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Viernes , 26.04.2019 / 03:22 Hoy

Crónicas urbanas

De qué mueren los "homeless" chilangos

Humberto Ríos Navarrete

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Es medianoche. Camina sobre la banqueta con pasos largos; su figura escuálida deja ver un bulto bajo su playera; la silueta, apenas alumbrada, toma forma. Denota la intención de chocar contra el otro que viene en sentido contrario; pero éste aprieta la empuñadura de un paraguas, y es cuando el otro ladea el cuerpo hacia la derecha y pregunta a bocajarro:

—¿Tienes piedra, papi?

—No, hermano.

Y se va de largo.

Y pasa junto a una diminuta esquela adherida al muro, en medio de la panza de un grafiti, sin percatarse de lo que significa.

Es un mensaje en memoria de tres muertos, de parte de quienes pernoctan sobre baldosas de la estación Cuauhtémoc del Metro, donde algunos de ellos apenas se cubren con frazadas viejas; otros ni siquiera alcanzan a taparse los pies y dejan al descubierto los trozos de zapatos, como ese rengo que durante el día, paso cansino, muestra una mano ganchuda, la boca chueca y el hombro caído. Su rostro es una cartografía de llagas y cicatrices. Se le ha visto gatear y deslizarse con las nalgas.

En esa misma franja, entre la calle Abraham González y avenida Chapultepec, sobre la pared del mercado Juárez, hay tres diminutos letreros dibujados con plumón negro y fondo blanco: “Aquí fallecieron 3 personas de la población callejera. #Discriminación mata”.

Luego, en la figura de una pequeña calavera: “Morrito, Claudia, El Caballo”. Del lado derecho, sobre un diseño de pergamino, rematado por esbozos de dos botellas y tres letras, PVC, una plantita, estampas de papel picado (“chiras pelas, calacas flacas”) y fondo azulado:

“Morrito de mi vida, morrito de mi amor, yo sé que ahorita estás en el panteón, acompañado del Caballo, que fue atropellado junto con Claudia, buena amiga; ahora les damos su despedida”.

***

La zona donde murió Morrito, Claudia y El Caballo pertenece a la alcaldía Cuauhtémoc, que concentra mil 300 personas en situación de calle; en las 15 restantes viven 2 mil, la mitad de las cuales habita en Gustavo A. Madero; varios de ellos, sin embargo, se niegan a dormir en albergues oficiales y prefieren el aire libre.

Pertenecen a la población más vulnerable; viven en casonas viejas, sobre banquetas y en parques. Son solidarios entre sí. Trabajan de limpiaparabrisas y venden dulces. La mayoría consume pegamentos tóxicos, que les acorta la vida; ahora mezclan la sustancia con dulces de sabores. Pocos consumen mariguana o la llamada piedra.

En el diagnóstico titulado Situación de las Poblaciones Callejeras 2017-2018, la Secretaría de Desarrollo Social de CdMx señala que en dicho sector “existe presencia de bebés, niñas, niños, adolescentes, personas adultas, personas adultas mayores, personas con discapacidad, personas de la comunidad LGBTTTI, con alguna problemática de salud”.

Uno de los que más sabe del tema es Martín Pérez, responsable de la Oficina de Atención en Situación de Calle en la alcaldía de Cuauhtémoc, con más de 25 años de experiencia. Las anécdotas se concentran en su memoria a partir de que sale a relucir el caso de los tres muertos que merecieron una esquela por parte uno de sus compañeros.

La alcaldía tiene un censo de ese tipo de habitantes, pero no todas aportan datos puntuales. La autoridad lo hace para avisar en caso de que alguna de ellas fallezca. De lo contrario el cadáver va a la fosa común o a escuelas de medicina, luego de trasladarlo a una agencia del Ministerio Público y después de durar tres meses en la morgue.

Otra característica entre ellos es la solidaridad, de modo que colaboran para dar sepultura a sus camaradas —a veces con apoyo de vecinos, como lo hicieron en el mercado Juárez—, con el apoyo de la alcaldía, a través de Martín Pérez, quien consigue el féretro a muy bajo costo, o gratuito si es posible, y son sepultados en el panteón San Isidro. “A veces la misma banda conoce los números telefónicos de familiares”, dice Pérez.

***

Hace cuatro días murió El Abuelo en la Plaza de Garibaldi. Tenía 65 años. Solo cuando dormía dejaba de consumir alcohol. “Muchas ocasiones estuvo en diferentes albergues”, informa Martín Pérez. “Pero la gente no puede ser llevada por la fuerza. Los albergues están abiertos y ellos salen en el momento que quieran”.

Pérez sabe bien de lo que habla. “Recordemos que Derechos Humanos no permite que los metas a la fuerza ni que un albergue sea cerrado, porque estás privándolos de su libertad”, advierte. “Entonces, ellos son libres de vivir en la calle, como este señor, que siguió tomando, y muchos mueren por cirrosis o congestión alcohólica”.

—Pero sí hay quienes cumplen con las reglas.

—Hay mucha gente que sí va a los albergues y respetan las reglas, como no entrar drogados; los que no van es porque no les permiten drogarse; a ellos no les gustan las reglas: prefieren la calle.

Pérez ha logrado que algunos dejen “el flexo” y les consigue trabajo de mandaderos o en estacionamientos; pero son los menos.

Los del Metro Cuauhtémoc han tenido una vida errante. Primero estuvieron en un parque de la colonia Roma; luego, al pie de un puente, sobre avenida Chapultepec; después sobre la calle Abraham González, hasta pernoctar afuera de la estación Cuauhtémoc.

—Estos chicos —describe Martín Pérez— se atraviesan la calle y los atropellan, o ellos mismos se golpean. El activo primero les pega en los pies, después a los riñones y empiezan a temblar; la fase terminal es en la cabeza. Empiezan a hablar solos. Tienen una vida de entre cinco y ocho años. El activo les quita el hambre, les bajan las defensas y el hígado les revienta.

Otra víctima fue un joven de 17 años de Hidalgo. Martín Pérez le ofreció ayuda para regresar a su pueblo, de donde salió por problemas con su padrastro, pero le dijo que prefería andar entre el Eje 1 Norte y Paseo de la Reforma, donde limpiaba parabrisas. En diciembre fue acuchillado por no dejarse quitar un pedazo de estopa con activo. Sus compañeros lo sepultaron.

Hace cuatro meses, no muy lejos de ahí, una muchacha de 17 años fue asesinada en una casona vieja. “La vinieron a botar en un tambo de basura en el andén del mercado de San Camilito”, recuerda Martín Pérez. “Sus familiares fueron por el cadáver. También les dimos el apoyo”.

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