Analecta de las horas

Del acoso al puritanismo

Debemos a las más talentosas mujeres francesas la invención de los salones donde, de igual a igual, discutían en pleno siglo XVIII con los grandes filósofos, escritores y artistas de su tiempo. También les agradecemos la reivindicación, desde la moda, de una forma libre de ser mujer, sin esclavizantes complacencias hacia la mirada masculina.

Huelga decir que la mayor parte de los conceptos y prácticas sobre la libertad sexual en el siglo XX estuvieron iluminados o fueron directamente concebidos por extraordinarias cortesanas y aun geniales libertinas que dejaron deslumbrantes testimonios de ambición vital, amorosa e intelectual (los de estas mujeres ocupan un lugar privilegiado entre los intercambios epistolares más sublimes y profundos que conoce la humanidad).

Quizás no sería justo decir que las francesas inventaron el feminismo, pero indudablemente éste no podría concebirse sin la intervención de algunas de ellas. En todo caso, la condición femenina, sus libertades y hazañas han sido imaginadas, proyectadas y realizadas por muchas de esas damas galas a las que es imposible mencionar en su totalidad, pero que desde Juana de Arco hasta Madame Curie, pasando por Madame Du Deffand, sin olvidar a Simone de Beauvoir y Anaïs Nin, han hecho una contribución fundamental a todo eso que ahora resulta perfectamente normal en las sociedades occidentales: educación, derecho a disponer de su cuerpo, igualdad en muchos terrenos (si bien aún hay mucho por hacer) y otros tantos aspectos que dieron forma a la llamada liberación femenina.

No nos debe extrañar, pues, que su reacción frente a movimientos como #MeToo haya sido un manifiesto en el que piden poner poner un alto a la histeria puritana desatada en nombre de la dignidad de las mujeres. Todo ha sucedido, como bien se sabe, a partir del acoso sexual, esa abominable e indefendible práctica ejercida desde algún tipo de poder, en la mayoría de los casos por hombres (pero no solamente por ellos, ni tampoco solo por heterosexuales, como es necesario asumir para hablar con toda propiedad acerca del tema).

Tras los abusos perpetrados durante años en Hollywood por el señor Weinstein, y de la denuncia masiva que ha tomado forma en las redes, queda claro que las actrices tienen sobrados motivos para asistir vestidas de luto a la ceremonia de los Globos de Oro en protesta por las agresiones que han sufrido.

Crecen con justa razón la indignación y las acciones legales frente al abuso de personajes como Weinstein, pero también, a su sombra, se multiplican la paranoia, el puritanismo y las tendencias más retrógradas de un supuesto feminismo que ve en todos los hombres una amenaza. Igualmente, en nombre de la corrección, la censura y autocensura en museos, publicaciones, el cine, la radio y la televisión van en aumento, toda vez que se abordan “en forma inapropiada” diversas temas que los colectivos “feministas” y conservadores sienten como suyos y, por lo mismo, pretenden ser quienes den la última palabra sobre cómo deben ser presentados o abordados.

Esto lo han detectado con agudeza y talento mujeres artistas e intelectuales al otro lado del Atlántico, y lo han dado a conocer en un manifiesto publicado hace unos días en Le Monde. Lo suscriben personajes como la actriz Catherine Deneuve, la escritora Catherine Millet, la cantante Ingrid Caven, la editora Joëlle Losfeld, la cineasta Brigitte Sy, la artista Gloria Friedmann y la ilustradora Stéphanie Blake.

Su abordaje no podía ser más directo y sin mojigaterías: “La violación es un crimen. Pero la seducción insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista”. Tan evidente como puede ser la diferencia entre usar la violencia física y verbal, y espetar un piropo o enviarle flores a “una desconocida”.

Me queda claro que muchos de nuestros personajes más entrañables de la literatura y el cine —en la medida en que se han acercado a sus amadas, hasta entonces “unas desconocidas”, con audacia y claras intenciones amorosas—estarían en prisión en este momento, acusados de acoso, machismo y “aviesas intenciones”.

Infinidad de mujeres no tendrían hoy pareja si no fuera porque respondieron a un “hola” o un piropo explícito. ¿Qué podrían contarles algunas de ellas a sus hijos? ¿Que cuando su padre se acercó a ellas sin conocerlas siquiera ellas no sabían que eso era “acoso”?

Las francesas que firmaron el documento en cuestión lo expresan con claridad: “El filósofo Ruwen Ogien defendió la libertad de ofender como algo indispensable para la creación artística. De la misma manera, nosotras defendemos una libertad de importunar, indispensable para la libertad sexual”. Y dicen más: “Como mujeres, no nos reconocemos en este feminismo que, más allá de la denuncia de los abusos de poder, toma el rostro del odio a los hombres y a la sexualidad”.

Son reflexiones y perspectivas que bien harían en tomar en cuenta las mujeres que quieran afrontar su problemática (que no es menor) con rigor, inteligencia y tolerancia.

ariel2001@prodigy.net.mx