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Domingo , 21.04.2019 / 16:39 Hoy

Crónicas urbanas

“El alcohólico es un huracán rugiente”

Humberto Ríos Navarrete

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El Chino entremezcla el caló del barrio, usado en sus parloteos para redimir descarriados y relatar a los amigos; lo hace mientras recuerda el día que El Paranoico le metió tres disparos con una .38 Súper y le deshizo el dedo gordo del pie derecho, le atravesó la pierna y le rozó un testículo, que al paso del tiempo quedó como una ciruela pasa.

Sucedió después de que le rompiera una caguama al Paranoico, quien una vez más había llegado con la intención de talonearlo; pero en esa ocasión, sin paciencia para soportarlo, El Chino, de 21 años, le respondió con un botellazo en la mollera; por eso El Paranoico, humillado, regresó por la revancha y lo desmadejó todito.

Pero antes...

—Me gusta pagar con billete grande y vengo por el cambio— advirtió El Paranoico, al mismo tiempo que le disparaba a bocajarro.

El Chino lanzó algunos puñetazos, por mero instinto de supervivencia; sin embargo, muy pronto sintió como brasas y pellizcos en las tres heridas y cayó en el piso. Llegó una ambulancia y fue hospitalizado. Su madre lo bañaba y curaba las heridas mientras él insistía en la venganza. Ella intentaba apaciguarlo. Imposible.

Pasaron cuatro meses. Lo primero que hizo al salir de las curaciones, relata El Chino, fue lavar su honor, no obstante las súplicas de la madre; entonces se fajó un fogón de nueve milímetros y fue en busca del Paranoico, a quien dejaría con pasos asimétricos, luego de utilizar el potente calibre para agujerearle el peroné y la rótula.

Pasaron los días. Llegó el momento en que El Paranoico, malandrín que aterrorizaba en la CTM Culhuacán, fue aprehendido, pues ya debía muchas, y estuvo guardado algunos años en chirola.

Un día, cuando su enemigo dejó la cárcel, El Chino, ya en las filas de Alcohólicos Anónimos, escuchó un susurro en una esquina del barrio:

—¡Aguas porque ya salió El Paranoico!

Y que se topan.

—¡Qué pasó, qué bueno que saliste!— le dijo El Chino, a manera de bienvenida; el recién desempacado, que parecía no creer lo que veía, lo observó sorprendido.

—Te veo muy diferente, Chino.

—Estoy en Alcohólicos Anónimos.

Y El Chino lo hizo su ahijado.



***

“Mucha gente vive en las tinieblas y no sabe”, revela El Chino —de 38 años de edad, con 15 en AA— y estira el cuello, mueve la cabeza hacia atrás y mira con los párpados un tanto caídos.

—¿Por qué?

—Porque te dicen: “sí, vivo a toda madre”. Y entonces tú piensas: “Pues avísale a tu cara porque te ves del averno”.

—¿Y por qué lo dicen?

—Mira: la espina medular es por qué llegaste a Alcohólicos Anónimos, pero son pocos los que se abren en canal.

—¿Por qué crees?

—No te dicen que te hiciste alcohólico porque te violaron, te maltrataron... Y entonces vas a que te adopte otra gente y te hunde. Esa gente no es positiva, porque le pides un consejo y te dice: “chíngate una cuba, esta madre te hará olvidar”. Porque te digo una cosa...

—¿Qué cosa?

—El alcohólico es un huracán rugiente. Te preguntan si estás bien y contestas que sí, pero estás parado en los escombros. Debes tener un padrino que haya digerido grandes trozos de su vida; que haya trascendido, pues.

—¿Cuáles son las características?

—El mismo folleto de apadrinamiento te lo describe: “un ápice de humildad y un crecimiento espiritual”. Yo puedo escuchar a un alcohólico y le puedo hacer un cerco espiritual. ¿Cómo? Entre la misma charla y los casos más extremos que haya experimentado.

El Chino frisaba los 16 años —desde los 11 se alcoholizaba— cuando inició sus andanzas más arriesgadas en el corredor formado por las colonias Valle Gómez, Bondojito, 20 de Noviembre y Morelos.

“Todo el Centro era de nosotros”, recuerda. Una noche le advirtió el jefe de una banda: “Aquí nada de reversa, todo pa'delante”. El Chino sentiría la adrenalina a tope y mil cosas más.

Un día observó la forma en que un “amigo” de la colonia descolgaba una ametralladora de la pared y respondía a los contrarios que llegaron a balear el viejo portón donde acampaban. El líder les dijo que lo acompañaran. Abordaron un auto y llegaron a una vivienda de los enemigos. Ahí fue donde El Chino sintió el verdadero terror al observar la forma en que el cabecilla del grupo ametrallaba a quien supuestamente había baleado su guarida. Entonces El Chino le preguntó a uno de los que estaban cerca de él por qué arreglaban las cosas de esa manera. No hubo respuesta.

Eran los tiempos en que iniciaba la disputa por la distribución de drogas, misma que El Chino veía esnifar como si sus camaradas imitaran a Caracortada. También miró cómo separaban el polvo de ángel con tarjetas telefónicas. "En ese momento hablaba tu miedo".

Algunos contemporáneos suyos, finales de los 90, están muertos o en algún reclusorio y uno más en el siquiátrico.



***

—¿Entonces nada en estos tiempos de brindis?

—Nada: estoy seco hasta el tuétano.

—¿Qué pasa si violan ese código?

—Es como la muerte para nosotros, porque estamos violando terrenos espirituales del programa.

—¿En qué consisten?

—En que hemos caminado por los vidrios rotos de la vida y sabemos a lo que nos hemos enfrentado. El alcohol te lleva a muchas cosas.

—Empezaste casi niño en el alcohol.

—En ese tiempo, cuando yo tenía 11 años, mi papá llegaba a casa todo besuqueado. Nunca golpeó a mi madre, pero ella veía los voucher de que pagaba en El Bombay, El Ratón Loco, La Burbuja, y le decía: "Sí, ya vi, te fuiste a La Burbuja, hijo de tu pinche madre".

—¿Y qué pasó?

—Se soltó la neurosis y mi madre se hizo cargo de un alcohólico y de mis hermanos, tres, dos varones y una mujer, yo soy el mediano, pero yo me fui a la calle, al desmadre, a buscar ese sentido de pertenencia. Pensé: “voy a ser como mi padre”, pero yo rebasé los límites.

—Desde chamaco.

—Yo, desde los 11; los otros, de 16, 18 años. Tenían una grabadora que prendían las bocinas y ponían a Los Temerarios; imagínate: Magali, de la secundaria, me engañaba, y tú, que entregas todo y la encuentras con tu mejor amigo echándose un caldito en las escaleras, güey, no mames. A esa edad empiezan los sinsabores de la vida.

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