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Del plato a la boca

Semana de reflexión

Benjamín Ramírez

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Desde temprano las calles observan a los paseantes; niños y adultos se aglutinan en las esquinas esperando, civilizadamente, la señal para cruzar la calle. Los automovilistas ceden el paso y, según sea el caso, se detienen ante la multitud que va a pie sobre la vereda. A pesar de que las cortinas de numerosos negocios permanecen cerradas, la ciudadanía decide recorrer las principales vías en espera de, como principal objetivo, presenciar las celebraciones eclesiásticas propias de la Semana Santa. Todo este escenario en un mundo maravilloso.

El principio fundamental de la Semana Santa es, al menos en su forma básica, la reflexión y sanación espiritual mediante los principios católicos, tomando en consideración las penurias vividas por Jesús quien, según la Biblia, muere por los pecados del hombre. Sin embargo, y sin ninguna intención de sonar a sermón dominical, hemos constatado en este espacio las históricas formas de esquivar las penitencias impuestas por la iglesia en cuanto a la ingesta de alimentos placenteros. Dichos decretos pueden tener su origen con la instauración de la Semana Santa, que tuviera sus primeras apariciones en el reinado de Teodosio, allá por el 438 d. C.

Según las crónicas y decretos papales, la alimentación jugó el papel de purgador de pecados, naciendo el ayuno y la omisión de la carne, el vino, el pan con levadura, entre otros, como parte de ese sacrificio. La Europa, cristiana y obediente, mantuvo dicho orden, mas por miedo que por voluntad propia, aunque las carencias existentes realizaron gran parte del trabajo, pues las constantes sequías, el pago de impuestos a la Corona correspondiente o al Señor Feudal, no dejaba mucho para el gozo personal. El punto clave para el fenómeno del sacrificio durante la Semana Santa aparece en el Nuevo Mundo. A partir del siglo XV, y con los cambios socio-alimentarios de ambos espacios continentales, la conceptualización de los días santos, el ayuno, el sacrificio, entre otros, tomo nuevos bríos.

Chocolate espeso y churros azucarados por la mañana; tortillas rellenas de carne de pollo cubiertas con salsa de tomate verde y agua de limón por la tarde; café y pan para la tarde-noche; esto tan solo un ejemplo de un menú anacrónico, de ayer y hoy; sin carnes rojas, vino o alguna otra fuente de placer culinaria. Un peregrinar por las calles con el sol sobre los hombros yla sensación de un calor agobiante parece más un día de paseo primaveral que un día de guarde. Lo anteriormente expuesto, en sátira, coloca en entredicho los cánones cristianos, que cada vez se enfrentan a playas abarrotadas, viajes internacionales o la entrega a dioses como Dionisio o Baco, dejando atrás la reflexión, sanación y luto por nuestros pecados.

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