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Miércoles , 20.06.2018 / 23:48 Hoy

Mark Thompson: “Los medios han perdido la confianza en su audiencia”

El presidente del diario The New York Times reflexiona sobre los retos del periodismo ante las nuevas tecnologías y la importancia de las humanidades en la construcción de sociedades justas


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Guadalupe Alonso

Tras una vida dedicada al periodismo, Mark Thompson, presidente del diario The New York Times, reflexiona sobre la retórica de los políticos, el modo en que los medios transmiten sus mensajes y los consecuentes cambios en la percepción de la audiencia. Thompson elabora un extenso análisis vertido en el libro Sin palabras. ¿Qué ha pasado con el lenguaje de la política? (Debate, México, 2017), donde disecciona el discurso público de funcionarios como Donald Trump, Silvio Berlusconi y Tony Blair, al tiempo que revisa la situación del periodismo frente a las nuevas tecnologías.

Fue un mensaje de la republicana Sarah Palin la chispa que detonó la escritura del libro. Una frase que surgió en medio del debate sobre la reforma de salud pública en Estados Unidos, el Obamacare, durante la campaña de las elecciones primarias del Partido Demócrata en 2008. En uno de los borradores de la legislación se encontró, traspapelado, cierto capítulo que planteaba la posibilidad de brindar asesoría a titulares del plan Medicare sobre cómo “terminar con la vida”, dados los altos costos que acarreaba la atención a personas de la tercera edad. Cuando esta información —que no era cierta— se hizo pública, Sarah Palin reaccionó con una frase engañosa, reprobando la idea de que a un ciudadano se le obligara a plantarse delante del “comité de la muerte” de Obama para que un grupo de burócratas decidiera si merecía o no atención sanitaria. “Aun cuando esta frase simplifica y distorsiona el tema”, apunta Thompson, “fue tan corta e impactante que cambió la política en Norteamérica. Y si puedes cambiar por completo el debate público con cuatro palabras, algo muy extraño está pasando”. Lo que atrapó el interés del autor fue el hecho de que Sarah Palin no pronunció esa sentencia en un discurso, no la escribió en un artículo para la prensa o en una entrevista para la televisión; lo hizo en Twitter y Facebook. “Hoy todo mundo sabe que las redes sociales y las frases cortas como ‘América primero’ o ‘Tenemos que construir el muro’, son la manera más efectiva de que el lenguaje tenga repercusión. Sin embargo, no ayuda a que la gente entienda el debate, sino que lleva directamente a una conclusión y trata de venderla como un ejercicio de mercadotecnia. El poder explicativo de una idea se ha sacrificado en aras del impacto retórico. A medida que el lenguaje público pierde su poder para explicar o implicar, pone en peligro el vínculo más general entre el pueblo y los políticos. Es el proceso que se está dando en nuestras democracias hoy en día”.

En un intento por detectar si los medios de comunicación distorsionan el mensaje, o son los políticos, a través de una retórica sin sustancia, quienes atentan contra la buena comunicación con el público, Thompson sostiene: “más que las flaquezas de uno u otro conjunto de actores, lo que yace en el fondo del problema es el lenguaje en sí. En ambos casos, ya sean los políticos o los medios, el lenguaje se ha reducido, está lleno de exageraciones, es una cobertura difuminada, factual, que tiende a dar una opinión. En muchos países, el discurso público y la manera en que los medios piensan sobre los políticos se ha tornado muy agresivo, personal y plagado de insultos. Lo vimos en la campaña presidencial de 2016. No solo en el caso de Donald Trump. Otros políticos lanzaron insultos a sus contendientes y al público. Hilary Clinton llamó ‘irredentos’ a quienes apoyaban a Trump. Que un político progresista acuse a gran parte de los norteamericanos de irredentos es inverosímil frente a la idea de una política liberal e inclusiva”.

