• Regístrate
Estás leyendo: Vampiro
Comparte esta noticia

Columna de Adrián Herrera

Vampiro

Adrián Herrera

Publicidad
Publicidad

Hace poco estuve en un hotel viejo, de ésos con techo alto, ventilador antiguo, muebles de la época y un aroma a otro tiempo. Me acompañaba la encargada de ventas de la compañía: estábamos en una misión comercial en aquella ciudad. El elevador es de los que tienen una rejilla como de tijera y adentro atiende un señor ya mayor, correctamente uniformado y, aunque sonriente, presenta un rostro lúgubre.

Muy amable nos ayuda con las maletas, pregunta por el número de cuarto y oprime el botón correspondiente en la consola. Nos instalamos y quedamos de vernos para cenar. Ya rumbo al elevador sentí algo, una brisa fría, discreta. Miré hacia atrás, escuché el rechinido de un gozne y creo haber visto una silueta desaparecer detrás de una puerta al final del pasillo. Después le comenté el incidente a mi acompañante. —Sí, —dijo—, estoy justo al lado de ese cuarto; escuché ruidos que me parecieron sospechosos. El tema no pasó a más.

Al día siguiente, los incidentes continuaron; sombras extrañas se pasean por los pasillos, a ratos tiemblan las luces y en otro momento se escucha un chillido inquietante. Nuestro vecino es perturbador: no se revela del todo, pero sentimos su presencia y creemos que nos acecha.

Esa noche mientras cenábamos se acercó el gerente. Luego del intercambio de formalidades, fuimos al grano; hay un personaje extraño en nuestro piso. Nos observa. Hace ruidos. —No le voy a mentir, —responde el gerente—, es un caballero que lleva meses viviendo en esa habitación: es muy reservado. Dio las buenas noches y se despidió. Aquella información no logró tranquilizar a mi amiga, quien mostraba signos de nerviosismo agudo. Conversamos sobre quién podría ser esta persona misteriosa y concluimos que se trataba de alguien siniestro, tal vez perverso. ¿Un delincuente? ¿Un miembro de una secta? ¿Un deforme producto de un experimento biológico? Todo puede ser.

A la mañana siguiente nuestras sospechas se confirmaron; saliendo del cuarto nos abordó la mucama, una señora de canas y rostro arrugado. —Acérquense, —dijo, hablando en voz baja, —El señor que vive en ese cuarto es una vampiro. Volteó hacia todas partes y, cautelosa, remató: —sale de su cuarto en las noches, por la ventana, y regresa justo antes del amanecer. Nos miramos y mientras aquella mujer se desvanecía entre los claroscuros del pasillo nos dimos cuenta que la puerta del cuarto del huésped misterioso estaba entreabierta: lo había escuchado todo. —Me cambio de hotel, —dijo mi amiga, y no pude más que asentir, con todo y que aquello no era más que una alucinación, una paranoia ridícula y efectista. Empacamos. Mientras esperamos al taxi, un frío repentino nos envuelve al tanto que una sombra ominosa pasa sobre nosotros. Con un frío que me recorría la espina dorsal y un gota de sudor que se resbalaba sobre mi rostro, volteé hacia la fachada del desvencijado hotel hasta llegar a la ventana del cuarto del vampiro: estaba abierta y el viento hacía bailar las cortinas, como despidiendo a un espíritu inquieto.

chefherrera@gmail.com

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.