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Desde Sandua

La tristeza del agua

Antonio Rodríguez Jiménez

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Desde que vivo en Guadalajara y me siento ciudadano mexicano, me sorprenden dos cosas en este bendito país que espero que cambien con el tiempo. Una es la gasolina, de la que no hablaré, pero no entiendo que un país productor de petróleo venda el litro de combustible casi al mismo precio que en España, donde hay que importarla. Es insólito. Pero lo que me sulfura es el agua. Hablemos de poesía. Los poetas han poetizado sobre el agua, que es la vida, hasta límites insospechados. Por ejemplo, la chilena Gabriela Mistral escribió: “Quiero volver a tierras niñas; / llévenme a un blando país de aguas. / En grandes pastos envejezca / y haga al río fábula y fábula. / Tenga una fuente por mi madre / y en la siesta salga a buscarla, / y en jarras baje de una peña / un agua dulce, aguda y áspera”.

¿Dónde está esa agua dulce que baja de una peña y puede beberse. ¿Qué nos ofrecen las empresas de muchas ciudades? Agua envenenada, que huele mal y no sirve ni para lavarse el cuerpo. Pero el precio es alto y de repente alguien se equivoca en su burocracia y recibes una factura de 6,000 pesos y dicen que no hay avería, que habrás dejado un grifo abierto. Al atropello de la calidad de un agua pútrida que se paga a precio de oro, le sigue el desmán y el robo descarado.

Sigamos con la literatura. Octavio Paz escribió su poema “Viento, agua, piedra”: “El agua horada la piedra, / el viento dispersa el agua, / la piedra detiene al viento. / Agua, viento, piedra. / El viento esculpe/ el viento dispersa el agua, / la piedra detiene al viento. / Agua, viento, piedra. / El viento esculpe la piedra, / la piedra es copa del agua, / el agua escapa y es viento. / Piedra, viento, agua. / El viento en sus giros canta, / el agua al andar murmura, / la piedra inmóvil se calla”. Cuánta belleza dedicada al agua, convertida en cicuta que mata, enferma de azogue, donde los minerales atacan al organismo humano. Prohibido beberla bajo pena de muerte, aunque si no la pagas te la cortan y mueres de todos modos. Hay negocio de garrafones, de aguas maravillosas embotelladas que vienen de Estados Unidos y se pagan a precio de oro. ¿México no tiene manantiales, pregunta un ignorante extranjero? ¿México no sabe embotellar el agua?

Sigamos con otro poeta que en estos días se celebra su centenario: Alí Chumacero, un genio de la lírica que dejó escrito en su poema “Espejo y agua” lo siguiente: Si al agua miras, mira / mi corazón ornado de sepulcros / bajo las olas que lo mueven, / crecido entre las ruinas de tu nombre, / entre perderse en muerte o florecer / como una eterna espera o el lamento / de un Adán impasible que soñaba / contigo y tu mentido Paraíso. / Porque al mirarte contra el agua, miras /mi pensamiento en tu alma suspendido”. O Jaime Sabines, también dejó escrito: “Es la sombra del agua / y el eco de un suspiro, / rastro de una mirada, / memoria de una ausencia, / desnudo de mujer detrás de un vidrio”.
El agua es magia, vida, esencia y los estados del mundo tienen la obligación moral de ofrecerla limpia del grifo y ésa que sea la única que no pueda hacer enfermar a nadie al beberla. Si el agua no puede beberse de la llave, la empresa que la administra no puede cobrarla. Y menos aún estafar a los usuarios, pues das mucho dinero a cambio de agua sucia que apenas sirve para regar las plantas.

arodriguezj15@gmail.com

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