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Domingo , 15.07.2018 / 23:31 Hoy

¡Navidad: a romper su cochinito!

Los tres hijos de ‘La Gordis’ trabajaban como aguadores durante todo el año y en diciembre rompían sus alcancías para ir por ropa al Centro y estrenar en la Nochebuena.

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Emiliano Pérez Cruz

Qué te parece imposible. ¡Te lo juro!, ahorrábamos durante todo el año y un día antes de Nochebuena cada uno de los tres hermanos ya teníamos la ropa que estrenaríamos el 24 de diciembre. ¿Cómo obteníamos lana? Ningún misterio: desde pequeños La Gordis, mi amá, nos enseñó a trabajar en lo que fuera, nos insistió en ser acomedidos: un güevón no cabe en ningún lugar, decía.

Una de las vecinas salió un día de su vivienda, atravesó el baldío que separaba su casa de la nuestra y pidió a La Gordis nos permitiera acarrearle agua, pues en su calle no había tomas domiciliarias y no se daba abasto con tanto quehacer y chiquillos. La jefa aceptó: habilitó latas vacías de cuatro litros, les agregó cadenas con ganchos, que colgó a cada extremo de un palo de escoba: fue nuestro primer aguantador; con un bote en cada extremo, atravesábamos el palo sobre nuestros hombros y con mi hermano Alfredo surtimos esos primeros pedidos, a cambio de unas monedas.

Cuando tuvo edad suficiente, Ricardo se incorporó y fuimos felices aguadores. La población aumentó, los pedidos y la competencia crecieron: el oficio se popularizó y los teporochos se empecinaron en ganarnos la clientela. Las tomas públicas vieron crecer hileras de botes, cubetas, después tinas y hasta tinacos de 200 litros. No faltaban los tracaleros; adelantaban sus recipientes y ocasionaban reclamos: te pasas, güey; yo llegué primero y tú estabas al final de la cola.

Prendían los arrempujones, trompadas, patadas y el descontón, hasta llegar a la batalla campal entre señoras que se jalaban cabellos y hasta pelos de por allá. La lucha por el líquido, que las clientas esperaban para lavar garras y cacharros; el agua jabonosa se reutilizaba para regar sedientas macetas donde florecían geranios y gladiolas, margaritas y nochebuenas.

El Escuadrón de la Muerte agregó a su nombre el apellido Sarampión, porque se ensañaban con los aguadores menores de edad: echaban tierra a los botes, incluso los volcaban; algunos escupían o de plano miaban en nuestra agua. Y volvían las batallas: veteranos contra escuincles pelones pelonetes.

El llano fue escenario que se cubrió de piedras y nubes de polvo que levantábamos para ocultarnos de los briagales, esperpentos vestidos con abrigos andrajosos y botas de hule hasta la rodilla. Entre los aguadores chavos había diestros con la honda y los teporochos fueron descalabrados, y se dejaban venir con sus aguantadores, zumbaban las cadenas y restallaban en el lomo de algún desprevenido; el chisme corría: ¡se están dando en la madre los aguadores!, y las mamás acudían a reforzarnos y aquellos héroes de mil batallas etílicas eran forzados a la retirada, con el polvo de la derrota encima.

Pese a todo, la chamba seguía y ahorrábamos. Algunos clientes pagaban el mismo día; otros, cada semana. La Gordis, quien prefería mantenernos ocupados antes que dejarnos a la buena de Dios, vagando por el llano, un día volvió de La Merced con tres puerquitos de barro, los más grandes que encontró: uno para cada bodoque. Ahí depositaba el producto de nuestro trabajo. Para evitar problemas, puso un moño de distinto color en el pecho de cada cochino y escribió el nombre del propietario.

A mediados de diciembre revisábamos el cuaderno donde anotábamos a los clientes deudores y como no queriendo les recordábamos los montos; por esas fechas recibían su aguinaldo, ¿y qué tal que lo gastan sin tomarnos en cuenta? El espíritu navideño aflojaba el codo y recibíamos espléndidas propinas; incluso agregaban algún regalo: ropa o juguetes.