Thompson se cuestiona sobre el papel que juegan las redes sociales en la transformación del debate público, y destaca que el efecto más importante que tuvieron las nuevas tecnologías y la apertura de las industrias mediáticas fue trasladar más poder a manos del público. “La información se distribuye en el mundo entero y de manera instantánea; es ahí donde radica la diferencia, en este proceso de aceleración. La gente es más activa y toma parte en el debate, pero cualquiera que lea los comentarios en internet verá que hay mucha agresión y una especie de locura autodestructiva. Sucede en diversas circunstancias. Por ejemplo, cuando un político es atacado, su primer instinto es responder del mismo modo, es decir, la retórica pública ha perdido su poder de convencimiento. Y cuando esto sucede, la gente es atraída por discursos mesiánicos o populistas”.

Al referirse a Trump y sus discursos, el autor de Sin palabras lo describe como un comediante que ensaya con el público en los grandes rallies que organiza. “En parte, le dan energía, pero también prueba, con audiencias reales, qué es chistoso, qué los hace reír, para luego sentirse seguro de lo que dice. Es un ejemplo de populista y de lo que llamo en mi libro un autenticista. A lo largo del tiempo algunos políticos se han presentado a sí mismos como auténticos y fetichizan la autenticidad. No estoy comparando a Trump con Hitler, pero es el mejor ejemplo de cómo los dictadores en los años treinta estaban obsesionados con la idea de ‘soy auténtico, soy un simple ser humano igual que ustedes, puedo ser su voz y soy muy distinto de esos políticos malvados en los que no se puede confiar’. Es cierto que tarde o temprano el populismo se descubre, pero entretanto hace un enorme daño. En Italia y Alemania, a mediados del siglo XX, se vivía el cataclismo de la guerra mundial, millones de personas murieron y finalmente el fascismo fue derribado, pero a un precio muy alto. Sería deseable que en estos tiempos, cuando el populismo ha resurgido en varios países, los políticos hicieran un esfuerzo por comprenderse y respetarse entre sí. Y, por otro lado, si los medios fueran un poco menos cínicos —por supuesto, todavía necesitamos ser duros en la manera como queremos llamar a cuentas a los políticos—, si en lugar de cazarlos les diéramos un poco más de espacio para respirar y explicar sus propuestas, quizá veríamos un avance en la tarea de construir y reconstruir la confianza pública. Quizá así la gente dejará de seguir a estos extraños ‘no políticos’”.

Para Mark Thompson, la mejor manera de ejercer el periodismo es a través de un medio abierto, un medio que reporte sin miedo y sin favoritismo, que no pertenezca a una facción, a un partido político o a una gran empresa, un medio que sea independiente. En el caso de Latinoamérica, en específico de México, percibe que esa lucha se da pero aún no se ha ganado. “Algunos de los mejores y más valientes periodistas están en México”, asegura, “arriesgando la vida para reportear. Sin embargo —y se lo he dicho a muchos mexicanos que conozco—, parece que la gente no tiene acceso a todos los hechos a través de la prensa que consumen. Son muy vulnerables a lo que llamamos fake news, a datos y teorías que no son verdaderas, no están comprobadas, pero son políticamente convenientes. Creo que uno de los problemas con la revolución digital es que estaba concebida para facilitar que la verdad aflorara y de alguna manera lo hace, pero también facilita que las mentiras y los falsos reportes se esparzan. Las compañías como Google o Facebook no han encontrado el modo de ayudar a los usuarios a distinguir lo que es y no es verdadero”.

Ejercer el periodismo con libertad a veces tiene un costo muy alto, se puede incluso arriesgar la vida. “Es terrible. No solo sucede en México. La historia del periodismo libre y la libertad de expresión en el mundo no van nada bien. Muchos países donde la prensa gozaba de cierta libertad ahora se ven amenazados por las fuerzas del poder o los gobiernos. Se recurre a la represión legal, a amenazas, violencia y homicidio para detener e intimidar a los periodistas. Sucede en Rusia o en Turquía, donde son atacados. En la Europa del Este hay muchos países que van en retroceso. Ha habido un descenso terrible que va de una prensa relativamente libre a una prensa cobarde. Lo que me reconforta cuando vengo a México es ver cuántos mexicanos reconocen que este es un problema inmenso y, en sus propias palabras, hablan de ello como una desgracia natural, es decir, el hecho de que no hay un marco legal para proteger a los periodistas. Creo que reconocer la seriedad de este problema es el principio de un proceso que puede llevar a una solución”.

