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Viernes , 19.10.2018 / 01:30 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Cámara

Adrián Herrera

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Hace un par de semanas me hice de una cámara de rollo, como las de antes. Las fotos antes se tomaban, les sacaba uno el rollo para llevarlo a revelar y recogerlo después. Tenías que esperar a ver los resultados, y así se generaba una ansiedad que emocionaba. Me he dado cuenta de algunas cosas; lo primero y más importante es que en este tema de tomar fotos, nosotros no somos los protagonistas. Y este principio va por encima -y en franca contradicción- del ególatra y celosísimo selfie. Cuando uno se detiene, permanece inmóvil, calla los ruidos y el barullo que lleva en la cabeza y deja de pensar en sí mismo, ocurre una magia insospechada: las cosas alrededor comienzan a aparecer, a cobrar vida. Percibimos entonces objetos y movimientos que antes no habíamos podido ver; una nube que se desplaza sosegada y discreta y se va reconfigurando para después desbaratarse, un destello de luz que brota repentinamente de un rincón del horizonte, una bolsa de plástico vuela y se convulsiona entre cálidas corrientes de aire, un hombre cargando una caja con verduras se voltea mientras camina y mira de reojo a una dama con minifalda, un perro se asoma, temeroso, desde una pequeña ventana en un edificio de apartamentos y un gato salta, intrépido, de una escalera y desaparece en un callejón.

El truco para sacar buenas y memorables fotos consiste en desprenderse de la noción de que existimos, de que estamos aquí y ahora. Solo así podremos captar las sutilezas, dramas y silencios del momento, porque, como ya indiqué, aquí los protagonistas no somos nosotros, sino la realidad que ocurre a pesar de nuestra presencia. Tomar una foto con rollo no es, como con un aparato digital, disparar a lo pendejo; primero, porque lo digital es inmediato y permite sacar cuantas fotos quieras y verlas al momento y así decidir cuáles son las buenas, pero con el rollo, uno tiene que sentarse a contemplar, a planear, a esperar el momento, es un proceso complejo donde interviene una serie de fases que al final logran que la experiencia tenga un valor que va por encima de lo desechable, de lo inmediato, de lo banal.

Uno puede captar una historia a través de una foto, pero también se puede crear una historia a partir de la misma. Ambos procesos son válidos y muchas veces se entrelazan. Porque una imagen tiene esta capacidad dual, la de revelar -develar- y la de excitar la imaginación.

Conversando con un amigo que se dedica profesionalmente a la fotografía, comentaba; -ahorita me dedico a fotografiar eventos, ya sabes; bodas, XV años, aniversarios y así. No sabes lo aburrido que es, la vida cotidiana es para volverse loco. Todos los eventos son idénticos, nunca pasa nada. ¿No me crees? Mira la fotos: todos se visten igual, hacen los mismos gestos, beben y comen lo mismo, bailan igual y cuando se termina un evento, le sigue uno igual de tedioso y aburrido que el anterior. Y es que de alguna manera nos complace anquilosarnos en esquemas, ciclos y hábitos que se repiten con un mínimo de variación. Quizá nos da miedo o nos causa ansiedad el cambio, la aventura, hacer las cosas de otra manera, no sé. Tal vez no queremos confrontar lo inesperado. Pero eso es justamente lo que el proceso de contemplación y observación espera: que ocurra cualquier cosa. -Te comento que empecé como reportero de nota roja; al principio era muy emocionante y uno de mis héroes era Enrique Metinides, pero con el tiempo terminé teniendo pesadillas, pues hay que tener estómago para eso. Y así me pasé a cubrir eventos sociales. Hoy trabajo por mi cuenta pero, bueno, para qué te comento: me dedico a retratar gente con sonrisas, falsas, forzadas e inverosímiles en fiestecillas de cocteles con canapés y monigotes vestidos de frac repartiendo vino corriente y darte cuenta que, al igual que yo, están hastiados, hartos de sí mismos, de sus amigos, de su familia, de su trabajo, y así vienen a estos eventos ciclados a ser vistos, a confirmarse a sí mismos el terrible desencanto en el que viven. Yo creo que por eso les gusta que uno los fotografíe, pues quedan mesmerizados con sus propias imágenes, atrapados en esa pesadilla que es su vida.

Yo pienso que lo mejor para sacar una buena foto y para llevar una vida interesante es no esperar que ocurra nada, pero estar atentos y preparados para cuando suceda. 

chefherrera@gmail.com

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