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Viernes , 22.06.2018 / 21:10 Hoy

Rodrigo Lebrija: “El ritual de la tauromaquia es muy serio”

'El brujo de Apizaco' reconstruye la trágica vida del matador Rodolfo Rodríguez González El Pana


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Víctor González

Pocos toreros como Rodolfo Rodríguez González, mejor conocido como El Pana, de origen humilde, que fue panadero, sepulturero, cargador de bultos y vendedor de gelatinas, antes de llegar a las plazas. Hombre complejo, se jugó el pellejo dentro y fuera del ruedo. El cineasta Rodrigo Lebrija encontró en la bipolaridad y el alcoholismo del matador los ingredientes necesarios para hacer un filme sobre la vida y la muerte. El resultado es El brujo de Apizaco, documental que va más allá de la tauromaquia.

¿Cómo llega a la historia de El Pana?

Mi familia es muy taurina. Desde pequeño fui a verlo torear; tiempo después lo vi en una ganadería en Tlaxcala, declamando un poema llamado “El feo”, referente a sí mismo. Ambas cosas me impresionaron. Más adelante busqué a Heriberto Murrieta para pedirle trabajo. No me ofreció nada en concreto salvo la propuesta de filmar a El Pana, quien toreaba con Morante de la Puebla, en Madrid. Me fui cuatro días antes para ver si podía entrevistarlo. Sin conocerme de nada accedió a contarme su vida en media hora. Ahí fue cuando descubrí que tenía a todo un personaje.

¿Tuvo en cuenta la polémica que hay alrededor de la tauromaquia al filmar la película?

Soy un humanista y de pronto me causa gracia que los antitaurinos protesten violentamente, cuando el país tiene problemas de corrupción e inseguridad más fuertes. Además, el ritual de la tauromaquia es muy serio. Se desvirtúa a partir de quitarle profesionalismo y de convertir la Plaza México en una gran cantina. Cuando el ritual es serio y cumple todos los cánones, cobra otra dimensión.

Muestra al torero con todas sus aristas, su prestancia ante la muerte y su adicción a la bebida.

Un torero se juega la vida y mi película se trata de la vida y la muerte. Yo no tengo ningún compromiso con nadie, ni siquiera tengo productora. No podía dejar pasar a un personaje capaz de tocar lo más sublime y lo más bajo de los sentimientos humanos, y que incluso tiene la capacidad de contarlo ante la cámara. Cuando murió, recibí llamadas de su familia que me pedía que matizara, pero me negué porque al final lo que trascenderá de la película es su testimonio, no él, ni yo.

¿Cómo consiguió que hablara de su alcoholismo?

No fue fácil. La única escena donde se le ve bebido la filmé de chiripa. Si algo hace distinto al documental es que accede a un gitano loco, sin teléfono. No había manera de encontrarlo. Yo me lo topaba cuando sabía que tenía corrida o cuando estaba en el hospital. Me llegó a pasar que iba a la plaza, filmaba la faena y después se me perdía.

Ante esta incertidumbre, ¿cómo construyó la narrativa de la película?

Cuando regresé de Madrid, Heriberto Murrieta me puso en contacto con Elesban Solano, quien tiene filmada la vida de El Pana en ocho milímetros, sin ninguna intención comercial. Le ofrecí dinero y digitalizarle el material, a cambio del mismo. A partir de ese momento me concentré en el ser humano y en su alcoholismo, gracias a que ya tenía imágenes de su vida interior.

¿No le preocupó ser demasiado moralista en relación al alcoholismo?

No sé si sea moralino o no, pero conozco de cerca el sufrimiento que genera el alcoholismo. La cuestión es que como es light, minimizamos sus efectos.

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