suspiró—, pero esta vez me descuidé. Llevaba el teléfono en el bolsillo trasero.

—Y sospechaste de alguien.

—Sí, el de la campera marrón.

—¿Y estaba ahí?

—Sí, pero yo no podía obligarlo. Él me manoseo. Pero estaba tan apretado que no
podía moverme.

Ese día, miércoles 9, autoridades del @MetroCDMX twittearon el #AvisoMetro: “Se presenta gran cantidad de personas en #L1, #L3, #L7, #L9 y #LB, se coordina el envío de trenes vacíos a estaciones más concurridas. Toma precauciones”.

“Allí el metrochicol es con los carteristas”, coincidiría en Facebook Francisco de la Gr —luego de ver la fotografía de una multitud que se agolpa—, pues en el subterráneo son frecuentes los hurtos.



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