Contracorriente

Clases y tropa: los sacrificados de la seguridad interior

Los soldados y marinos rasos están entre quienes pagarán los costos de perpetuar la situación de violencia con una ley que legitima la presencia de fuerzas armadas en tiempos de paz.

De ellos se habla poco, quizá porque proporcionalmente el número de muertes no resulta tan abrumador como el de civiles abatidos en enfrentamientos con el crimen organizado. Pero cuando se trata de vidas humanas y de integridad física y emocional, cada vida cuenta. Ninguna vida vale más que otra.

En los reportes de la Sedena se informa que “tras los doce años transcurridos contra el narcotráfico, hasta el 31 de octubre de este año, han muerto 530 militares”. Además, reportan que: “Entre enero de 2007 y julio de 2016 elementos del Ejército han sostenido 3 mil 842 enfrentamientos con integrantes de la delincuencia organizada; en el mismo lapso un total de 214 militares fueron diagnosticados con depresión, y otros 91 con ansiedad, todo el marco de la guerra contra el narcotráfico”.

Se ha documentado lo suficiente para evidenciar que en las tropas y las clases —rango más bajo de los grados militares— se ha incrementado el número de integrantes afectados física, psicológica y emocionalmente. Uno de los reportajes más completos que muestra la percepción y experiencia de estos rangos de las fuerzas armadas es el trabajo periodístico coordinado por Daniela Rea. Entre las múltiples citas de los soldados entrevistados, hay una de un soldado de 27 años al que identifica como Javier, que resulta estremecedora: “Cuando estás en un enfrentamiento sudas, entras en un shock de ¿qué va a pasar? ¿Voy a morir aquí? A algunos compañeros los ves llorando, otros repeliendo, otros defendiéndose, otros diciendo ‘órale, cabrón, ¿piensas morir aquí?’ En tu cabeza solo pasa si vas a morir o no. En ese momento, un segundo, unos segundos, te acuerdas de que tienes familia y pones en juego todo lo que tienes y como todos, de que lloren en tu casa, pues que lloren en la de él, lamentablemente”.

Es fácil decidir sobre el destino de otros, sobre los que no tienen voz y están obligados a obedecer, quienes son lanzados a matar y arriesgados a ser asesinados, quienes son sometidos a violar derechos humanos, quienes llevan en su memoria la sangre y los cuerpos de quienes acribillaron, por instrucciones superiores.

¿Defenderían la ley si un hijo o una hermana fueran cadetes o civiles abatidos en fuego cruzado? Seguramente no. Valdría la pena entonces repensar alternativas desde los zapatos de los sacrificados de esta guerra que se pretende perpetuar, aunque ellos no habiten sus hogares.