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Australadas

Cambiar cambiando

Carlos Gutiérrez

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Una de las cosas en que coincidimos El Hijo, que viene a ser mi señor padre, y su sacrosanto retoño es que con más frecuencia de la deseada las cosas se muestran del carajo. 

Por donde quiera que se pose la mirada, en la calle, en las carreteras, los negocios, los medios, uno puede ilustrarse con las innumerables expresiones que indican que hordas de valemadristas hacen en este país lo que les viene en gana. 

Basta curiosear un poco por aquí y por allá para verificarlo. 

Y de paso sentirse abrumado por la complicidad de quienes tendrían que dedicar sus esfuerzos para asegurar que ello no ocurra.


Un comerciante que condiciona la venta de sus productos (gracias a la cual vive) si la compra rebasa el mínimo que él mismo ha establecido.

Un automovilista que se estaciona en doble fila, que se pasa el alto. 

Una burócrata que se niega a dar un servicio a un ciudadano que acude a hacer un trámite unos minutos antes de que acabe la jornada de trabajo. 

Un motociclista que se ahorra un cierto trecho mientras avanza en sentido contrario unos metros, poniéndose en peligro (y poniendo en peligro la integridad y la libertad de los demás). 

Un tipo o tipa que va por la calle peligrosamente embebido en el teléfono, que acusa la inteligencia que el dueño no tiene.

Unos lectores de noticias que se dan golpes de pecho con la inmoralidad del mundo, mientras pasan por encima incluso de sus madres, con tal de ganar rating. 

Unos políticos que se aferran al hueso o que se niegan a perder, aun si se les demuestra que han perdido. 

Gente bloqueando vialidades, mañosos aprovechando cualquier coyuntura para asaltar, maniatar, dañar a gente que cualquier día puede tomar la justicia en propia mano. 

Este México mágico se regodea en las miserias que día a día se ven en cualquier lugar. Y casi nadie parece reparar en un hecho incontrovertible: si la izquierda en México ha sido posible, cualquier cosa puede pasar. 

Y eso incluye la desaparición del Estado fallido en que se ha convertido este país en ruinas.


Mi padre suele preguntarme a modo de buscapiés: “¿qué pasaría si de pronto todos nos ponemos de acuerdo para no consumir x o y cosa ante la desmedida ambición de los comerciantes?” (aquí se puede aplicar a cualquier situación pública). 

“Ay papá, nada”, le contesto yo, sintiéndome muy “chicles”. 

Y pensando un poco sostengo: “La cosa se pondría del cocol y bastante divertida, si después de tanta piedra picada la zurda en México consiguió mover las masas a costa del hartazgo contra priistas y panistas, qué no puede hacer cualquiera con un poco de voluntad para cambiar la vida de la gente”. 

Otra de las geniales cosas en las que El Hijo y yo coincidimos. 

¡Oh, querido padre!


@fulanoaustral

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