Thompson, quien fuera también director de la BBC, apostó, a contracorriente de la norma que prevalece en muchos medios televisivos, por ayudar a las audiencias a formarse un modelo mental propio, “ir más allá de la servil crónica de los acontecimientos para tratar de interpretarlos”. Así, los segmentos de noticias privilegiaron investigaciones de fondo y, en lugar de acortarse, como lo hacían otros, se extendieron. Los resultados fueron mejor de lo que se esperaba. “Deberíamos adoptar los principios de los grandes artistas”, comenta, “ser honestos con nosotros mismos, ser valientes, confiar en nuestra audiencia, en que son personas inteligentes que discriminan y tienen la capacidad de consumir mensajes complicados. Uno de los grandes problemas que enfrentamos es que los medios han perdido la confianza en su audiencia”.

El presidente de The New York Times ha dado un paso más. En vista de que las plataformas digitales no reportan la misma utilidad que la versión impresa de los diarios, concibió una manera “más saludable” de financiar al periodismo: “No queda más remedio: si queremos que sobreviva el periodismo de calidad, el público tendrá que pagarlo”. La idea causó escepticismo; sin embargo, la realidad mostró que la gente está dispuesta a pagar por contenidos de calidad. Actualmente, la plataforma digital de The New York Times cuenta con dos millones de suscriptores.

Mark Thompson, quien desde la infancia estudió a los clásicos, reitera que no debemos hacer a un lado el papel de las humanidades como una vía para construir una sociedad que nos permita convivir como ciudadanos. “Los griegos y los romanos entendían que no se trata de estar de acuerdo con todos, sino de comprender cómo los demás ven el mundo. En la medida en que se tenga suficiente entendimiento, podemos comenzar a debatir. Hoy lo que vemos son grupos de personas que no están preparadas para escucharse, no son capaces o ni siquiera están dispuestas a reflexionar sobre la idea de entenderse unas con otras”. Sin palabras. ¿Qué ha pasado con el lenguaje de la política? propone un recorrido por el pensamiento de los clásicos. Platón, Aristóteles, Thomas Mann, Ludwig Wittgenstein y George Orwell, apuntalan la premisa de Thompson sobre la necesidad de rescatar el lenguaje para consolidar la democracia. Thompson se detiene, sobre todo, en el ensayo de Orwell titulado La política y el idioma inglés, escrito en 1946. Orwell, un convencido de que el caos político tenía que ver con la decadencia del lenguaje, subrayaba la posibilidad de efectuar alguna mejora empezando por el frente verbal. “Asociaba la belleza del lenguaje para expresar, en vez de impedir, el pensamiento y, de esa manera, cimentar un debate político, sincero y eficaz”.

“Lo que está pasando en estos momentos”, concluye Thompson, “es en esencia que el resto del mundo se está empatando con Occidente de maneras que amenazan a esta porción del planeta. La tecnología está transformando al mundo. Los seres humanos se enfrentan a la información en los medios de formas muy nuevas y no estamos acostumbrados a eso. Vivimos en un típico periodo de transición. En cuanto la Guerra Fría terminó y el Muro de Berlín fue derrumbado, la política se volvió más complicada, la tecnología comenzó a acelerarse, lo mismo que la globalización, y así nos podríamos seguir. Espero que en el futuro próximo venga un nuevo equilibrio. No sé cómo será ni cuándo sucederá, pero un optimista diría: nos vamos a acostumbrar al teléfono inteligente, a las redes sociales, pero tendrán menos efecto, estaremos más en paz. Esa es la esperanza”.

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