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Martes , 13.11.2018 / 09:53 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Vampiro

Adrián Herrera

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Hace poco estuve en un hotel viejo, de ésos con techo alto, ventilador antiguo, muebles de la época y un aroma a otro tiempo. Me acompañaba la encargada de ventas de la compañía: estábamos en una misión comercial en aquella ciudad. El elevador es de los que tienen una rejilla como de tijera y adentro atiende un señor ya mayor, correctamente uniformado y, aunque sonriente, presenta un rostro lúgubre.

Muy amable nos ayuda con las maletas, pregunta por el número de cuarto y oprime el botón correspondiente en la consola. Nos instalamos y quedamos de vernos para cenar. Ya rumbo al elevador sentí algo, una brisa fría, discreta. Miré hacia atrás, escuché el rechinido de un gozne y creo haber visto una silueta desaparecer detrás de una puerta al final del pasillo. Después le comenté el incidente a mi acompañante. —Sí, —dijo—, estoy justo al lado de ese cuarto; escuché ruidos que me parecieron sospechosos. El tema no pasó a más.

Al día siguiente, los incidentes continuaron; sombras extrañas se pasean por los pasillos, a ratos tiemblan las luces y en otro momento se escucha un chillido inquietante. Nuestro vecino es perturbador: no se revela del todo, pero sentimos su presencia y creemos que nos acecha.

Esa noche mientras cenábamos se acercó el gerente. Luego del intercambio de formalidades, fuimos al grano; hay un personaje extraño en nuestro piso. Nos observa. Hace ruidos. —No le voy a mentir, —responde el gerente—, es un caballero que lleva meses viviendo en esa habitación: es muy reservado. Dio las buenas noches y se despidió. Aquella información no logró tranquilizar a mi amiga, quien mostraba signos de nerviosismo agudo. Conversamos sobre quién podría ser esta persona misteriosa y concluimos que se trataba de alguien siniestro, tal vez perverso. ¿Un delincuente? ¿Un miembro de una secta? ¿Un deforme producto de un experimento biológico? Todo puede ser.

A la mañana siguiente nuestras sospechas se confirmaron; saliendo del cuarto nos abordó la mucama, una señora de canas y rostro arrugado. —Acérquense, —dijo, hablando en voz baja, —El señor que vive en ese cuarto es una vampiro. Volteó hacia todas partes y, cautelosa, remató: —sale de su cuarto en las noches, por la ventana, y regresa justo antes del amanecer. Nos miramos y mientras aquella mujer se desvanecía entre los claroscuros del pasillo nos dimos cuenta que la puerta del cuarto del huésped misterioso estaba entreabierta: lo había escuchado todo. —Me cambio de hotel, —dijo mi amiga, y no pude más que asentir, con todo y que aquello no era más que una alucinación, una paranoia ridícula y efectista. Empacamos. Mientras esperamos al taxi, un frío repentino nos envuelve al tanto que una sombra ominosa pasa sobre nosotros. Con un frío que me recorría la espina dorsal y un gota de sudor que se resbalaba sobre mi rostro, volteé hacia la fachada del desvencijado hotel hasta llegar a la ventana del cuarto del vampiro: estaba abierta y el viento hacía bailar las cortinas, como despidiendo a un espíritu inquieto.

chefherrera@gmail.com

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