Entre Paréntesis

La nueva policía

La decisión es absurda, pero no tiene vuelta de hoja: el Ejército va a ejercer de manera permanente funciones de policía. La ley no deja lugar a dudas: “corresponde a las fuerzas armadas identificar, prevenir, atender, reducir y contener las amenazas a la seguridad”. Es un cambio institucional mucho más grave de lo que se quiere admitir, un golpe al federalismo cuyas consecuencias son todavía difíciles de estimar. Habrá quien lo festeje, importa tenerlo claro.

A pesar de todos los rodeos, adornos y circunloquios de la ley, habrá inevitablemente conflictos de jurisdicción porque al Ejército corresponde ahora mucho, casi todo, lo que correspondía al resto de las fuerzas de orden público, empezando por el Cisen. Está claro que cuando haya una Declaratoria de Amenaza habrá un comandante del Ejército al que tendrán que subordinarse todas las demás autoridades. Pero no se dice qué relación tendrán cotidianamente los militares con las demás policías.

Los gobernadores, los presidentes municipales, han aceptado con una naturalidad sorprendente una merma muy sustantiva de su poder, lo mismo que las procuradurías: de aquí en adelante, todos saben que están bajo la vigilancia del Ejército, cuya información además está protegida como materia de seguridad nacional. La palabra “militarización” estorba; el problema es el cambio en la arquitectura institucional: de hecho, significa la creación de una policía nacional, con facultades amplísimas, dependiente del presidente de la República —aunque nunca se discutió en esos términos.

En realidad, nunca se discutieron las dificultades prácticas del cambio. Para empezar, una. Se ha dicho hasta el aburrimiento que la crisis de seguridad resulta de que las policías municipales están mal preparadas. Bien, ¿y el Ejército? ¿Por qué se supone que está mejor preparado como policía? Tiene más disciplina, mejor armamento, mejor imagen pública, muchos más efectivos, pero no está claro que nada de eso sirva para que los militares sean buenos policías. Por lo menos, habría que pedir un cambio radical en los cursos de formación del Ejército. Eso para empezar.

Si se piensa un poco, lo más sorprendente es que los militares estén conformes, y contentos, con la ley.