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Martes , 19.06.2018 / 11:23 Hoy

Ricardo Piglia: la derrota de lo real

El 6 de enero murió uno de los más versátiles escritores argentinos, heredero de las ficciones de Witold Gombrowicz, Roberto Arlt y Jorge Luis Borges

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Carlos Rubio Rosell

Tras el éxito fuera de su natal Argentina con obras como las novelas Respiración artificial (1980) y Plata quemada (1997), o los ensayos Crítica y ficción (2001), Formas breves (1999) y El último lector (2005), Ricardo Piglia (Buenos Aires, 1941) fue el centro de una semana de autor que le dedicó la Casa de América de Madrid en 2008 y, aunque reacio a los homenajes y a las consagraciones pomposas, tuve la oportunidad de entrevistarlo por primera vez en la capital española. Me encontré a un hombre sencillo, un tanto reservado y casi podría decir que tímido, aunque al sentarnos a conversar su palabra descubrió a una persona vibrante que expresaba sus ideas con ímpetu.

Recuerdo que en una de las muchas conversaciones que generosamente me permitió tener con él a partir de aquel año, cada vez que visitaba Madrid, le pregunté cómo le gustaría, a él que era un consumado académico universitario, que se le estudiara en un lejano futuro, y sus palabras lo retratan mejor que cualquier instantánea:

—Lo mejor que uno puede esperar que se diga, si es que se dice algo, es que uno ha sido fiel y honesto a ciertas obsesiones propias y a cierto universo que quiso captar y narrar. Ese sería el mayor elogio que un escritor puede esperar. Después, como la calidad y el valor son históricos y dependen de elementos que no son solo la obra, sería arrogante pensar que escribe para ser considerado en el futuro, porque uno escribe para sus contemporáneos. Carlos Fuentes tiene una frase muy buena: “El inconveniente de la inmortalidad es que está destinada a los muertos”. Respecto a las categorías, creo que en el futuro los latinoamericanos habremos perdido esa suerte de marca esquemática que solemos tener, y quizá podríamos imaginar que se respetará lo que suelo llamar áreas localizadas de tradiciones: el Caribe, México, la región andina, Río de la Plata... Todos somos una unidad, pero esa unidad debe reconocer cada vez más las diversidades de cada área.

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En aquella primera conversación, Piglia me aseguró que además de sentirse honrado por el reconocimiento que representaba que en España le dedicaran una semana de charlas y encuentros al análisis de su obra, era importante que existiera “una tradición que defienda la continuidad con el pasado y la cultura en un tiempo en el que todo sucede en un presente demasiado rápido”.

“Estamos siempre empezando”, decía al respecto. “Un escritor establece una distinción muy clara entre el momento de la escritura y lo que sucede luego con la circulación y recepción de los textos. Son universos muy distintos y dos personas muy diferentes las que hacen una cosa y la otra y no hay relación entre ambas: uno puede escribir una obra de extraordinaria calidad y nadie se entera, o puede escribir una obra muy trivial y recibir todos los homenajes imaginables. Así que lo central es que uno encuentre un sentido fundamental en eso que hace mientras está trabajando”.

Piglia disfrutaba en ese momento los últimos días de un año sabático que terminaría en pocos meses para volver a su cátedra de Literatura en la Universidad de Princeton. Estaba, me dijo, concentrado en la escritura de una novela en la que llevaba trabajando intermitentemente en los últimos meses y que en 2010 se publicó bajo el título de Blanco nocturno, que sucede durante la guerra de las Malvinas, que no es su tema central, sino el modo en que los acontecimientos influyen en la vida cotidiana de los personajes.

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El 2 de junio de 2011 se anunció que Piglia se alzaba con el Premio Rómulo Gallegos por su novela Blanco nocturno, publicada en Barcelona un año antes. Discreto, modesto y muchos años casi secreto, Piglia al fin recibía la consagración internacional que merecía. Una semana después, visitaba Madrid para participar en unas charlas sobre el 25 aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges.

Borges, explicaba, era un autor clave en su universo literario y en su opinión seguía teniendo algo de misterioso y enigmático. “La obra de Borges se renueva con cada lectura y confío en que pueda seguir suscitando la voluntad de volver a leerla, porque hay aspectos en ella que parecen renacer, porque la vigencia de la obra borgeana consiste en un permanente contacto con las renovaciones de la cultura contemporánea. Muchos de sus textos han estado ligados de una manera invisible y casi como un oráculo a la circulación cultural y la dinámica que tiene hoy la circulación de la información en Internet, ya que los textos de Borges pueden ser leídos por los jóvenes como algo referido a la cultura que estamos viviendo. Borges siempre trabajó con la idea de realidades virtuales entendidas como lo fantástico”.

