El nuevo desorden mundial

Hoy la desglobalización y el conflicto entre naciones pueden volverse realidad.
“Un líder que llama a sus funcionarios a procesar a sus antiguos oponentes es un aspirante a dictador, no un demócrata”.
“Un líder que llama a sus funcionarios a procesar a sus antiguos oponentes es un aspirante a dictador, no un demócrata”. (Shutterstock)

Llegamos al final de un periodo económico, el de la globalización encabezada por Occidente, y uno geopolítico, el “momento unipolar” posterior a la Guerra Fría. Esto es lo que argumenté hace casi un año. La pregunta era si el mundo experimentaría la desarticulación del orden liberal posterior a la Segunda Guerra Mundial creado por Estados Unidos (EU) para entrar en la desglobalización y el conflicto, o veríamos el resurgimiento de la cooperación.

A un año de que comenzó la presidencia de Donald Trump, debemos regresar a ese punto. En pocas palabras, la desarticulación es aún más probable.

El presidente Trump, todos los días viola el comportamiento y las actitudes que el mundo espera de un mandatario estadouni­dense. Pero la explotación del cargo para su ganancia personal, la indiferencia a la verdad y el ataque a las instituciones de una república regida por ley son de esperarse.

Una democracia liberal solo sobrevive si los participantes reconocen la legitimidad de los otros participantes. Un líder que llama a sus funcionarios a procesar a sus antiguos oponentes es un aspirante a dicta­dor, no un demócrata.

La personalidad es una cosa, las acciones son algo muy distinto. Hasta el momento, Trump ha gobernado como un republicano “plutopopulista” tradicional, entregando polí­ticas a la plutocracia. Sin embargo, sus características todavía están por verse en cuanto a su actitud mercenaria con las alianzas de EU y las opiniones mercantilistas sobre el comercio.

La presidencia de Trump debilitó la causa de la democracia liberal (que se basa en un estado de derecho neutral). En los antiguos países comunistas de Europa del Este, el estilo de dictadura de plebiscito llamado de manera eufemística “democracia no liberal”, es una característica de la Rusia de Vladimir Putin que seduce a admiradores y alienta a los imi­tadores. La estrecha victoria de Tayyip Recep Erdogan en el referéndum sobre el poder presidencial también llevó a Turquía en esa dirección.

Sin embargo, con el referéndum del Brexit, que realizó el Reino Unido en 2016, no ocurrió así. Hasta el momento todavía no atrae a imitadores dentro de la Unión Europea. En Francia, Emmanuel Macron detuvo la ola populista y xenofóbica. Pero las elecciones alemanas debilitaron la capacidad de ese país para responder a Macron, mientras que las próximas elecciones italianas podrían llegar a ser disruptivas no solamente para Italia, sino para la zona euro.

Es probable que el acontecimiento político más importante de 2017 haya ocurrido en China. Xi Jinping en apariencia estableció la supre­macía sobre el Partido Comunista y fortaleció el poder del partido sobre el Estado, y del Estado sobre el pueblo chino. En 2017, entonces, la au­tocracia estuvo en ascenso. “La recesión democrática” continúa. Así que la pregunta es: ¿qué ocurrió con la cooperación global?

En EU también vimos acontecimientos significativos. Uno fue la decisión de Trump de retirar a su país de la Asociación Trans­pacífico (TPP, por sus siglas en inglés), en la que aliados de EU, sobre todo Japón, invirtieron tanto, y otro es la renegocia­ción del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) que va por su sexta ronda de pláticas, sin que todavía se defina el posible futuro de la asociación.

También la decisión de la administración estadounidense de retirarse del acuerdo climático de París. En la dirección opuesta estuvo el intento retórico de Xi de tomar el mando de la globalización.

Otros factores antiglobalización son, por ejemplo, la posición de los países de altos ingresos que, aunque todavía con un gran poder, están en relativo declive.

El gasto militar de China aumenta con fuerza, en comparación con el de EU, aunque todavía se mantiene en una relación de solo 2% del Pro­ducto Interno Bruto.

La participación de países de altos ingresos en la producción mundial tuvo una caída de alrededor de 20 puntos porcentuales desde que co­menzó el siglo, a precios de mercado, y su participación en el comercio mundial de mercancías sufrió una caída de 17 puntos.

A continuación algunas implicaciones.

En primer lugar, estos acontecimientos políticos fracturaron Occidente como una entidad ideológicamente coherente. La estrecha cooperación entre los países de altos ingresos en gran medida fue la creación del poder y voluntad de EU. El centro de ese poder en la actualidad repudia los valores y la percepción de los intereses que sustentaron esa idea, lo cual cambia todo.

En segundo lugar, los ideales de Occidente en la era moderna de la democracia y mercados globales liberales, perdieron prestigio y atrac­tivo, no solo para los países emergentes y en desarrollo, sino para las mismas naciones de altos ingresos. Si bien no hay un sistema alternativo que sea el preferido, el atractivo de los populistas xenófobos y autoritarios (que a menudo son los mismos) aumentó.

Por último, existe un riesgo real de un conflicto entre EU y China, como argumenta Graham Allison, de Harvard, en su libro, Destined for War. Los optimistas dicen, con razón, que la interdependencia económica y las armas nucleares hacen que la guerra sea una locura. Los pesimistas responden que el ser humano tiene una gran capacidad para llegar al desastre. Tal vez los generales que rodean a Trump no logren controlarlo. Tal vez incluso promuevan una desas­trosa guerra con Corea del Norte.