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Mentiras estadísticas y consultas socorridas

Desmetáfora

Los grandes desafíos de la democracia participativa son la desafección política, la apatía y el descontento, cuestiones que marcan la diferencia entre los referéndums y las encuestas al momento de la toma de decisiones
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Sobre la aplicación de referéndums mucho se ha dicho y más se dirá. Hay países como Suiza en los que se usan de manera intensiva a pesar de que se trata de un instrumento de la democracia directa. Suiza ha mostrado que los métodos de la democracia directa pueden convivir con la democracia participativa.
Después de la experiencia que ofrece la alta frecuencia con que se practican en el mundo, los especialistas han señalado algunas disfuncionalidades presentes en las consultas populares. Las más citadas de éstas son las que señalan el peligro que representa el control del proceso por un grupo dominante, otra se refiere al gran déficit que se da en la deliberación debido a la generación de prejuicios durante el proceso, también y quizá, sobre todo, el famoso mayoriteo con el que las minorías son completamente ignoradas. Estas alteraciones en la funcionalidad de una democracia son de carácter político y hasta filosófico, pero ¿qué hay de la matemática del proceso? 

 
Entre las disfuncionalidades de la consulta popular la más grave, por su contundencia, es la que se refiere a la falta de legitimidad por una posible escasa participación. Esta disfuncionalidad es matemática, no política. No se puede pensar que la voluntad de todos esté representada con justicia si no se cuenta con la participación de la gente. La preocupación más inmediata de una baja participación es que podría ser la manifestación del descontento a través de la abstención.
Suiza es el país que más recurre a las consultas y ahí, en los últimos años, la participación de la ciudadanía se encuentra por debajo del 50 por ciento. Justo después de la Segunda Guerra Mundial la participación era del 60 por ciento, pero ésta ha venido cayendo hasta llegar a un 40 por ciento en algunos casos. En los últimos años se dice que el promedio de participación es del 45 por ciento, aunque se han llevado a cabo referéndums en los que la participación alcanzó el 75 por ciento en los años setenta, o de casi 80 por ciento en 1992, cuando se consultó sobre la posibilidad de unirse a la Comunidad Europea.
Para los suizos, esta baja participación no responde a una desafección con el sistema político. Los ciudadanos no parecen estar inconformes con el Estado; es decir, la baja participación no representa una desavenencia entre el gobierno y sus ciudadanos. De hecho, más del 90 por ciento de la población manifiesta estar muy satisfecho con su sistema democrático. Desde ese punto de vista, la baja participación no representa una preocupación grave.
Sin embargo, no hay que olvidar que, si bien el criterio de desafección política ayuda a aminorar la preocupación de una baja participación, no legitima la decisión.
En México acabamos de vivir una consulta en la que la participación fue menor al 1 por ciento. Por si esto fuera poco, no tenemos una medida de la desafección política porque la consulta fue realizada fuera de las instituciones oficiales y no tiene sentido evaluar el desempeño de un gobierno que aún no empieza. Uno podría considerar que la desafección está relacionada con el porcentaje que aprobó al presidente electo, pero esto no es tan sencillo. Mucha gente ha expresado su descontento a la consulta aun cuando anteriormente dio su voto en favor del presidente electo. Muchos otros expresaron en su voto electoral el descontento con la administración anterior sin que eso signifique que simpaticen de lleno con el triunfador de las elecciones o su programa de trabajo. De manera que no tenemos, en este momento, una medida de la desafección política en nuestro país.
Algunos estudios del pasado sitúan la desafección política en un 60 por ciento, pero estas medidas tan altas parecen mezclar apatía y descontento. En todo caso, la desafección política asociada de manera específica con la consulta reciente sí parece ser considerable a juzgar por las expresiones de la gente y el desconcierto más o menos generalizado que se puede ver en las redes sociales y los mercados. 


Una pregunta técnica que no deja de ser controversial es la posibilidad de usar encuestas. Aunque no es la manera como la democracia se ejerce, una encuesta ofrece mejor representatividad cuando la participación es baja. La encuesta es un instrumento que ofrece la posibilidad de tener un control más preciso cuando se quiere saber cómo piensa la gente. Más aún, permite calcular el tamaño de la muestra tomando en cuenta que un sector de la población no tiene las características deseables para decidir sobre un tema. Si el caso que será puesto a consulta involucra aspectos técnicos y especificidades de usuario es necesario considerar un tamaño de muestra diferente y tener cuidados extra en el proceso.
Las encuestas no son un mecanismo democrático, pero sí son instrumentos útiles en la toma de decisiones. La ventaja que tienen por su capacidad para representar la opinión general no sustituye al ejercicio democrático, donde hay principios de libertad, espontaneidad y expresión individual que no están en una encuesta pero, si de tomar decisiones se trata, quizá sea un mejor instrumento que el de una consulta con participación tan magra y con tantas deficiencias en su organización.


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