Respecto al recorrido central de su propia obra literaria, Piglia la ubicaba en ese momento “entre los personajes como motor de las intrigas, donde lo común es que persigan siempre la ilusión y no se resignen a la realidad tal como es, intentando avanzar en procesión de ciertos ideales que por momentos parecen contrarios a la lógica de lo real. Esa ha sido siempre para mí la sensación que he tenido al empezar a pensar en los personajes de las novelas o los cuentos; personajes que parecen tener una experiencia más profunda que los lectores. Ahí estaría para mí la ilusión de los libros, en escribirlos con personajes que puedan avanzar en una línea de experiencia que nos permita reflexionar de otra manera sobre la realidad”.

En el plano ensayístico, la obra de Piglia se interesaba, manifestó, en la noción de tradición, entendida como el modo en que nos conectamos con la cultura. “La tradición como punto de partida para conectarnos con la herencia cultural, ya que me parece que en América Latina éste ha sido siempre un elemento que está presente desde las luchas de independencia, planteando cómo construimos nuestra propia identidad”.

A nivel estilístico, su escritura se había llevado a cabo, explicó, bajo una ilusión de claridad. “Claridad no quiere decir simplificación, sino tratar de expresar y que la prosa ayude a aclarar lo que uno mismo trata de decir escribiendo. Ese es el registro al que estoy atento cuando corrijo los textos”.

Por otro lado, también era importante para Piglia la noción de “tono”, es decir, la relación del narrador con aquello que estaba contando. “Siempre me planteo si es una relación irónica, apasionada. El tipo de conexión que tiene el que narra, que puede ser un personaje o un narrador en tercera persona, y encontrar el ritmo de la prosa que dé esa sensación sin hacerla explícita, es para mí una cuestión presente”.

De entre muchos autores que citaba, Piglia reconocía como gran maestro decisivo para su oficio de escritor a Juan Rulfo. “Borges fue para mi generación un punto de referencia, ya que propuso un nivel de exigencia e interés literario muy alto; pero Rulfo me mostró una claridad y una capacidad lírica en la prosa que me permitió decir cosas muy diversas con pocas palabras y sencillas”.

En aquella conversación, Piglia me habló de un libro que estaba escribiendo, una colección de relatos que se titularía Historias personales, en la cual se preguntaría qué es una historia personal y que quería terminar a finales de ese año. “No siempre lo que llamamos historias personales son aquellas que hemos vivido, pues a veces son historias que nos impresionan. En este libro muchas son historias relativamente autobiográficas y conectadas con experiencias personales, y en otros casos son esas historias posibles que todos tenemos, las historias que hubiéramos querido vivir o las historias que alguien nos ha contado y nos ha parecido que nos ayudan a entender nuestra propia vida y experiencia, lo que de alguna forma amplifica nuestra noción de historia personal”.

Cercano a México, Piglia se mostró preocupado por la violencia que tenía lugar en nuestro país, que siempre había sido para los latinoamericanos, dijo, “una referencia”. “La literatura ha tenido acercamientos a este fenómeno, como fue el caso de la novela de Roberto Bolaño, 2666, una obra que sin ser una narración fotográfica de los hechos apunta a la idea de esa violencia irracional.

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En septiembre de 2013, Piglia regresó a España para presentar una nueva novela, El camino de Ida, motivo por el que nos encontramos una vez más en un pequeño salón de la Casa de América de Madrid.

Al comienzo de la charla, Piglia reconoció que, al igual que la mayoría de sus narraciones de ficción, esta nueva novela tenía una estructura autobiográfica, ya que en su literatura había dos cosas que consideraba imprescindibles: nunca escribir sobre un lugar en el que no hubiera vivido, no solo por conocimiento de las calles y los lugares, sino por la sensación que le permitía empezar a inventar a partir de conocer un lugar, y que lo narrado tuviera que partir de un tipo de hecho de su propia vida, algo que alguien le hubiera contado o alguien a quien él hubiera conocido produciéndole una emoción particular. En resumen, Piglia sostenía que se trataba de transmitir “un sentimiento autobiográfico y personal, porque la clave de la literatura”, subrayó, “es transmitir la experiencia”.