Un viernes de la semana anterior a Navidad, La Gordis subía a una silla para alcanzar las alcancías, que tenía a buen en resguardo en un rincón del labrado ropero. Entregaba a cada quien el suyo, nos arrellanábamos sobre la cama y ¡a la una, a las dos y a las… treeesss! Con una piedra hacíamos un hoyo en las nalgas de nuestro marrano, que luego reparábamos con yeso para ahorrar al año siguiente.

Nos dábamos a la tarea de contar monedas y billetes de las más variadas denominaciones; hacíamos pilas de cinco, 10, hasta 20 pesos y luego contábamos lo ahorrado y la alegría nos invadía al ver que la chinga de todo un año tenía como recompensa el sacrificio del marrano para renovar el guardarropa.

Al día siguiente, sábado, esperábamos a mi padre junto al zaguán de la ferretería donde laboraba, en en barrio de la Candelaria de los Patos. Mi madre le llevaba ropa limpia. Caminábamos hasta la clínica 6 del IMSS —Circunvalación y Corregidora—, en plena Merced. Salía rechinando de limpio, luego de lavarse cara y sobacos en el lavamanos.

Felices, los bróders retozábamos alrededor de La Gordis y de don Serafín, y emprendíamos la caminata por Corregidora hacia el Zócalo, disfrutábamos del alumbrado público navideño y bajábamos a las tiendas donde adquiríamos la ropa. En La Paloma, camisas calzones y calcetines; los suéteres, en Merlan; los recios pantalones de mezclilla, en Casa Bolaños: “la ropa que dura años y años”; las chamarras de pana con forro de terciopelo, en el mercado de Mixcalco y nuestros zapatones matavíboras mineros en la zapatería TenPac, de la Tenería de Pachuca.

Con tan enorme carga llegábamos a la terminal de los camiones chimecos, ubicada en plena zona de prostitutas, junto a la iglesia de La Soledad, en el cuadrante del mismo nombre. Ya en casa, el momento cumbre: medirse la ropa sin quitar las etiquetas, de lo contrario los harbanos se negarían a cambiarla, si la talla no ajustaba.

La tarde del 24 llegaban a casa mi abuela Yayis y tía Tana. Venían de Polanco con un par de bolsas cada una, cargadas de regalos. Las esperábamos a medio llano, las veíamos descender del atiborrado chimeco y corríamos para ayudarles y recibir sus amorosos besos ñahñús. En la cocina, mi madre supervisaba lomo de cerdo al horno; mi padre colocaba las botellas de sidra El Gaitero, incluidas en la canasta navideña que Ferretería Coto y Compañía obsequiaba a sus trabajadores.

Don Serafín se veía enorme, recién bañado luego de ir a la peluquería, con sus zapatos negros bien boleados, su pantalón de casimir gris Oxford y su camisa blanca almidonada; el bigote, bien recortado. Los tres hermanos, estrenando ropa, correteábamos por el llano con nuestros amigos, lanzando cuetes y palomas a los perros, correteando con luces de bengala que alumbraban el rostro, atentos al grito de La Gordis: “¡Alfredo, Emiliano, Ricardooo: ya vengan a cenar! ¡Vienen o voy por ustedes?”

No esperábamos la segunda llamada, porque se nos armaba la gordis. Cada quien con su copa de sidra mirábamos correr el segundero del reloj en la muñeca de mi apá y a las 12 en punto brindábamos por el nacimiento de Jesús, y nos dábamos el abrazo navideño; luego, al ataque: sobre la rebanadas del lomo de cerdo mechado y bañado en adobo, acompañado con ensalada fría de codito, y de postre: ensalada de manzana con nuez molida, pasitas, piña en almíbar, leche condensada y crema.

Con los hijos de Blas, el panadero; los del Charro, el mesero y los primos que llegaban de otras colonias para darnos el abrazo de Navidad (y con la pila recargada tras la cena), nos amanecíamos en el llano, alrededor de una fogata alimentada por una llanta, cuyo tizne nos dejaba más prietos de lo que ya éramos.

* Escritor. Cronista de "Neza".

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