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Jueves , 21.06.2018 / 01:03 Hoy

"El Chacal"

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La última vez que alguien le tomó fotografías con su consentimiento tenía el aspecto de un viejo profesor malhumorado encaminándose rumbo a un congreso. El suyo fue un proceso de transformación que parecería natural en alguien que andaba por la vida en plena juventud con la apariencia de un inquieto estudiante tan sereno como desobligado. En algún momento de este complicado acto de transfiguración, entre 1970 y 1980, Illich Ramírez Sánchez se convirtió de pronto en Carlos y aceptó como si nada el sobrenombre de Chacal que alguien, tal vez un policía, le endilgó. Con ese sobrenombre habría matado en esa década, sobre todo en Francia, a unas dos mil personas en prácticamente todo tipo de acciones terroristas. Se trataba en realidad de un cálculo a ojo de buen cubero, porque en realidad nunca supo con certeza a cuántas personas había mandado al otro mundo. De lo que sí parece acordarse con cierta precisión es que a 80 de sus víctimas las ejecutó con sus propias manos. Pocos de quienes perecieron en el curso de sus operaciones eran inocentes, más o menos el 10 por ciento, según calculó sin remordimientos.

La carrera criminal de Carlos el chacal no conocía límites. Lo mismo arrojaba granadas contra concurridos establecimientos que pedía fuertes sumas por rescates de personas secuestradas o baleaba y tiraba bazucazos contra aviones de aerolíneas comerciales, tomaba embajadas por asalto, emprendía violentos secuestros, atacaba instalaciones nucleares y redes ferroviarias. Se las arreglaba para salir sin un rasguño de tiroteos con policías y militares, para desaparecer en algún lugar del mundo y reaparecer en el otro extremo, para establecer relaciones con bandas extremistas internacionales, para sembrar el pánico en el mundo entero.

Hoy, a sus 68 años, Carlos el Chacal es un mito tras las rejas en Francia. Llegó al banquillo de los acusados con todo y su aspecto de viejo profesor malhumorado encaminándose a un congreso. Según evoluciona su proceso judicial es posible que no vuelva a ver la luz del día en libertad. Hasta ahora tres cadenas perpetuas lo mantendrán de por vida en una celda húmeda y fría. Más lo que se acumule.

El terrorista había aprendido a moverse por el mundo como si anduviera encima de un tablero de ajedrez. Sabía dónde y cuándo aparecer con una bomba, una granada, una bazuca en las manos. Hasta que calculó mal la jugada justo donde pensaba que nadie lo pondría al descubierto. Escurridizo, ubicuo, misterioso como era, fue atrapado finalmente en Sudán en 1994. La tarea corrió a cargo de Philippe Rondot, un general francés de tres estrellas, experto en el mundo árabe, donde se movía sin temor el Chacal.

Cabeza de los servicios de inteligencia hasta su jubilación en 2005, Rondot tenía también un currículo que lo llenaba de orgullo. Con cara de quien no mata una mosca, tenía un pasado de paracaidista, fungió como espía al servicio del gobierno francés durante casi toda su vida, se desempeñó en las operaciones de contraespionaje y trabajó también como asesor de algunos ministros de defensa en tareas especiales. Conocido como “el maestro de los espías”, era un mito a la altura de el Chacal. Y como el terrorista, era también hábil y escurridizo, dueño de una peculiar inteligencia, que lo llevó al mando de la Dirección General de Seguridad Exterior del ministerio de Defensa francés, y de la Dirección de Vigilancia del Territorio, del ministerio del Interior.

El Chacal era una pieza de caza mayor, protegido por dirigentes y líderes políticos de importancia, de manera que Rondot echó a andar un cuento que muchos creyeron para justificar las circunstancias de su captura. Dijo que un mes antes de atrapar al terrorista más buscado del mundo lo había visto en un hotel en Sudán y había aprovechado la oportunidad para fotografiarlo discretamente y armarle un expediente que incluía documentos que probaban que contaba con la protección del gobierno de este país. Mediante presiones del gobierno francés y de la ONU, el general habría obtenido después la autorización oficial que le permitió suministrar al terrorista una droga y trasladarlo medio dormido de manera clandestina a Francia.

Por esta acción, el Chacal habría de implementar más tarde, sin éxito, un procedimiento judicial contra el militar por secuestro.

El general Rondot falleció hace unos días, el pasado 31 de diciembre, a los 81. Figura clave en la política francesa, su nombre quedará asociado para siempre con la figura del más temido terrorista. En su celda de una prisión francesa el Chacal habrá esbozado una sonrisa amarga al leer en un diario la noticia de la muerte del hombre que puso fin de manera abrupta a su carrera criminal.

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