Doble mirada

De encuestas y creencias

Después del debate se han dado a conocer varias encuestas. Todas ubican el siguiente ordenamiento entre los tres principales candidatos: AMLO, Anaya y Meade. Pero hay una gran discrepancia en torno a la ventaja del primero con el segundo. Reforma la establece en 18 puntos (AMLO 48, Anaya 30) y El Financiero en 20 (AMLO, 46 y Anaya 26). En contraste, la encuestadora BGC encontró una ventaja de nueve puntos (López Obrador 42, Anaya 33) y GEA-ISA de seis (AMLO 37, Anaya 31).  No son las únicas, pero con estas basta para ejemplificar el problema.

Por diversas razones que en este análisis no importan, se ha construido la percepción de que la ventaja real es la de dos dígitos y desde esa perspectiva —convertida en verdad absoluta para los seguidores de López Obrador— quienes sostenemos que la contienda es más cerrada, nuestras mediciones están mal técnicamente o son falsas, inventadas y pagadas por la mafia del poder, ya que queremos puestos en el gobierno. En síntesis, son inválidas por corrupción.

Es entendible y normal que cada quien tienda a creer en aquellas encuestas que favorecen a su candidato y a cuestionar las que no, aunque no hacen falta la retahíla de descalificaciones ni los insultos gratuitos, pues además de infundados, lo que revelan es el enorme miedo que sienten quienes los profieren, de que resulten ciertas. En 2006, los seguidores de AMLO no creían que la elección se había cerrado y dado la vuelta. Me imagino que les aterra que vuelva a suceder y por eso la agresividad de las descalificaciones.

La verdad es que ningún encuestador puede aportar un dato, uno solo, externo a las encuestas, que indique que la verdadera medición es la abierta, la de 20 puntos, o la apretada de seis. No hay manera de saberlo. Cualquiera puede ser la correcta, pero obviamente no las dos. El hecho es que estamos ante dos grupos de encuestas que presentan versiones distintas de las preferencias ciudadanas. Los únicos datos que dirán cuáles estaban en lo correcto y cuáles fallaron serán los resultados de los comicios. Pero como no están disponibles, se usan otro tipo de argumentos para tratar de convencer de que la versión correcta es alguna de ellas.

Por ejemplo, los ejercicios agregadores de encuestas ya sea para estimar el promedio simple o con algún algoritmo más sofisticado; el problema es que esos ejercicios minimizan las encuestas que están en los extremos al suponer que el resultado correcto es el promedio, sin que tampoco haya evidencia para ello. De hecho, en algunas ocasiones la encuesta llamada outsider, o fuera de la norma, ha sido la más acertada. En marzo de 2006, cuando todas las encuestas apuntaban una ventaja promedio de 10 puntos de AMLO sobre Calderón, GEA-ISA publicó la suya diciendo que el panista había rebasado por dos puntos a López Obrador. Y ese fue el caso.

El otro argumento es cuantitativo: como hay más encuestas que dicen que AMLO lleva una ventaja de dos dígitos y solo dos que afirman una ventaja menor de 10 puntos, las correctas son las primeras por el hecho de que son más. Tampoco se sostiene el argumento. En mayo de 2000, un spot del PRI decía que hasta esa fecha se habían publicado 41 encuestas, de las cuales 39 daban como ganador a Labastida y solo dos, de GEA-ISA, decían que Fox iba adelante. Ya sabemos cuál fue el desenlace. Además, en 2012, la mayoría de las casas encuestadoras —incluida la de GEA-ISA— nos equivocamos al sobrestimar la ventaja de Peña Nieto sobre López Obrador. Pudiera estar ocurriendo de nuevo la sobrestimación, ahora de AMLO. No sabemos.

Ningún encuestador tiene la verdad ni nadie es infalible. Todos hemos acertado y fallado. Hay dos escenarios y cualquiera puede ser cierto. Aliviánense.