La letra desobediente

Sergio Pitol, el discreto

No iba a escribir de ti, pero el impulso me llevó a tus libros. Nunca el viaje a Estambul fue mejor que con Domar a la divina garza. Las mujeres en tus libros siempre son personajes lejos de la misoginia o el machismo intelectual de escritores sin respeto al género. Y Marietta Karapetiz en el Bósforo es señal inequívoca de tu grandeza literaria. Ahí donde Gógol es un invitado a la discusión sobre la literatura universal.

Creaste con tus mujeres tu Tríptico del carnaval: el desfile del amor o Delfina Uribe y la pasión por los jóvenes, La vida conyugal o las venganzas de Jacqueline Cascorro, Domar a la divina garza o la venenosa lengua de Marietta Karapetiz. Las amé. Las odié. Las temí. Mujeres imprevisibles, trágicas y cómicas, dispuestas a comer el plato del enemigo. El humor de tus libros supera en mucho a los de Jorge Ibargüengoitia, porque a ti no te interesó la risa en la caricatura sobre los héroes, sino el sarcasmo y sus consecuencias.

Cuando después de 35 años de viajes por el mundo regresas a México, en 1989 se abre la invención de tu escritura a la literatura sin género, esa que va del ensayo a la memoria, a la crónica, al diario y a la carta junto con tus sueños. Nace El arte de la fuga, El mago de Viena y El viaje, entre otros. Sin respeto alguno por los géneros literarios brindas al lector enseñanzas de vida, sabiduría e irreverencia para existir pero, sobre todo, comprensión de los clásicos de la literatura.

Tuve el privilegio de estar cerca de ti por mi trabajo de reportero. Te entrevisté varias veces y creo que fallé siempre con mis preguntas, pero tú componías todo con tus respuestas. Luego, por mi oficio de editor, en una plática te sugerí hacer un libro de cuentos que te habían marcado en tu obra. Surgió Los cuentos de una vida, antologados por ti. Un privilegio y un orgullo haber trabajado más de un año para lograr los permisos de los autores incluidos. El libro se convirtió inmediatamente en uno para talleres literarios.

Cómo no agradecerte tus libros, tus palabras, tus actos solidarios. Eras un caballero. No te fuiste. Permaneces. La prueba son tus obras.


TRASPIÉ: No quiero omitir que pocos saben que en tu oficio de editor y traductor hiciste mucho por los gays en esos “Cuadernos ínfimos” que publicaba Tusquets con títulos sugeridos por ti: Los primeros movimientos a favor de los derechos homosexuales. 1864–1935, o los dos tomos de Cónsules de Sodoma, con entrevistas a escritores homosexuales. Tú, tan discreto y ahí estabas al lado de Carlos Monsiváis incitando a crear movimiento gay en México, desde los 70.

Gracias, Sergio.