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Jueves , 21.03.2019 / 19:58 Hoy

Uno hasta el fondo

‘Borges oral’

Gil Gamés

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Gil cerraba la puerta de la semana en calidad de fiambre, solo faltaba cortarlo en finas rodajas para servirlo en el plato del desconsuelo. Así como lo oyen. Gamés caminó sobre la duela de cedro blanco y una fuerza magnética lo acercó a un viejo libro: Borges oral, publicado en el año del caldo de 1980 por Bruguera/Libro Amigo, desde luego hay nuevas ediciones. Estas páginas prodigiosas contienen cinco conferencias que Borges dictó en la Universidad de Belgrano en el año de 1979. Gil solía subrayar de forma salvaje páginas enteras. Algunos subrayados atraviesan la frontera del pasado para buscar el presente. Gamés arroja unos cuantos a esta página del fondo. Aquí vamos.

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De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso sin duda es el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de la vista; el teléfono, extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa, el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.

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En César y Cleopatra, de Shaw, cuando se habla de la Biblioteca de Alejandría se dice que es la memoria de la humanidad. Eso es el libro y es algo más también, la imaginación. Porque, ¿qué es nuestro pasado sino una serie de sueños? ¿Qué diferencia puede haber entre recordar y recordar el pasado? Esa es la función que realiza el libro.

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A Bernard Shaw le preguntaron una vez si creía que el Espíritu Santo había escrito la Biblia. Y contestó: Todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito por el Espíritu. Es decir, un libro tiene que ir más allá de la intención de su autor. La intención del autor es una pobre cosa humana, falible, pero en el libro tiene que haber más. El Quijote, por ejemplo, es más que una sátira de los libros de caballería. Es un texto absoluto en el cual no interviene, absolutamente para nada, el azar.

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Creo en la inmortalidad: no en la inmortalidad personal, pero sí en la cósmica. Seguiremos siendo inmortales; más allá de nuestra muerte corporal queda nuestra memoria, y más allá de nuestra memoria quedan nuestros actos, nuestros hechos, nuestras actitudes, toda esa maravillosa parte de la historia universal, aunque no lo sepamos y es mejor que no lo sepamos.

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Recuerdo uno de los hermosos versos de Tennyson, uno de los primeros versos que escribió: “Time is flowing in the middle of de night” (El tiempo que fluye a medianoche). Es una idea muy poética esa de que todo el mundo duerme, pero mientras tanto el silencioso río del tiempo –esa metáfora es inevitable– está fluyendo en los campos, los sótanos, en el espacio, está fluyendo entre los astros.

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Es decir, el tiempo es un problema esencial. Quiero decir que no podemos prescindir del tiempo. Nuestra conciencia está continuamente pasando de un estado a otro y ese es el tiempo: la sucesión. Creo que Henri Bergson dijo que el tiempo era problema capital de la metafísica. Si se hubiera resuelto ese problema se habría resuelto todo. Felizmente yo creo que no hay ningún peligro en que se resuelva: seguiremos siendo siempre ansiosos. Siempre podremos decir, como San Agustín: “¿Qué es el tiempo? Si no me lo preguntan, lo sé. Si me lo preguntan lo ignoro”.

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Siempre sentimos esa antigua perplejidad, esa que sintió mortalmente Heráclito en aquel ejemplo al que vuelvo siempre: nadie baja dos veces al mismo río. ¿Por qué nadie baja nunca dos veces al mismo río? En primer tiempo porque las aguas del río fluyen. En segundo término –esto es algo que ya nos toca metafísicamente, que nos da como un principio de horror sagrado– porque nosotros somos también un río, nosotros somos también fluctuantes. El problema de lo fugitivo: el tiempo pasa. Vuelvo a recordar aquel hermoso verso de Boileau: “El tiempo pasa en el momento en que algo ya está lejos de mí”. Mi presente –o lo que era mi presente– ya es el pasado.

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Sí. Los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras se acerca el camarero con la bandeja que soporta la botella de Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular la aporía de Borges por el mantel tan blanco: ¿Quién soy yo? ¿Quiénes somos? Quizá lo sepamos alguna vez. Quizá no. Pero mientras tanto, como dijo San Agustín, mi alma arde porque quiero saberlo.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com

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