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Lunes , 23.07.2018 / 00:44 Hoy

Lo nuestro es pasar

Toscanadas


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David Toscana

Siempre me ha llamado la atención que hay gente que se muere el 31 de diciembre o el primero de enero. El velorio ha de llenarse con trasnochados, crudos, todavía con confeti en el pelo. Hay fechas en las que debería de estar prohibida la muerte, no por uno mismo, pues al muerto ya nada le importa, sino porque se perjudica a los demás. Me pregunto cuántos de ellos cerraron el año haciendo planes o creyendo de verdad que el año entrante traería más felicidad. Los deseos son que el año que comienza sea mejor que el anterior, pero de tanto estirar el hilo se tiene que romper. Año con año sumamos años y, aunque no se percibe la frontera exacta, hay un momento donde comienza el declive, donde si fuera diez años más joven qué feliz. Donde los buenos deseos para el futuro no pueden ser tan acertados. Donde el año nuevo, al igual que el cumpleaños, pierde su espíritu de línea de salida y más se acerca a una meta que es un pozo. Por eso Séneca decía que “todos los días se dirigen a la muerte; el último la alcanza” o, según la inscripción que tenían algunos antiguos relojes para referirse a las horas, “todas hieren, la última mata” o, como quizá diría Borges o quizá el sabio Merlín, “morir es haber nacido”.

Y es que la inmortalidad es tortura si no se detiene el deterioro. Montaigne nos cuenta que Quirón rechazó la inmortalidad, pues “hasta qué punto le sería al hombre menos tolerable una vida eterna”. Y Jonathan Swift nos entera en Los viajes de Gulliver sobre esos hombres que sufren la tortura de la inmortalidad, pues no va acompañada de la eterna juventud sino del persistente desgaste. Refiriéndose a estos inmortales que llama struldbrugs, Swift nos dice que a la edad de noventa años perdían el cabello y dientes, así como el sentido del gusto, por lo que comían cualquier cosa, la memoria ya no les daba ni siquiera para leer, se enfermaban de todo sin que el mal los matara, y a los cien años ya ni siquiera pueden sostener conversaciones con otros de sus pares.

Juan Goytisolo sintió ese paso del tiempo y no se engañó con augurios de tiempos mejores. “Mi decisión de recurrir a la eutanasia a fin de no prolongar inútilmente mis días obedece a razones éticas de índole personal. Desaparecida la libido y con ella la escritura, compruebo que ya he dicho lo que tenía que decir. Tampoco mi cuerpo da para más. Cada día constato su deterioro y antes que ese declive afecte a mi capacidad cognitiva prefiero anticiparme a mi ruina y despedirme de la vida con dignidad”.

Montaigne también nos cuenta que los egipcios, “en pleno banquete y en medio de la mejor comida hacían traer el esqueleto de un hombre para que sirviera de advertencia a los comensales”. Pero eso es una mera falta de imaginación, pues pensando pensando, todos somos cadáveres en potencia. Así es que en esta fiesta para celebrar el fin de año, mientras se alza la copa con optimismo real o impostado, no está de más recordar que todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar.

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