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Sábado , 20.04.2019 / 11:48 Hoy

Entre pares

¿Qué SAT emergerá con AMLO?

Guillermo Colín

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No es un secreto que AMLO abriga intenciones de reforma al modelo impositivo actual (que no necesariamente implica nuevos impuestos), empezando por eliminar del habla oficial, el denominativo imperial “tributador” (muy presente justo en el Sistema de Administración Tributaria), para referirse al ciudadano que paga sus impuestos, con el vocablo mucho más democrático de: “contribuyente”, alguien que coopera, colabora, deposita su parte en el erario, y terminando con audaces medidas como contribuciones a la confianza, algo así como impuestos a la palabra con esquema aún por definir.

No es un cambio menor si bien, de haber cambios en las prácticas internas del SAT deberían ir mucho más allá de su concepción nominativa. Son sus prácticas nocivas del enorme poder fiscal con el que cuenta, las que debieran cambiar de raíz.

¿Se humanizará el SAT? A la luz del reciente recorte inmisericorde y sin matices del 30 por ciento de su personal, que dejó a muchos de sus funcionarios en la calle de la noche a la mañana, la anterior luce como una pregunta ociosa. No lo es si se toma en cuenta que se trata de una de las conversiones más notables que pretende el nuevo régimen.

Aún no está claro si la nueva directora del SAT, Margarita Ríos Farjat, cuente con colaboradores suficientes en tamaños y arrestos para llevarla a cabo. Es una noción generalizada entre el gremio de contadores y fiscalistas del país, así como entre no pocos contribuyentes, que después de las procuradurías y de las entidades policiacas (el mismo SAT lo es en su modalidad aduanera), que a menudo campea en él la perversión fiscal, el arbitrario uso de sus poderosos recursos de fiscalización, la interpretación atrabiliaria de la ley y del Código Fiscal, así como el enfoque a todo el que paga impuestos como un delincuente fiscal en potencia.

Esos, entre muchos otros, son apenas algunos de los vicios que habría que erradicar con urgencia o por lo menos atemperar. El SAT en el sexenio peñista llevó a su máxima expresión perversidades fiscales sin cuento con el pretexto de una nueva doctrina fiscal puesta en boga en todos sus procedimientos: la de que de todo hecho fiscal debe estar demostrada su existencia de manera fehaciente y exhaustiva (a criterio y antojo del SAT, no de la ley). Es decir en la actualidad no basta mostrar una factura (CFDI 3.3), el cheque o transferencia como se pagó, y el estado de cuenta bancario que demuestra que se realizó en efecto tal pago. En aras de esta doctrina, el SAT en el colmo del absurdo y la prepotencia ha llegado a requerir por ejemplo: “Demostrar documentalmente que el proveedor equis tenía la capacidad técnica y solvencia económica para llevar a cabo el servicio que el contribuyente dice que contrató”.

Son inconmensurables los prejuicios causados a los contribuyentes con estos requerimientos irracionales que cualquier contador o fiscalista podría prolongar en una listas de casos hasta el infinito. No lo hacen por temor fundado a represalias. El SAT se ha convertido en un poder omnipotente, terrible y sin control. No sin grotesca ironía, la Procuraduría (de adorno) en Defensa del Contribuyente publicó el año pasado un libro de relatos de los “horrores” cometidos por el SAT y se aprestaba a editar un segundo volumen.

Esta intransigencia del SAT a todo sentido común cuesta al país miles de millones de pesos; muchos más de lo que se pretenden evitar por evasión fiscal. Forzado el contribuyente a combatir sus disposiciones arbitrarias debe recurrir para defender su patrimonio a litigar al fisco en tribunales. Un vez ahí el SAT por práctica consuetudinaria lleva los casos en un tortuoso recorrido hasta la últimas etapas de revisión en amparos ante la SCJN.

No hay una estadística confiable de cuánto dinero ha perdido el SAT en estos juicios ociosos en los que lo único que ha acumulado son intereses a cargo del erario en vía de penalización, pero se sabe que son cuantiosos.

Ejemplo de lo anterior fue la suma estratosférica que acumularon unos ex accionistas de Grupo Modelo, quienes solicitaron una devolución de IVA, misma que finalmente las SCJN no concedió.

Esto es de importancia capital, pues AMLO en ese caso puso el último clavo en el ataúd de las devoluciones establecidas por la ley en materia de impuestos: “Fue un gran logro, porque una práctica mal sana, por decirlo con elegancia, es lo de la devolución de los impuestos”.

Y criticó que “las devoluciones de impuestos en el periodo neoliberal es equivalente a un huachicol”.

Habrá que ver lo que serán las devoluciones en su sexenio. Si el SAT erradica las prácticas idiosincráticas para devolver lo que por ley el fisco mexicano debe devolver al contribuyente. O si de plano seguirán siendo letra muerta que los funcionarios reviven a su antojo. No hay que olvidar los cambios notables que alguna vez en su tortuosa historia realizó el SAT y que incluyó un modernización que derivó en la afamada asistencia personalizada al contribuyente, por el respeto y la humanización que implicaba.

gcolin@mail.com

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