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Miércoles , 24.04.2019 / 09:00 Hoy

Crónica

Domingo (crónica elegíaca)

Hugo Roca Joglar

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Al domingo se ha de llegar creado, con un plan completo: dónde ir con gente querida, porque si algo de eso falta o falla, si no hay lugar ni tampoco familia, la sensación de vacío despedaza.

Entre semana es posible desenmascarar ficciones ¿en verdad quiero a estas personas?, ¿pasar tiempo con ellas me resulta trascendente? y con dulzura soñar el sueño de la soledad, pero el domingo llega y su presencia obliga a ser (o fingir ser) algo para alguien lo suficientemente importante como para pasar juntos, de preferencia ante público, un día asociado con el descanso. Negarse a pretender significa haber aceptado con valiente desfachatez una condición decadente: soy la nada de nadie, y serlo implica destruirle al domingo su brillo aglutinante, vaciarlo de luminosos significados hasta convertirlo en un día de fallas, en un día de faltas. En un día fantasma.

Existe el peligro de atascarse a la mitad: quedar perdido entre la misantropía y la comunidad; despreciar el convivio fraterno, pero temer las implicaciones emocionales de aislarse radicalmente. Entonces el panorama se enrarece hasta la ambigüedad ¿ir con tíos, hermanos o amigos para estar ausente o encerrarme en mi cuarto con ansiedad?, y ahí, en lo incierto, se duda, se desconoce y se sufre yendo y viniendo de domingos cobardes hacia domingos ausentes.

La indefinición crece e invade pensamientos, decisiones y miradas, y de pronto ocurre que alguien ejecuta las acciones inherentes a la dominical vida creada (despierta temprano, toma un baño, desayuna y con esmero elige la ropa), pero destruye su esencia gregaria (cancela su asistencia al cumpleaños de una prima) y se entrega al ensayo de construir otro sentido (opta por salir de su casa sin proyecto ni mapa) a través de la vagancia.

Quien vaga descubre que Ciudad de México también está increada. Su reino es el de las cosas sueltas. Es una tierra salvaje que no deja de fragmentarse y luego observa curiosa, perversa cómo armonizan o colisionan sus pedazos rotos. El equilibrio no le interesa; siente una atracción irrefrenable por la indefinición y la violencia. Su única continuidad estética existe en el techo de los edificios: chuecas varillas desnudas apuntan hacia el cielo como promesas de nuevos pisos que nunca serán construidos.

El significado de esa imagen es aterrador: evidencia que la capital también duda; está atrapada entre decadencia y esperanza. No tiene plan completo. Algo le falta y algo le falla. Y, en domingo, su sensación de vacío despedaza.

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