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Domingo , 09.12.2018 / 15:18 Hoy

Uno hasta el fondo

Luis González de Alba

Gil Gamés

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Gil terminaba la semana hecho pinole. Caminó sobre la duela de cedro blanco y llegó como llevado por la mano del destino a un libro: Tlatelolco: aquella tarde, de Luis González de Alba (Cal y Arena, 2016), una suerte de testamento de su paso protagónico por el movimiento estudiantil de 1968. Gil arroja a esta página del fondo algunos párrafos de este libro de la memoria, de la crítica, enemigo de la leyenda, de esa forma de la mentira que es la mitificación.

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Tengo prisa: el cáncer de piel que tres de mis cuatro abuelos me heredan sin duda, y de la cuarta, mi abuela paterna, no sé, me ha llamado ya un par de veces […]. ¿Y la prisa? Se debe a que el movimiento estudiantil del 68, que cumplirá ya 50 años a la vuelta de la esquina, y los hechos de Tlatelolco, se han llenado de expertos que no estuvieron allí ni vieron nada: el mito gana terreno. Carlos Monsiváis, que sí participó en marchas y mítines, así como en la Asamblea de Intelectuales y Artistas, escribió una buena crónica de la manifestación silenciosa (que no es, no, no es la encabezada por el rector: no se hagan bolas). Pero luego, en libro conjunto con Julio Scherer asienta que los hechos de Tlatelolco el 2 de octubre demuestran la perfecta sincronización de las fuerzas represivas…

Demuestran, exactamente, lo contrario. Respondí en artículo titulado “El cronista sin crónica”: Monsiváis no estuvo en Tlatelolco y lo que vimos quienes allí fuimos detenidos, en particular los detenidos en el tercer piso del edificio Chihuahua, es, sin duda, lo contrario: la absoluta desorganización, la falta de mandos, la enorme confusión entre los primeros agresores, de civil, y la tropa regular, de verde. Los soldados siempre pensaron que desde arriba les disparábamos nosotros, los estudiantes: no vieron el cambio de unos jóvenes por otros, la sustitución por quienes, similares en aspecto, ya ocupaban la tribuna del mitin [el Batallón Olimpia].

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En casi tres años de cárcel (octubre 68-abril 71) y largas sobremesas con jarras de café, los presos a causa del 68 hicimos, sin pensarlo, una versión coral de los hechos ocurridos la tarde del 2 de octubre en Tlatelolco. Esa versión coral fue útil, en su momento, para oponer a la infamia que sostenía el gobierno: éramos culpables de haber masacrado nuestro propio mitin con el fin de darle un “levantón” a un movimiento alicaído y el Ejército no había hecho otra cosa que impedir que acribilláramos a más.

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Un mes después, ya en Lecumberri, me entero de que los demás dirigentes no fueron detenidos allí. Al oír los primeros gritos: “¡Ahora les vamos a dar su revolución!”, algunos subieron escaleras que no llevaban a ninguna parte porque no hay azoteas colindantes con el Chihuahua. Pero en ese momento no se piensa. Gilberto Guevara, Eduardo Valle, Anselmo Muñoz, Pablo Gómez y otros lograron entrar a un departamento en el quinto piso y se encerraron, me relata cada uno.

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A mediados de 1969, mientras los dirigentes seguíamos presos o fuera de México para evitar la cárcel, la prensa continuaba mostrándonos como los canallas que no habían dudado en matar a su propia gente.

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La tarde en que celebramos nuestro último mitin, el de Tlatelolco, no hubo soldados de uniforme disparando contra la multitud, sino contra francotiradores apostados en torno a la Plaza de las Tres Culturas y, muy en especial, en el edificio Chihuahua.

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Esa mañana en casa del rector, Andrés Caso intervino para evitar la ruptura y calmar los ánimos. Quedamos en reanudar las pláticas al día siguiente, 3 de octubre, en la Casa del Lago. Por lo mismo, no había mitin más seguro que el de esa tarde: dábamos la noticia del inicio de las pláticas para encontrar soluciones. De todas formas, acordamos no asistir al mitin de Tlatelolco porque era posible que nos detuvieran a pesar de las negociaciones. Asistimos todos. Nos detuvieron a todos.

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Eran las 6 y 10 de la tarde. Vi reaparecer a los soldados ya sobre la Plaza. La gente, aunque los tenía a sus espaldas, también lo supo. Avisada por los últimos, se echó a correr hacia el Chihuahua. Sonaron balazos a la distancia. No supe de dónde. Luego dos helicópteros hicieron movimientos circulares sobre la Plaza. Cayeron dos bengalas, verde y roja. Desde el barandal del Chihuahua vi que, al borde de la Plaza, que termina en escalones, la gente se había frenado en su carrera y los de atrás caían sobre los de adelante. Me preguntaba el motivo de haberse frenado de forma tan intempestiva, cuando a mis espaldas hubo gritos en los cubos de los escaleras. Las voces llegaron al tercer piso: “¡Ahora les vamos a dar su revolución, hijos de su puta madre!”. […] Ya no vi a mis amigos del CNH.


Sí: los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero se acerca con la charola que sostiene el Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular por el mantel tan blanco la frase de Shakespeare:

La memoria es el centinela del cerebro.


Gil s’en va

gil.games@milenio.com

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