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Miércoles , 24.04.2019 / 09:36 Hoy

Sin rodeos

Perspicacia y suspicacia

Diego Fernández de Cevallos

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Es frecuente que personas —aún universitarias— ignoren la diferencia entre perspicacia y suspicacia, y las usan como sinónimos. Pero deben distinguirse por lo que esa ignorancia acarrea en las relaciones humanas, sobre todo en la vida pública.

El Diccionario enseña: perspicaz “es la persona ingeniosa, aguda, lúcida, astuta, penetrante o sagaz con capacidad para descubrir cosas o comprender situaciones que parecen confusas”; suspicaz es el “propenso a tener sospechas y desconfianza”.

Siendo lo primero una cualidad positiva y fructífera, y lo segundo una cualidad negativa y nefasta, no pocos son los que opinan, juzgan y deciden con el falso sustento de la suspicacia.

En la vida pública la cuestión se agrava porque las palabras y los hechos se aprecian con ópticas diferentes según se trate de aliados o adversarios.

A ello se agrega el deplorable nivel del actual debate político. La ignorancia, la irresponsabilidad y la leperada lucen con altanería. Por eso, tan fresca como una lechuga la senadora de MORENA, Jesusa Rodríguez, afirmó públicamente que “todas las hembras somos iguales… las vacas, las puercas, las burras, todas las hembras somos iguales y tenemos que tener igual respeto e iguales derechos”. Ciertamente lo que la educación y la cultura no dan, el Senado no presta, pero sí nos lo regala la Transformación de Cuarta.

Lo más grave es que los desfiguros no son exclusivos de los que a partir del 1º de julio pasado se alzaron con el poder y la gloria. También en la hoy esmirriada oposición (que ojalá pronto sea fuerte y útil a México) se dan espectáculos decepcionantes. Por ejemplo: un suceso que en cualquier país civilizado no produciría debate aquí dio lugar a reclamos, cuestionamientos y alboroto. Me refiero a la reciente cena del presidente de México con el yerno de Trump en la casa de Bernardo Gómez, directivo de Televisa.

¿Qué no es del dominio público que los “fifís” de la “minoría rapaz” (así calificados por el cantamañanas Diosmanuel) fueron invitados por éste para participar en la Transformación de Cuarta?

¿Son relevantes el domicilio y el nombre del anfitrión en el caso que nos ocupa, o se debe suponer que eso fue simplemente lo que al visitante y al visitado les dio la gana y les acomodó? Por mí, si en algo benefició, por ejemplo, a la tragedia de los migrantes, que se repita la cena muchas veces.

¿Se puede exigir al gobierno que haga púbico lo hablado en privado?

¿Costará mucho que nuestros políticos entiendan que no todo lo que es del interés público se debe hacer, de inmediato, del conocimiento de todos?

Gobernantes de todos los países tienen encuentros privados con nacionales y extranjeros sin que se les reproche. Aquí la suspicacia entra a empellones por todas partes para sembrar la duda, la desconfianza y la división en los mexicanos.

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