En Blanco nocturno el hecho desencadenante había sido, explicó, la experiencia de un primo suyo, quien había levantado una impresionante fábrica en medio de la pampa argentina, y en el caso de El camino de Ida se trataba de una experiencia real: la sensación de sentirse extranjero, algo que para él era un sentimiento cada vez más universal. “Hoy mucha gente emigra por razones económicas y a veces vive como ilegal y tiene una experiencia aguda de lo que es esa sensación de estar y parecer que no se está. El camino de Ida trata de transmitir la sensación de alguien incorporado a la vida académica, yo, como profesor, que no podía dejar de lado esa mirada un poco exagerada sobre la vida y tener esa sensación de distancia”.

El camino de Ida era, señaló, una frase que tenía la resonancia de un camino sin retorno, de una decisión que implicaba riesgos y de la que uno no sabía qué resultados obtener. La novela cuenta con un personaje habitual en las novelas de Piglia, Emilio Renzi, quien llega a un campus universitario en Estados Unidos para impartir un seminario invitado por la profesora Ida Brown, con quien vive un fugaz romance hasta que ella muere en un accidente de forma extraña y aparece con una mano quemada, lo que la vincula a una serie de atentados contra figuras del mundo académico. “Avanzar en la narración implica la toma de una serie de decisiones que no se pueden explicar muy bien; por ejemplo, qué lleva a Ida a morir rápido. Me interesaba que Renzi estuviera más implicado en la situación, que quedara más alucinado después de la sorpresa terrible que se lleva. Y es que ¿quién no ha vivido la sensación de pérdida que lo desestructura totalmente?”

Renzi contrata entonces a un detective privado que, además de iluminar la situación, le brinda lecciones prácticas sobre la violencia en Estados Unidos. “Ahí volvemos a los materiales autobiográficos, que se pueden entender no solo como materiales personales sino como piedras reales que uno pone en la ficción para sostener el edificio. Yo, efectivamente, conocí a un detective privado en California, y que leyera novelas policiales todo el tiempo fue para mí un acontecimiento, así que muchos elementos que tiene Parker, el detective de la novela, fueron tomados de ese detective que no sale a la calle”.

Piglia aclaró que con todo ello quería decir que algunos hechos vividos de manera tangencial, de pronto sirven como base para una narración. “Se avanza a oscuras, aunque una de las claves es que hay que tomar decisiones todo el tiempo, y esas decisiones no se toman con toda la claridad que uno tiene cuando la novela se ha terminado. Uno tiene la sensación de que después de las primeras 50 o 70 páginas, las decisiones ya están mucho más enmarcadas, ya no son tan libres. Uno avanza sobre una trama que comienza a tomar carácter propio y por lo tanto trabaja decidiendo en una dirección”.

Piglia destacó que en toda narración siempre había algo que el autor intentaba entender pero que no entendía del todo, y que en la novela no lo descifraba en un sentido pleno, aunque al menos planteaba el problema.

Autor de una sólida obra narrativa y ensayística, Piglia desveló que una de sus máximas ilusiones como escritor era construir la vida de Emilio Renzi, personaje que asumía como una especie de alter ego. “Quizá toda mi obra sean distintos momentos en la vida de una persona que está dando la mayor cantidad posible de elementos. Así que a veces tengo la idea de escribir de otros momentos, de manera que pueda decir que a lo largo de mi vida he tratado de escribir historias distintas recorriendo la experiencia de alguien que no soy yo pero que se parece a mí, alguien que tiene elementos biográficos míos, pero que en realidad es un hombre de nuestro tiempo que ha vivido las experiencias históricas y de vida de hoy, muy marcado por la literatura”.

Para cerrar la charla, le pedí a Piglia que reflexionara sobre el futuro de la novela. “No tengo preocupación ni veo que el género corra ningún peligro, aunque veo una sociedad que tiende a poner lo real en primer plano. La imaginación, la ilusión, esas zonas, están siendo sofocadas por la tentación de lo real que tiene que ver con la información, con la cadena infinita de informaciones que nos rodean y nos agobian, con la explosión de los documentales. Así que la ficción está un poco más contenida, si bien su gran valor es que puede expresar lo que piensan y sienten los personajes, algo que en la realidad es imposible. En la novela es más fácil saber cuáles son los pensamientos secretos y las ambiciones de los personajes, mientras que en la vida real tenemos versiones que nos vamos dando y a veces nos pegamos desencantos. La novela tiene esa virtud y por eso la leemos. En definitiva, encontramos en ella lo que nos pasa a nosotros mismos. Tenemos ideas locas, ideas que nos obsesionan, y las novelas nos dan cierto sosiego. En ese punto, en esa zona intersubjetiva, la novela tiene garantizada su continuidad”.

Ese era Ricardo Emilio Piglia Renzi, fallecido el 6 de enero en Buenos Aires.

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