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Domingo , 15.07.2018 / 23:39 Hoy

Un compositor teatral

El hilo narrativo principal de las memorias del músico estadunidense Philip Glass, Palabras sin música (Malpaso, España, 2017)

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Silvia Herrera

Solo podía ser la exposición de cómo ha llegado a ser el reconocido músico que es en la actualidad. En la presentación que hizo de su libro en México hace poco, al hablar de por qué se convirtió en músico, Glass no lanzó un discurso intelectualizante y apeló a la palabra “vocación”, es decir, que nació para eso. Para llegar a realizarse su entorno familiar y social jugó un papel determinante. En su familia, su madre se preocupó por que sus hijos tuvieran una educación integral; por lo que no le faltaron las clases de música (sus hermanos estudiaron piano, y él, flauta). Su padre era dueño de una tienda de discos y ahí, aparte de la popular, comenzó a escuchar música clásica. Y no solo a los compositores tradicionales, sino también a las vanguardias de principios del siglo XX (Schoenberg y Stravinsky). De manera personal, Glass, miembro de una familia judía no practicante, ha basado la búsqueda de su perfeccionamiento dentro del vegetarianismo, el hatha yoga, el budismo mahayana, el taoísmo y el taichí, y el pensamiento tolteca, cultura a la que dedicó su Sinfonía 7. Desde los 8 años estudió música de manera formal, se hizo universitario precozmente y, becado, asistió a la prestigiosa escuela Juilliard y fue discípulo de la rigurosa Nadia Boulanger en París, estancia en la que conoció a Ravi Shankar. La etapa formativa concluye en 1967, cuando regresa a Nueva York, ya casado con su primera pareja, que se dedicaba a las artes escénicas.

Desde ese momento comienza a trabajar en su música, que con la de otros creadores —La Monte Young, Tony Conrad, Terry Riley, Steve Reich— forman los fundamentos de lo que se conocerá como minimalismo. Aunque posteriormente los críticos añadirán al movimiento otros compositores como Michael Nyman, Arvo Pärt y Henryk Górecki. Lo que podemos llamar el minimalismo norteamericano es propiamente la última vanguardia musical del siglo XX y lo que Glass escribe en Palabras sin música es su aportación. Si a la pregunta de si era minimalista respondía que no, que era “un compositor teatral”, se debe a que este hijo asumido de John Cage se formó relacionándose con gente de otras artes como el teatro, la danza, el cine y la pintura, y de esa interconexión nace la fuerza de su música; pero asimismo, por las personalidades que aparecen, su testimonio se convierte en una historia cultural del Nueva York de la época. Después de la lectura del libro, la música de Glass se escuchará con otra perspectiva.

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